Posteado por: antropikos | mayo 28, 2021

Revista Marejada y la Matricula de Mar

Con algún retraso, debido a las circunstancias del país, acaba de salir el último número de la revista Marejada del Programa Sea Grant (Volumen 17, Número 2, 2019). Ese número de la revista y todos los anteriores pueden accederse en el siguiente enlace: https://seagrantpr.org/communications-and-publications/marejada-magazine/

En ese número se publicó un artículo de mi autoría “Laberinto y enredo en la Matrícula de Mar en Puerto Rico en el siglo XIX”, que tengo a bien compartir con ustedes. Agradezco a las y los colegas del AGPR y del Centro de Investigaciones Históricas (UPRRP) por su colaboración. Este trabajo forma parte de mi investigación y escritura sobre los corrales de pesca en Puerto Rico. Los comentarios y sugerencias son bienvenidos y necesarios.

El artículo puede accederse en el siguiente enlace:

Posteado por: antropikos | octubre 4, 2020

Francisco Javier Blanco Cestero: notas breves y muy personales

Don Javier. Foto de El Nuevo Día, 4 de octubre 2020 GFR Media

Hay memorias indelebles y con Don Javier tengo varias. Una de ellas surgió mientras viajábamos en un trolley en la propiedad de Las Cabezas de San Juan, en Fajardo, una belleza natural y arquitectónica de valor incalculable. En medio del trayecto Don Javier detuvo el carromato, se bajó e identificó una parte del cordón empedrado de la vereda que estaba despintado, y con el aplomo de un hacendado ordenó que ese asunto se corrigiera inmediatamente. Alguien salto del trolley, tomó nota y le aseguró que esa falla quedaría arreglada a primera hora el lunes.

Era la primera vez que le observaba en ese quehacer, pero no sería la última. En otras propiedades observé cómo miraba, mandaba y ejecutaba con la fuerza de un mayordomo, pero se trataba del dueño indiscutible de la hacienda. No tomé notas etnográficas de eso (excepto por estas notas mentales que comparto) pero mi recuerdo me ofrece numerosas ocasiones en las que noté un nerviosismo extremo en el personal de las propiedades del Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico (FCPR) por la visita y presencia de Don Javier, pues tenía un ojo clínico para ver los detalles de la desatención a unas instalaciones que debían servir al pueblo de Puerto Rico en el disfrute de la naturaleza e invitarlos a la conservación.

Como arquitecto era un esteta consumado, un ser obcecado por el orden y la armonía de las líneas, los colores, la forma, la luz y el espacio. Tenía también el espíritu de un planificador y de un conservacionista a ultranza; es decir, de su propia visión de la conservación de la naturaleza, de las tierras heredadas y adquiridas por un proyecto político y de país al que me pareció que estaba adherido. (Realmente, a mi a veces me importa muy poco las alianzas políticas… las entiendo y las anoto, pero el mundo tiene que estar más allá de eso. Ese es uno de mis grandes defectos y lo admito.)

Llegué al FCPR como consultor, animado y empujado por mi amigo y colega Fernando Silva Caraballo, quien entonces fungía como director de propiedades. El FCPR se inclinaba a desarrollar un programa de investigación social sobre los usos de diversas propiedades y de cómo implementar una política de inclusión y de consulta a la “clientela”, a la gente que les visitaba y auspiciaba.

Tuve mis serias dudas pues sabía que ese era un círculo cerrado, catalogado como elitista por gente muy cercana a mi en el campo de la conservación de la naturaleza. Una dimensión de ese “elitismo” consistía en visualizar al FCPR como una entidad que “privatizaba” terrenos—paisajes–de un gran valor estético, histórico (patrimonial, arquitectónico) y ecológico que cerraba el paso a quienes quisieran entrar libremente a ellos. (Sobre esto se puede escribir mucho, muchísimo, sobre otras instituciones y entidades, federales, locales, no-gubernamentales, pero eso es harina de otro costal.)

Siempre recuerdo las palabras de Fernando: “el viejo está cambiando y quiere explorar esas posibilidades”. Con esa aseveración me lancé a conocerle y comenzar a trabajar con él y con su personal que me pareció que me recibió, en el principio, con una buena dosis de aprehensión.

No entraré en los detalles de esa colaboración, pero quisiera dejar aquí escrito, que me permitió conocer a un ser excepcional, dedicado por completo a un modelo de conservación de propiedades que en mi análisis final, superó las preocupaciones de sus detractores y pienso que tal vez esas miradas le empujaron a conceptualizar la conservación de una manera distinta.

