Coordinadores: Humberto García Muñiz y Jorge Rodríguez Beruff. Colaboradores: Betsaida Vélez Natal, Juan A. Giusti Cordero, Red de Geopolítica Cuadernos de Paz 1, 1999. Presentación del libro por Manuel Valdés Pizzini en la casa Grande, Mayagüez, Puerto Rico, 23 de febrero del 2000, 7:00 pm. Actividad auspiciada por Mayagüezanos Por la Salud y el Ambiente.
A veinte siglos después del homicidio
La historia de Vieques, debo decirlo, es una historia olvidada. Tal vez por lo avasallador del coloniaje y la militarización. Quizás porque en su historia se develan los débiles amarres del “pacto bilateral”. O porque la presencia de ese mundo militar tiene que ver mucho con los espejismos del pan, la tierra y la libertad. Parece ser una historia que queremos olvidar, porque no entendemos bien ni a sus dobles históricos, ni a esos textos que irónicamente reclaman que la memoria entiende (los MOU) pero que acto seguido relegan al olvido las reivindicaciones viequenses. Es como si no hubiésemos entendido las tretas, los trucos, los discursos en los que apenas termina una oración, la próxima continúa con una perorata sobre el status y su necesaria resolución. Siempre con sabor a chantaje, con la virtud de mantener a la nación dividida, muy a pesar de los dramáticos consensos. Pienso que hay que volver a esa historia repetidamente, para no olvidar sus mecanismos y resortes, para no perder de vista como funcionan sus engranajes, como se repiten las estrategias de la ocupación, entre las que se encuentran los actos y las palabras infernales que nos dividen en estas tribus coloridas. En el umbral del siglo veintiuno, tenemos que recordar vívidamente lo que ocurrió veinte siglos después del homicidio. La sentencia bíblica permanece como una maldición: “La tierra por la cual pasamos para espiarla, es una tierra que se come a sus habitantes… y allí vimos a los nefilim”; es de esta manera con la que empieza esa crónica y narrativa sobre el calvario de Vieques, Veinte siglos después del homicidio, de Carmelo Rodríguez Torres, un texto al que preciso evocar en este momento.
Fronteras en conflicto…es una canción urgente
Hay textos que tienen la virtud de ser una canción urgente. Este libro tiene la intención y el deber de ser un texto urgente para Puerto Rico y Vieques, pero dentro de su urgencia mantiene una solidez extraordinaria en sus argumentos, en los datos que ofrece, y en lo que propone. Escrito a raíz de los eventos de Vieques, particularmente la muerte de David Sanes, que produjeron un movimiento de la sociedad civil y del gobierno para pensar y proponer alternativas para un futuro de paz para Vieques, este texto se mete de lleno en la difícil tarea de contextualizar los procesos recientes desde una perspectiva regional y global. Los coordinadores y autores de éste libro se excusan por la urgencia y por la posible repetición en los capítulos. Pero huelgan las excusas, cada capítulo se complementa, y como toda canción urgente nos llega con un ritmo movido, en el momento justo, con la palabra precisa. Esta es virtud que comparten muy pocos libros.
Fronteras en conflicto parte de la premisa de que muchos conocemos la historia pasada, y tal vez esa es su postura más precaria. No es la culpa de los autores que vivamos un tanto desmemoriados, y que hayamos –todos y todas- olvidado tal vez la intensidad de los procesos de la invasión a Vieques: el desalojo, la expropiación, la expulsión, el éxodo a la Isla Grande, a Santa Cruz, a San Tomás, el hambre y el desamparo y la intemperie, la pobreza, el ultraje (literalmente) y el proceso de la ocupación de los gigantes, de los nefilim que constantemente evoca Carmelo Rodríguez Torres en su novela. Interesantemente –este tal vez es un comentario para mi- no hay una “historia” narrada desde la perspectiva de quienes sistemáticamente han dado una buena parte de la lucha contra la Marina: los pescadores viequenses. Han sido los pescadores y sus familias quienes han protagonizado cruentas batallas contra las prácticas militares desde la resistencia, desde sus organizaciones productoras, desde sus yolas, con el firme propósito de continuar su quehacer pesquero en las aguas de Vieques durante los entrenamientos, (para impedirlos), o con sus viajes por todo el Caribe (la isla de Granada, por ejemplo, bajo el gobierno de Maurice Bishop) para comparar estrategias de producción y de combatividad. Zenón, Ventura (padre e hijo), Guadalupe junto a sus compañeros y familias son parte de ese legado de resistencia y lucha que tenemos que reinsertar en nuestras narraciones políticas, sociales e históricas.