Lo que voy a expresar ahora es una perogrullada de alto vuelo (sobre todo viniendo de mi), pero algo importante de esa nueva mirada fue que se alejó momentáneamente de la estética y de la historia de las propiedades, para insertarse plenamente en el estudio de la gente de a pie, de las y los visitantes, de lxs usuarios del paisaje, de esa gente que miraba al FCPR desde una óptica muy particular.

Para ello nos sumergimos en un estudio de lxs visitantes a todas las propiedades con programas de visitas, por un año, como lo habíamos hecho en el Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) de UPR-Mayagüez con El Yunque. Con la gente de CISA y otros colaboradores, trabajamos intensamente para entender la naturaleza social de esas visitas y la percepción de quienes las visitaban. Ese esfuerzo consistió también de entrevistas informales y observaciones de visitantes y al personal del FCPR, actividades que nos permitieron entender mejor a esa entidad. En ese trayecto realizamos un estudio etnográfico y de encuestas de visitantes y patrón de comportamiento de las visitas en la Reserva Natural La Esperanza, en Manatí y un estudio de grupos de interés sobre el Bosque Seco de Guánica.

En esas jornadas, Don Javier siempre fue solidario, siempre abierto a escucharme y a escuchar las voces de esas gentes que muy pocas veces encontraron en el FCPR quien oyera sus reclamos, cuitas y su enorme admiración por una obra de conservación sin precedentes. Me parece que encontré más obstáculos en algunos miembros del personal de la institución, para quienes las voces de la gente representaban una amenaza a sus planes de trabajo estructurados desde la comodidad de la Casa Ramón Power, junto a visitas ocasionales al campo. Pero la inmensa mayoría de ellos, por lo bajo, y aún con temores ancestrales, celebraban que el FCPR y Don Javier se moviera en una dirección insospechada para esa institución.

De Don Javier guardo, en el breve período de nuestra interacción, muy gratos recuerdos y una gran admiración. Detrás de esa mirada severa, había un gran sentido del humor, comprobado en veladas espiritosas e iconoclastas de las que Miguel (Menki) Canals guarda algunos recuerdos, estoy seguro. Aprecio de sobremanera el esfuerzo que hizo por transformar la conservación de La Parguera por varios medios, incluyendo la reestructuración de los viajes a la bahía bioluminiscente. Junto a Don Javier di un viaje maravilloso en helicóptero a la isla de Culebra en la que me cedió la palabra para servir de guía sobre el desarrollo urbano (desparramamiento) y su impacto en los hábitats costeros a una eminencia internacional de la conservación costera de visita en el país.

Conmigo siempre fue un caballero, me escuchó, dialogó plenamente y me dio la oportunidad de trabajar junto a él, a Fernando Silva y otros y otras en una agenda que me ha parecido muy valiosa, en la que aprendí muchísimo. Sin duda, su legado ha sido conservar para el futuro, para “custodiar nuestro provenir”.1

Estoy seguro, que hay otras visiones y percepciones sobre Don Javier y el FCPR, pero quería dejar aquí este manifiesto de lo que me tocó vivir y trabajar con él. Hay terreno fértil para hacer una historia crítica de la conservación de terrenos en Puerto Rico, de la forja de la Autoridad de Tierras, del desarrollo de la industria pesada del refinamiento de hidrocarburos que dio paso a la intervención del Departamento del Interior de los Estados Unidos, que a su vez abrió la puerta a unos procesos cruciales relacionados al proceso de conservar la costa y las tierras. En esa agenda debe haber espacio para insertar a la gente que ha trabajado para hacer la diferencia. Gente que ha dado su vida en el DNRA, el Servicio Forestal, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre, el Departamento de Agricultura y el de las organizaciones no-gubernamentales y sus híbridos como el FCPR. Varixs colegas deben poner eso en sus agendas.

Agradecido a Don Francisco Javier Blanco, en vida y en la memoria.