Para entenderlo a cabalidad hay que ir a otras fuentes, a la novela, a las palabras e historias narradas por los habitantes de la Isla Nena, a los documentos protegidos en el fortín, el libro La Batalla de Vieques de Arturo Meléndez, y a uno de los libros más importantes de las Ciencias Sociales Política militar y dominación: Puerto Rico en el contexto latinoamericano, de Jorge Rodríguez Beruff, uno de los coordinadores de este libro. El trabajo de Arturo Meléndez y de Rodríguez Beruff deben servir de trasfondo a los planteamientos esgrimidos en Fronteras en conflicto, ya que allí se delinean los intrincados procesos de la ocupación de Vieques, su impacto sobre el quehacer, la vida cotidiana de la gente de la Isla Nena, las estratagemas coloniales y los pactos que hicieron posible esa ocupación, procesos que “permitieron” afinar el balance de poder en la colonia, en un trueque donde se ofrendó a la gente de Vieques por una forma de democracia de estado libre pero asociado, donde la defensa (entre otros poderes) quedaba en las manos del poder colonial.
Sobre todo, el libro y la obra de Rodríguez Beruff, quien ha colaborado intensamente con Humberto García Muñiz en estudios sobre el militarismo, permiten situar a Vieques en el marco de la historia del militarismo en el caribe y en América Latina, a la luz de los procesos políticos e históricos de la política internacional, las luchas entre Este y Oeste, la Guerra Fría, y las múltiples variaciones sobre el tema de la militarización en ésta parte del mundo. Es en esos trabajos donde vemos plasmados lo diversos procesos de intervención militar, aun en los asuntos de la vida civil puertorriqueña y en la política caribeña.
En ese sentido Fronteras en conflicto es parte de una agenda de investigación bastante amplia sobre el tema de la militarización y su impacto en los procesos democráticos, la sociedad civil y la geografía de Puerto Rico y el Caribe, en los que Rodríguez Beruff y García Muñiz han desempeñado un papel protagónico como investigadores, asumiendo, correctamente, enfoques interdisciplinarios y posturas críticas. En ese marco es que nos topamos con Fronteras en conflicto, una canción urgente que se impone la difícil tarea de contextualizar a Vieques en el teatro geopolítico del Caribe y a su vez dentro de los procesos políticos y de política pública puertorriqueña.
Drogas, fuerzas de seguridad y el proceso de militarización
Uno de los planteamientos más devastadores de Fronteras en conflicto radica en ponernos a pensar críticamente sobre la manera en la que el poder militar se ha vertido sobre la esfera de seguridad del gobierno, minando a la sociedad civil y contestando el proceso democrático. Como señala Rodríguez Beruff, citando estudios recientes, la configuración de la criminalidad y la actividad delictiva se ha transformado en Puerto Rico en los últimos 30 años, produciéndose un incremento en la actividad relacionada con el trasiego y uso de drogas. Igualmente, el número de delitos de violencia personal aumentaron dramáticamente entre la década de 1980 y 1990. El impacto de estas actividades, y sobre todo la visualización de la droga como la causa de otros crímenes y actividades impacta la opinión pública de manera tal que el problema de las drogas y la criminalidad se convierte en el tema nacional, y es percibido como el problema más grave del país. En la década de los noventa se articuló lo que yo llamaría las figuras del terror cotidiano, una mentalidad donde la ciudadanía visualizaba a la actividad criminal con un profundo temor; algo que los medios explotaron con gran entusiasmo y formas tanto creativas, como morbosas y macabras. Las palabras de la gente, sus discursos en los medios, y los estudios que algunos hemos realizado revelan un miedo a la criminalidad que obligó a la ciudadanía a replegarse en el encierro de las comunidades con control de acceso, en la seguridad privada, o en el exilio en Orlando y Miami. Rodríguez Beruff señala ésta preocupación, y el impacto de la criminalidad en la nueva arquitectura de los espacios urbanos, la urbanización amurallada, la alta inversión en aparatos de seguridad, y en el auge de la seguridad