  1. Francisco Javier Blanco y el Patrimonio Puertorriqueño. Edgardo Rodríguez Juliá. San Juan: Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico. 24 de octubre de 2002.
Posteado por: antropikos | junio 12, 2020

Víctor Rojas: matriculado y héroe del mar arecibeño

En el siglo XIX existía la Matrícula de Gente de Mar que agrupaba a toda aquellas personas dedicadas a los menesteres marítimos, incluyendo la pesca y la carpintería de ribera. Sobre este asunto he escrito en la revista Marejada del Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico. La primera parte ha sido publicada y la segunda se ha retrasado por los eventos que han impactado a nuestro país desde diciembre de 2019. Este escrito breve trata sobre la vida de uno de esos matriculados: Víctor Rojas, cuya vida tiene sus tangencias con la de uno de los primeros armadores y empresarios marinos de esta Isla: Don Miguel Henríquez. Invito a lxs lectores a explorar su trayectoria, por medio de los escritos del historiador Ángel López Cantos.

Los matriculados, gente de mar en distintas capacidades, intervenían también en el rescate de embarcaciones y náufragos cuando era imperativo hacerlo. La noche del 27 de noviembre de 1854 se encontraba en el puerto de Arecibo una embarcación inglesa registrada en Liverpool, el James Power, “cargando azúcar y melado” cuando cayeron víctima de una “extraordinaria marejada”, que llevaba unos días azotando esa costa. El buque se partió en varios fragmentos y empezó a zozobrar.

Los matriculados “españoles”, José Rojas, Pedro Rojas, Juan Bautista Díaz, Manuel de la Cruz y Vicente Álvarez asistieron a ocho miembros de la tripulación para llevarlos a salvo a la playa. Las autoridades locales, la Corona española y el consulado inglés reconocieron, en particular, la gesta valerosa de José Rojas y Vicente Álvarez, quienes “olvidados de sus vidas se arrojaron al mar para libertar a los náufragos”, exponiéndose a un peligro mayor. De las autoridades españolas recibieron la Cruz de distinción de María Isabel Luisa, creada en 1833 para condecorar a militares y a personas involucradas en el rescate de náufragos. Recibieron también una carta de agradecimiento del cónsul de Inglaterra, con una medalla “como prueba de su aprecio por su valerosa conducta”.

Don Cayetano Coll y Toste, en su libro Crónicas de Arecibo señala que el matriculado José Rojas era Víctor Rojas, reconocido y legendario héroe de nuestros mares, a quien conoció en la última y penosa etapa de su vida. El relato de Coll y Toste está adornado con el lenguaje usado para los seres especiales de esta Isla y reproduce varios poemas –de diversos autores–honrando la épica de este arecibeño, a quien su pueblo natal le ha honrado con un paseo frente al mar y un busto.

Según Coll y Toste, Rojas entró en la matrícula en 1844, a los 24 años y fue marinero y luego “patrón de Hacienda”, es decir, capitán de una embarcación de Hacienda, una falúa, embarcación de vela y ligera usada por las autoridades en los puertos y en los ríos. Víctor Rojas, el hijo de una mulata y un criollo que –aparentemente–no lo reconoció, era un pescador experimentado y devoto de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores. El relato de Coll y Toste amerita leerse, por su prosa y por la admiración que tenía por este salvador de vidas.

Crónicas de Arecibo

A Víctor Rojas se le atribuyeron muchos salvamentos y grandes proezas como nadador y rescatista. No he explorado su presencia en las voces populares, pero sí recuerdo que mi madre, Carmen Emilia Pizzini, me contaba sobre las hazañas de Rojas, protagonizando sus brazadas en el agitado mar arecibeño, según se lo contó su padre, natural de ese pueblo.

José A. Alcaide, un letrado de Arecibo, escribió una novela, Víctor Rojas, salvador de doscientas vidas, sobre la vida de este matriculado. Para ello recurrió a varias fuentes y a las voces del pueblo de Arecibo que en su memoria colectiva y por la vía oral contaban sobre su vida y sus hazañas, según las conocieron e imaginaron sus antepasados, así como lo hizo mi madre conmigo. Es posible que Alcaide haya explorado documentos legales, ya que Rojas fue víctima de una acusación gratuita y una breve condena que le condujeron a desquiciarse. Todo por rifar unas jareas (según el relato de Alcaide) para beneficiar a unos pescadores pobres, pero con ese acto incurrió en el delito de juegos ilícitos y fue condenado a unos meses de prisión. Según Coll y Toste, Rojas no pudo soportar esa humillación y murió en la inopia.