privada como uno de los componentes más dinámicos del sector de los servicios. Lejos de Vieques, en Santa Juanita, Bayamón, o en San Agustín, en Río Piedras, o San Francisco, en Guaynabo, el espacio urbano, y la mentalidad de sus habitantes se transformaba a raíz de la drogadicción y la criminalidad rampante. Es posible, y esto es algo que Rodríguez Beruff sospecha: que el estado (el gobierno) se declaró, en cierta medida incapaz de dirigir por sí mismo esa lucha desde la fuerzas de seguridad posiblemente como parte de una estrategia más compleja que no atinamos a descifrar. Esto nos lo sugiere el énfasis en una supuesta mano fofa contra en crimen, basada en los Consejos de Seguridad Vecinal, en donde la ciudadanía se convertía en los ojos y los oídos de la Policía, violentando la regla cultural boricua de “odio al chota”. Pero hay que recordar, como indica Rodríguez Beruff, que durante la administración de Rafael Hernández Colón se creó las Fuerzas Unidas de Rápida Acción, FURA, para contrarrestar el tráfico de drogas. Debo añadir que durante ese período, a través de una mano suave, sí se habían ocupado los residenciales públicos.
La transición del gobierno de manos del PPD en 1991, al del PNP en 1992 trajo consigo la consigna de “mano dura contra el crimen”, mediante la cual se militarizó el proceso de intervención con la sociedad civil. La ocupación de los residenciales públicos es su signo más evidente. Lo que tal vez no es tan evidente, cosa que Rodríguez Beruff aclara de manera precisa, es como esta lucha contra el crimen se vincula en una compleja madeja con la presencia de los militares en Puerto Rico, como una manera de concentrar fuerzas en la “guerra contra el crimen” (y contra las drogas) tanto en Puerto Rico como en toda la región caribeña.
Esto a su vez marca la estrategia de las fuerzas militares estadounidenses a partir del fin de la Guerra Fría. A partir de la Perestroika, y la ausencia de un enemigo consistente, las Fuerzas Armadas van a combatir el problema del trasiego de drogas y el llamado problema de la inmigración ilegal al país, protegiendo a unas fronteras demasiado de porosas para impedirlo. Ante si tienen un extraordinario flujo de fuerza de trabajo, de dinero, y de mercancías que huyen de la contabilidad gubernamental por las vías de la ilegalidad y la violencia. Este extraordinario flujo de moneda fuerte es también, como sugieren Rodríguez Beruff y García Muñiz, uno de los elementos que precipitan el desarrollo de una corrupción rampante por toda la región, proceso que afecta a la sociedad civil, a los gobiernos y estados del Caribe, y debilita al proceso democrático sometiéndolo a los designios de funcionarios corruptos y sus intereses. Este es un asunto que García Muñiz presenta y discute con cierto detalle en este libro, que nos permite explorar las repercusiones políticas y sociales del tráfico.
Según los estimados de la agencia Drug Enforcement Administration, DEA, comentados por Rodríguez Beruff el valor anual del tráfico de las drogas en la región caribeña es de unos $20 mil millones anuales, de los cuales 4 mil millones se quedan en Puerto Rico. Esta cifra es más alta que el valor de las exportaciones manufactureras, y más importante que el turismo en la economía local. Les toca a los lectores imaginar el circuito de ese dinero por nuestras comunidades. Por otro lado, el gobierno de Puerto Rico comenzó a invertir recursos, casi de manera exponencial, en la preparación y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad estatal y municipal.
Este proceso, que es presentado magistralmente tanto por Rodríguez Beruff como por García Muñiz, se solidifica con la intervención de las Fuerzas Armadas y del Gobierno Federal en Puerto Rico. Tal vez amerite aquí enumerar algunos de estos procesos que analiza críticamente Rodríguez Beruff: (a) el Superintendente de la Policía, en un destaque del Negociado Federal de Investigaciones o FBI, (b) la transferencia de fondos del Departamento de la Defensa, (DoD) para actividades en la lucha contra el crimen, y (c) el desarrollo de estrategias para vigilar la “frontera” caribeña del flujo de los llamado “ilegales” y de la droga.
Es en esta coyuntura que el Comando Sur tiene una participación destacada. El Comando Sur va a ocuparse de tres misiones fundamentales: (1) la acción colectiva contra el tráfico ilegal de drogas, (2) el movimiento de armas y subversivos por la región, y (3) la defensa de la frontera de EU-México. Este proceso de inserción en la vida civil, fuera de las actividades militares tradicionales propone para los autores una redefinición y enmiendas a la Ley Posse Comitatus de 1878. Esta ley prohibía la intervención de las Fuerzas Armadas en el proceso de hacer cumplir las leyes civiles. Este control de la participación de los militares en asuntos de la vida civil pretendía salvaguardar el poder de los civiles en la democracia norteamericana, aun por encima de los militares. Humberto García Muñiz y Betsaida Vélez Natal examinan con detenimiento el proceso mediante el cual esta ley se transforma para desempeñar un papel clave en la intervención de los militares en la vida civil. A partir de la década de los ochenta, con la crisis de la droga, se manifiesta una expansión de las Fuerzas Armadas en la “guerra contra las drogas, y a partir de ese momento la ley se ha enmendado de forma gradual. Estas enmiendas provocaron que los militares, que el DoD, tuviesen un papel amplio en la lucha contra el tráfico de drogas para controlar los puertos y zonas de trasbordo de la droga; acción que lleva a intervenir en las aduanas y en los aeropuertos, como centros de trafico.
Las Fuerzas Armadas participan en esta lucha bajo la bandera de la agencia Office for National Drug Control Policy, miembro del Consejo de Seguridad Nacional, y dirigida por el General Barry McCaffrey, ex-comandante del Comando Sur. Con un presupuesto multi-billonario la ONDCP, esta oficina desarrolló un High Intensity Drug Trafficking Area (HIDTA) en Puerto Rico y las Islas Vírgenes, el cual es, de 20, el séptimo con mayor presupuesto. Los equipos de trabajo de estas Áreas de Alta Intensidad en el Tráfico HIDTA desarrollan alianzas con los gobiernos estatales y locales, en los que no hay (tal vez por razones de seguridad) intervención de los procesos democráticos locales. El Comando Sur, con la misión de la colaboración militar hemisférica, y la lucha contra las drogas forma parte del HIDTA, y por ello es que han cabildeado para la instalación del Radar Relocalizable Sobre el Horizonte ROTHR, para la vigilancia y el monitoreo del flujo y tráfico en la región. Por ello se está dando un flujo extraordinario de personal, traslado de personal de la Base Rodman en Panamá a Roosevelt Roads, de efectivos militares, de fuerzas especializadas a Puerto Rico, que según Rodríguez Beruff hasta hace poco estuvieron entrenando con balas vivas en el Campamento Santiago (hasta el incidente de un proyectil en una comunidad de Coamo), y el uso probablemente ilegal (y desmentido por el Supervisor del Bosque) de El Yunque como zona de entrenamiento.
Hay que recordar que mientras existía el consenso con la salida de la Marina en respuesta a la muerte de David Sanes, en aquellos momentos en los que se armaban “los trípodes del camelo”, para usar una frase de Julio Cortazar en su tan apropiado cuento “La conducta en los velorios”; es decir cuando se articulaba la mentira de “ni una bala más”, en Puerto Rico se celebraba, en la mejor tradición de las administradores coloniales decimonónicas, la inauguración de las facilidades del Comando Sur en el Fuerte Buchanan. La señal no podía ser más clara.