Para honrar a este matriculado de mar, la gente de Arecibo rebautizó un paseo frente al mar, al lado de la desembocadura del Río Grande, cerca donde están los remanentes del Fuerte San Miguel Arcángel (conocido también como El Polvorín). El lugar luego se le conoció como “El Paseo de Damas”. Desde principios de siglo XX se le conoce como el Paseo Víctor Rojas, pues hay, de manera prominente, un busto de este matriculado. Se estima que desde ese punto salía Rojas a sus hazañas y hace algún tiempo se celebraba un cruce a nado para honrar su memoria. Sobre su vida–la de un mulato–hay una gran cantidad de poemas y hasta una zarzuela, Almas y Olas, de la autoría de José Limón de Arce.

La vida de José Víctor Rojas es una historia que amerita explorarse, sobre todo en estos días.

Algunas fuentes

Alcaide, José A. 1960. Víctor Rojas, salvador de doscientas vidas. Barcelona: Ediciones Rumbos.

Archivo Histórico Nacional, Ultramar. 5072, Expediente 45. Naufragio de la barca inglesa James Power.

https://eladoquintimes.com/2017/07/18/victor-rojas-inmortal-heroe-puertorriqueno/

Coll y Toste, Cayetano. 1891. Crónicas de Arecibo. Arecibo: Imprenta de Salicrup y Co.

Tengo amigos y colegas que desprecian el uso de FaceBook. Les entiendo muy bien. Sin embargo, esa plataforma de redes sociales me ha resultado valiosa para conocer lo que se publica en diversos medios (incluyendo la literatura arbitrada) y ampliar mi visión de mundo y conocer un poco más.

En cuanto a lo social, no hay que menospreciarlo, ni enfatizarlo, pues lo conocemos bien: contacto con amigos, familia y los felices encuentros con gente perdida por el planeta y el tiempo.

De un tiempo a esta parte he vuelto al field, al campo, para hacer trabajo etnográfico, que en mi caso es el litoral y las actividades costeras y pesqueras. Pero como venían discutiendo varios colegas, las redes sociales son un medio importante para estar al tanto, conocer y explorar esos mundos culturales que nos atraen y obsesionan. Con ello vuelve a definirse el asunto de la localidad etnográfica, tema que ya había pasado por una transformación teórica.

En mi caso, le he seguido el pulso a la gente en las pesquerías y me he contactado con amistades, colaboradores y con personas que no conocía. FaceBook me ha facilitado conocer sobre el impacto de los terremotos en las pesquerías y ahora, saber como se manejan ante la pandemia de COVID-19. Sin salir de mi casa y arriesgarme a ser contagiado o contagiar a otra gente (de ser ese el caso) puedo mirar como van las pescaderías y pescadores trabajando y supliendo el pescado y los mariscos en esta crisis. He podido identificar importantes esfuerzos de la gente de la costa por echar adelante.

Y una vez uno está insertado en ese mundo, comienzan a llegar las peticiones de amistad de hombres y mujeres en este importante sector. Situación que aprovecho para expandir la mirada etnográfica que le doy a ese mundo y aprender más.

Hoy, y gracias a mi colega en el trabajo ambiental-comunitario, Lillian Ramírez, me sumergí en las profundidades de un mundo del que he estado desconectado—en gran medida—desde hace más de 35 años: Puerto Real de Cabo Rojo.

Es cierto que he tenido la oportunidad de vincularme con ese importante poblado en los últimos años a través de los documentos del Archivo General de Puerto Rico, el Libro de Novedades de la Policía y el trabajo de ciencia ambiental y antropología de Arelis Arocho.

Pero hoy fue diferente, hoy me inserté en las callejuelas del poblado—y su memoria—en la década de 1940, a través de FB y el debate, las anécdotas (y fotografías) de las y los descendientes de la gente que forjó a ese importante centro pesquero en el siglo XX.

Había pensado mucho sobre volver a mi archivo repleto de notas de campo, croquis, entrevistas, cuestionarios, documentos, mapas y fotografías recopiladas en seis años de esfuerzos “etnográficos” desiguales. Hay unas cajas esperando a que haga algo más con ellas… y no pienso quemarlas como supuestamente hizo Carlos Buitrago Ortiz con sus materiales de Esperanza, en Arecibo.

Las cosas tienen su momento oportuno, su kairós, y este es tal vez el tiempo de precisar esa historia sobre las firmas pesqueras y la manera (fragmentaria, parcial, superficial e interesada—en unas cosas no en otras) en la que las observé y la forma en las que construí su “historia” por medio de un puñado de voces y de documentos.