Repensando, desarmando y disparándole a los argumentos de los otros
Este libro no podía terminar mejor. Algunos de nosotros/as pensamos que era absolutamente necesario que alguien con el tiempo, la dedicación y la capacidad investigativa se dedicara a poner en la mirilla los argumentos de la marina sobre la importancia de Vieques para la seguridad nacional, y de como Vieques es tan parecido a otros lugares donde la población acepta el bombardeo, porque en su música escuchan la melodía de la libertad. Afortunadamente Juan A. Giusti Cordero se enfrascó con esa difícil tarea. Giusti inicia su trabajo con una análisis devastador del informe titulado The National Security Need for Vieques, de la Marina (julio de 1999) que forma parte a su vez del informe del Comité Rush, en el que se revela que el Comité examinó en gran detalle distintos campos de bombardeo en los Estados Unidos aunque no realizó una investigación exhaustiva de los mismos. Giusti es implacable con el Informe Rush, ya que este equipo tuvo más de tres meses para prepararlo, solo para ratificar (“elogiosamente”) los resultados del Informe de la Marina. Juan A. Giusti explica también en detalle la noción de dogpatch, una desafortunada pero interesantísima metáfora o alegoría empleada en los periódicos de los Estados Unidos para narrar la resistencia puertorriqueña.
Giusti basa una buena parte de su argumento precisamente en la razón brindada por la Marina, en que Vieques es único para la defensa nacional. En el análisis exhaustivo de otros lugares, Giusti encuentra que Vieques único pero en la desigualdad, veamos:
Pero Vieques rompe el molde de los Dogpatches estadounidenses. Vieques es, en efecto,unique o excepcional -el principal argumento que esgrime la Marina- pero ello debido a la presión, peligro y pobreza que representa la presencia de la Marina allí. Ningún otro campo de bombardeo de los Estados Unidos -sea de la Marina o de las otras ramas de las fuerzas armadas- compara en estas dimensiones con Vieques. En ninguno de estos las actividades militares han tenido la concentración, magnitud, complejidad y peligrosidad, junto a la ausencia de beneficios, que por más de medio siglo han tenido las actividades de la Marina en Vieques (1999:138).
En éste trabajo Giusti dedica unas 19 páginas (en una letra mucho más pequeña) a un análisis exhaustivo y crítico de 19 bases y campos de entrenamiento en el Atlántico y el Pacífico, a los que compara con Vieques, utilizando una matriz de aspectos físicos, ambientales y sociales. Los lectores encontrarán en esas páginas el análisis que tenía que hacerse en la evaluación de la unicidad o importancia de Vieques, para poder ofrecerle a las autoridades (al presidente, al congreso, al gobernador, al comité) para tomar una decisión justa sobre este caso.
Vieques es único por las siguientes razones:
- Alta densidad poblacional cerca de los campos de bombardeo, y donde se realizan los ejercicios combinados de maniobra por tierra, aire y mar, y destrezas con fuego vivo.
- Única isla de tamaño comparable donde se realizan prácticas. En otras islas de tamaño comparable donde se ha bombardeado, no estaban habitadas.
- Uno de los lugares de bombardeo que no cuenta con una área geográfica extensa (por ejemplo: Nevada, 4,000 mi. 2 o el Utah Test and Training Range, 19,000 mi.2), ni zonas de amortiguamiento, como bosques nacionales para combatir el problema de ruido, o de peligrosidad de los ejercicios.
- Con su reducido tamaño, el Inner Range de Vieques (899 acres) recibe una presión mayor de actividad que cualquier otro campo.
- La Marina crea un puñado de empleo (120 empleos a tiempo completo, lo que contrasta marcadamente con otras operaciones en los Estados Unidos, y donde existe una compenetración económica de las bases con las poblaciones aledañas o contiguas.
- La Marina invierte en Vieques unos 2.8 millones, mayormente en nómina. Eglin, en la Florida tiene un impacto de $5.1 mil millones anuales, 2,000 veces el impacto de Roosevelt Roads (unos $200 millones).
Giusti critica brutalmente el informe de la Marina por parecerle sumamente superficial, no tener mapas apropiados para el análisis de las poblaciones cercanas a los campos de entrenamiento, ofrecer muy poca información sobre otros lugares; inclusive, información que pudieron usar para defender su caso y hacer una mejor comparación entre Vieques y otros sitios, como en el Pacífico. Giusti arguye que el informe omite información geográfica sobre las poblaciones y la distancia de los campos, no detalla la información sobre la población, no hace mención de los bosques (zonas de amortiguamiento), tampoco hace comparaciones sobre el beneficio económico de dichas operaciones en la población local; datos que sin duda podían contextualizar mejor a Vieques, dentro del esquema de la defensa nacional.