Fue en aquel momento cuando leí a Fernando Braudel para percatarme que la única manera de entender los procesos sociales y ecológicos era a través de la historia. Pero fue un poco tarde, mi trabajo había sido fundamentalmente etnográfico, y aun así hice lo posible por darle una mirada histórica al proceso de formación de capital en las pesquerías.

Con FaceBook se me ha abierto la puerta, la oportunidad, de dialogar con otras personas, de ampliar esa mirada sesgada que le di, como antropólogo joven e inexperto, pero entusiasta. Cuando se apacigüe la pandemia con su guadaña afilada, recuperaré una conversación detenida en un hiato de más de tres décadas; en esta ocasión será con las generaciones posteriores a las que conocí.

Lamento, con todas las fuerzas de mi espíritu, que no volví a conversar mucho, ni agradecerle como se merecía, a Roberto Franqui lo que compartió conmigo y lo que me enseñó de ese lugar y su gente, abriéndome las puertas de su casa-taller a orillas de la bahía. En cierta medida el fue ese Taso Zayas (amigo e “informante clave” del antropólogo Sidney Mintz) que todxs queremos encontrar en nuestra circunvalación antropológica.

Todavía hay tiempo para pagar esa deuda… si y solo sí, esquivo al COVID-19.

Algunas referencias

Gupta, Akhil y James Ferguson, editores. 1997. Anthropological Locations: Boundaries and Grounds of a Field Science. Berkeley: University of California Press.

Sanjek, Roger y Susan W. Tratner, editores. 2016.eFieldnotes: The Makings of Anthropology in the Digital World. Philadelphia: University of Pennsylvania Press.

Puerto Real, Puerto Rico. Part of the extremely poor little fishing village on the southwest coast of Puerto Rico. Foto de Jack Delano, enero, 1942.

https://www.loc.gov/item/2017798314/

 

Posteado por: antropikos | noviembre 12, 2019

Los títeres

Los títeres, ese es un epíteto que escuché mucho en mi niñez en el San Juan amurallado y en el Bayamón suburbano. La titerería: con ese nombre se describía a esa muchachería que tiraba piedras, profería vituperios, hacía fechorías menores, delinquía y se entregaba a distintas formas de violencia. A mi me criaron en mi casa para no ser un títere, aunque de joven cometí una que otra travesura y alguna fechoría digna de ese estamento social. Ese no era—todavía—el mundo de la droga y de la violencia esgrimida con armas de fuego.

Todavía.

Era el universo de las pedradas, las cortaduras, las palizas, las peleas callejeras, el hostigamiento verbal y el atropello. Paralelamente iba creciendo otro universo: el de la tecata o manteca, la metadona, el pasto…que evolucionó en el pastilleo y posteriormente en la cocaina.

Pero el mundo de los títeres era en San Juan el mundo de la pobreza y el abandono de esos sectores populares que entraban a la ciudad con la esperanza de ganarse la vida y abandonar el opresivo mundo rural en el que habían nacido: el agrego, la tuberculosis, los piojos, las niguas y la explotación rampante…que no les abandonaría en el entorno urbano.

Fernando Picó nos dejó como regalo el libro Realengos y residentes: los menores en San Juan, 1918-1940 que es el resultado de una inmersión en el Libro de Novedades de la Policía para explorar el mundo brutal y violento de los niños y adolescentes en un entorno urbano con muy pocas posibilidades económicas para esos sectores de edad.

Los realengos (vamos, en cierta medida visitantes) son ambulantes, niños que viven en la calle o andan durmiendo por doquier, muchos sin domicilio fijo o en fuga de diversas formas de violencia y carencias materiales. Vienen de todas partes de la isla, pero me ha parecido que un número mayor de aquellas y aquellos seguidos por Fernando provienen de Corozal. Desconozco porqué, pero sé que mi abuela paterna, María Lina Figueroa, llegó a la calle Sol desde Corozal para enfrentarse a situaciones muy difíciles de las que tenemos unos trazos muy confusos.

Los residentes y sobre todo los realengos son agresores y agredidos, violadas, violados y violadores, gente prostituida y vendida, vendedores ilegales de cosas y servicios, aplastados por un aparato legal que convertía la proverbial ventana de oportunidades en un boquete muy pequeño, imposible de atravesar sin enfrentarse a la Policía.