En el proceso de comparar, la Marina también ha manipulado la información en relación a las poblaciones y asentamientos que viven de manera pacífica en las inmediaciones de los campos de entrenamiento. Como algunos senadores se atrevieron a manifestar, en el ruido de los cañones se deja escuchar la melodía de la democracia. Sobre este asunto Giusti vierte su crítica más mordaz, sin perder la solidez de su argumento, veamos:
También deben considerarse diversos aspectos históricos. En algunos casos las bases o fuertes existen en un área desde mucho antes que se desarrollaran poblaciones. Algunas comunidades periferales incluso han nacido y crecido gracias a la considerable actividad económica que representa una base principal. Además, esta población periférica muchas veces incluye militares retirados que echaron raíces en el área desde su época de servicio activo, y que disfrutan de su ambiente militar. Mal se tornarían tales comunidades contra prácticas militares. La población de Vieques, en cambio, tenía una formación histórica propia antes de llegar la Marina, y de hecho descendió a partir de ésta (1999:184).
Y sobre éste particular ya nos advierte al comenzar el artículo:
Seguramente al estallar una bomba de 2,000 libras, algunos estadounidenses escuchan el sonido (y suponemos que las vibraciones) de la libertad: después de todo es el ejercito de su primera y única patria. Otros norteamericanos escuchan más bien el sonido metálico de las contribuciones de campañas o de las ganancias de los contratistas militares. Otros, inmersos en una subcultura de las grandes bases y economías regionales prósperas y fuertemente militares, no escuchan nada. La pregunta para los viequenses y para los puertorriqueños es qué sonido escuchamos nosotros y hasta cuando lo tendremos que escuchar y sentir (1999:137).
Existen también otras razones por las que la gente no se queja: distancia de los asentamientos, baja densidad de algunas zonas de bombardeo, zonas de amortiguamiento, uso de balas inertes en un gran número de ellas.
Es evidente que la Marina, como una práctica sistemática, dentro de sus estrategias, miente y desinforma. Por ejemplo, en información diseminada por la Marina y difundida en los medio (en New York Times, por ejemplo) se alega que existen unos 57 campos de bombardeo vivo, por lo que Vieques es solo parte de un sistema integrado que sirve a la defensa nacional. Giusti cuestiona la cifra, a la que califica de “inexacta”. Los 57 se refieren a sitios donde se utilizan municiones vivas o inertes; pero los campos de la Marina donde se permite el bombardeo con municiones vivas son apenas tres en el Atlántico: Vieques, Bloodsworth Island en Maryland y Pinecastle en la Florida (donde no hay población y solo existe el Bosque Nacional de Ocala). Bloodsworth cerró hace cinco años, y Pinecastle estaba en vías de cerrar a finales de 1999. La Fuerza Aérea tiene los campos de Eglin en la Florida (todos sus campos a más de diez millas de la población más cercana), Ft. Bragg en Carolina del Sur y Ft. Steward en Georgia. En el oeste y en el Pacífico hay varios campos, muchos de ellos más grandes que Vieques, o más grandes que Puerto Rico. Giusti sugiere que sabemos muy poco sobre las bases, sobre su geografía y como operan, lo cual impide un análisis certero: «Se necesitan más investigaciones que demuestren ampliamente las verdades sencillas y complejas sobre Vieques que la Marina elude. Entrar en el trasmundo de los campos de bombardeo de los Estados Unidos nos confirma cuan poco conocemos de ese país, incluyendo su propia geografía, y cuan poco sabemos sobre la propia Vieques (1999:189). «En el análisis final, después de evaluar las bases y los campos, Giusti concluye que “Vieques, siempre, es único”. Pero, ¿lo será? Los directivos de la base Eglin de la Fuerza Aérea se verían obligados a opinar de manera diferente, pero siempre por otras razones, tal y como lo expresan en varios sitios del Internet, uno de los muchos examinados por Giusti al realizar la investigación.
La ingenuidad de todo
Una de las cosas que nos asaltan en Fronteras en conflicto es la inmensa ingenuidad e ignorancia que nos arropa a muchos en cuanto a estos asuntos. Tal vez esto se debe a lo poco que sabemos, a la secretividad sobre las bases y los campos de entrenamiento, y a lo superficiales que son los medios con informar y entender los procesos en su dimensión más profunda. Más que fronteras claramente delineadas, este libro nos presenta unas fronteras con bordes muy débiles y permeables, a travesados por la militarización y las nuevas estrategias geopolíticas. Vieques es único, pero forma parte también de un complejo y poderoso engranaje de estrategias militares, procesos de expansión de los territorios de las bases, bases ya establecidas por la región (como la del aeropuerto Soto Cano, antes conocido por Palmerola en Honduras), campos de entrenamiento, la provechosa ventura económica de un capital movilizado bajo la premisa de la seguridad nacional (de ahí lo rentable de Vieques para que manufactureros y clientes prueben nuevas armas y municiones), las drogas y los “ilegales” como los enemigos en el nuevo escenario de la guerra y la insidiosa incursión de lo militar en la vida cotidiana (aun bajo el subterfugio de la guerra contra las drogas), en las prácticas políticas de unas democracias blandengues y porosas. Hay en Fronteras en conflicto una crítica a la manera alarmante en la que las Fuerzas Armadas se han hecho sentir en la vida civil, con sus consecuencias en la vida política.
Este libro debe ser lectura obligada para las buenas y buenos puertorriqueños. Estos autores, aun con la urgencia del proyecto, han sido capaces de informarnos y de analizar críticamente unos procesos complejísimos que determinan y contextualizan los sucesos de Vieques.
Finalmente, la lectura de ese trabajo nos provoca pensar que la paz para Vieques, equivale a paz para Puerto Rico, justicia ambiental para Culebra, un pedido que hace con todas sus fuerzas Juan A. Giusti, en su empeño por que exista la justicia histórica. Rodríguez Beruff, Vélez Natal y García Muñiz, por su parte, hacen el reclamo por la democracia: así el futuro de Vieques, es irremediablemente, el futuro de Puerto Rico. La paz de Vieques también requiere que examinemos los procesos mediante los cuales entramos en tramoyas con la metrópolis, la manera en la que negociamos, trazamos planes y miramos hacia el futuro. Pero no podemos olvidar que el bombardeo en la Isla Grande también es inmisericorde. La desinformación, la dinamita de las canteras, los tratados a puertas cerradas, las trampas, la contaminación de las playas, la deforestación, y la corrupción rampante son varias de las múltiples formas en las que no hay paz. Sobre todo en el ensordecedor estruendo de la ausencia de la democracia y de una efectiva acción de una sociedad civil que es una víctima más de procesos globales que a veces parecen inmanejables, aunque en estos días ha salido el sol.
Llegando al final de esta presentación, debo ir al principio, al prefacio del libro, donde Rodríguez Beruff y García Muñiz indican que…
«La situación de Vieques plantea de una manera clara el problema de la democracia en torno al control de la población civil de la isla-municipio y de Puerto Rico sobre las políticas de seguridad militar que se implantan en el país y en la región. Revela la potencialidad de una lucha con amplio apoyo para la construcción del poder civil democrático capaz de ejercer control sobre las instituciones militares y de seguridad. Se trata de una redefinición de la ciudadanía, no como lealtad automática, sino como una exigencia de los derechos de participación democrática en todas las acciones del estado que nos afectan. (1999: xi-xii).»
Pero para lograrlo hay que pelear en todos los frentes y con todas las estrategias posibles, no solo las de la resistencia pacífica. A todas y todos nos toca de alguna forma hacer que esa tierra deje de tragarse a su gente, y que un día nos dejen de extorsionar los nefilim y sus procónsules.
Agradezco la invitación y la oportunidad que me han brindado de presentar un libro esencial, escrito por unos colegas a quienes aprecio en lo personal, y admiro en el plano intelectual. Para ellos, mi agradecimiento por regalarle a Puerto Rico una herramienta valiosa en la lucha por la paz de Vieques, por contribuir a nuestro conocimiento, y por ayudarnos a entender al resto de este archipiélago.
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