Este libro de Picó nos permite dar una mirada profunda a las visicitudes de esos menores, así como conocer una antigua geografía de la ciudad capital, la vulnerabilidad de La Perla ante el oleaje (una sola mención, pero importante), las oportunidades económicas legales e “ilegales” del frente marítimo y la vida portuaria, los enfrentamientos cotidianos (muchos de clase social), la fragilidad de las niñas y los niños ante las perversiones sexuales y la violación, y las vidas convulsas de esos menores que se encontraron en las páginas del Libro de Novedades de la Policía, donde los policías los identifican de manera sistemática como títeres.* Me pregunto cuán generalizado era el uso de ese epíteto por todo el país, porque no recuerdo haberlo visto en el Libro de Mayagüez Playa, donde la muchachería también estaba presente en los avatares contidianos.

Realengos y residentes: los menores en San Juan, 1918-1940 (2019, Río Piedras: Centro de Investigaciones Históricas, Universidad de Puerto Rico) nos deja ver la sensibilidad de Fernando Picó por esa gente que quedó en la rueda de abajo y que hicieron lo posible por salir de su precaria situación. Esa es la vocación religiosa, personal e historiográfica de Fernando. Que quede así redactado, en tiempo presente, porque sigue con nosotros.

 

*La quinta acepción de la palabra títere en el Diccionario de la Real Academia Española se refiere a su uso en Puerto Rico, como “Pillo, vagabundo”. El Diccionario de Voces Coloquiales recopilado por Gabriel Vicente Maura (1984, San Juan: Editorial Zemi) lo despacha rápidamente: “dícese del muchacho o muchacha callejero” [sic].

Posteado por: antropikos | septiembre 2, 2019

Wallerstein

En aquel tiempo leía intensamente sobre la teoría y aplicaciones del concepto Modo de Producción (y formación social, relaciones de producción), pues eran los días en los que el marxismo se había reaparecido en la Antropología británica (por medio de Raymond Firth, quien había estudiado a los tikopia y a los pescadores malayos), la francesa (Maurice Godelier, Claude Meillasoux…), la canadiense (Yvan Breton) y en la estadounidense por varias rutas (William Roseberry, por ejemplo) que de alguna manera tocaban a la gente de Puerto Rico. Stony Brook era entonces un hervidero de estudiantes doctorales de antropología (Robert Shadow, por ejemplo) que trabajaban la economía política, a pesar de la resistencia de nuestros maestros y mentores, como Robert Stevenson, Willam Arens y Pedro Carrasco, entre otros.

Era entonces discípulo de Carlos Buitrago y con él me debatía sobre la ortodoxia y la necesidad de que ese concepto integrara las relaciones humanos-naturaleza. Desde entonces (circa 1976) me encontraba en ese merecumbé. En retrospectiva, creo que leí todo lo que había sobre los modos de producción y sobre todo a Paul Hindess y Barry Hirst que en aquellos días producían una obra teórica de primer orden.

Buitrago me había sugerido que leyera a Fernando Braudel. En 1973 Carlos se convirtió en un apóstol del libro sagrado El Mediterráneo en los tiempos de Felipe II y pensaba que todas las claves para entender a nuestro entorno se encontraban allí. Muchos años más tarde me percaté de ello… mientras tanto evité aquel libraco porque uno tiene también que hacerle la vida difícil al maestro.

En 1983 me encontraba en Natchitoches, Luisiana, escribiendo mi disertación cuando tuve la epifanía de encontrarme con dos textos extraordinarios: la colección de ensayosOn History, de Braudel (1980, originalmente Écrits sur l’histoire, 1969) y la colección de ensayos The World Capitalist Economy escrita por Immanuel Wallerstein (1979, Cambridge University Press). Este último, un libro que se nutrió de toda esa obra latinoamericana, francesa y africana sobre las relaciones desiguales que fracturaban el globo.

Todavía guardo mis notas extensas sobre esas dos lecturas que cambiaron mi visión de mundo, mi Weltanscthauung antropológico y sociológico. A partir de ahí entendí que no era posible hacer ciencia social sin la perspectiva histórica, preferiblemente en la larga duración. Una lección de Braudel, que no me abandona. Vi claramente las relaciones entre sistemas sociales y de producción a escala regional y global. Entender esas dinámicas era conocer a fondo la articulación de nuestras sociedades y culturas. Y claro está, poner en otra perspectiva a los modos de producción. Terminé escribiendo una disertación sobre relaciones de producción y formación de capital en las pesquerías del oeste de Puerto Rico, desde una perspectiva histórico-social.

Immanuel Wallerstein tiene una extensa obra, que yo desconozco en su totalidad, pero leerle en aquel momento y hacer el vínculo antes expuesto (que tuvo concreción en el Centro Fernando Braudel de SUNY, Binghamton, donde enseñaba y regía Wallerstein) fue una feliz epifanía profesional. He leído también un texto imprescindible, Impensar las ciencias sociales (1998, Siglo XXI), que tiene profundos comentarios sobre el trabajo que hacemos y el intento por hacer historia y periodizar.

Wallerstein nació bajo el signo de la Gran Depresión (28 de septiembre de 1930) y murió bajo la constelación de las crisis globales (31 de agosto, 2019). Habrá que releerle.

 

 

 

 

Posteado por: antropikos | julio 31, 2019

Universidad y compromiso: una mirada breve y profunda

El debate sobre las posiciones políticas y religiosas que revelan las tendencias liberales o conservadoras está en la palestra. No sé los detalles de la publicación del libro Universitas ludens de Fernando Picó, bajo el sello de Publicaciones Gaviota en 2019. No tiene prólogo o alguna información que nos guíe sobre los avatares de esta minúscula obra (98 páginas) que tiene lo que parece ser un ensayo inédito—La universidad en juego—seguido de cuatro capítulos que fueron conferencias dictadas ante audiencias muy diversas.

El ensayo inicial, sobre la universidad, debe ser lectura obligada, para poder construir un mejor país y para repensar la universidad. Fernando usa la metáfora del juego, a partir de los preceptos de Johann Huizinga (Homo ludens), para explorar las múltiples transacciones lúdicas a las que nos enfrentamos los que nos convocamos en el espacio universitario.

Fernando demuestra en este libro que ha sido (y es) uno de los pensadores más importantes que ha tenido el país sobre su realidad. Es además un pensador y actor social que—partiendo de su vocación profundamente cristiana—ha demostrado su solidaridad con los sectores marginados y ha sido un propulsor de la pluralidad y la convivencia de paz entre todos, sin menoscabar los procesos de disensión y lucha. Hay anotaciones sobre la importancia de entender la fracturas históricas (de clase) en nuestra sociedad para poder articular proyectos de futuro.

Esos escritos los lanza con humildad y con la certeza de que son parte de sus disquisiciones sobre la vida en este lugar del mundo y que solo pretenden iniciar una reflexión sobre esos procesos, y nada más. Al terminar de leerlo no dejo de pensar que se ha tratado de una breve historia del país, concentrándose en la sociabilidad, las solidaridades y sus rupturas, sin perder de vista los procesos socioeconómicos en la larga duración. Sus posicionamientos sobre diversos temas (raza, clases, sexualidades, el cuerpo y el género) son de avanzada y mucho más arrojados de los que promulgan nuestros políticos aparentemente más liberales.

Hay un llamado al compromiso social y al académico, a trabajar por llevar nuestra sociedad a un mejor lugar—un llamado que en estos días en más urgente que nunca. Fernando ofrece una penetrante y desguazadora mirada a la universidad del siglo XXI y comenta sobre la utilidad de su práctica acumuladora de créditos y sus intercambios que lleva a transacciones entre calidad y cantidad, de las que nos había advertido Héctor Huyke en su libro Antiprofesor. Al leer Universitas ludens, cada cual llegará a sus conclusiones, pues de eso se trata, de provocarnos.

Por mucho tiempo, cada viernes y sábado, traté de llegar temprano al Archivo General para llegar primero, pero Fernando me ganaba en ese juego que yo solo jugaba sin el saberlo. En aquellos día iba tras del Libro de Novedades de la Policía que Fernando nos enseñó a escudriñar, para poder reconstruir de alguna manera las vidas de esa gente de la orilla. Curioso juego, pues sabía de antemano quien ganaría la partida, con el mejor tiempo y la mejor demostración.

Al llegar ya estaba en su estación de trabajo (en la cual nunca me sentaré). Si estaba solo y distraído le daba los buenos días. Si le observaba absorto en sus notas y tarjetas, le dejaba trabajar tranquilo, pero siempre tuve una conversación corta con él, o le importuné con alguna pregunta cuando se distraía. Le he leído intensamente y cada vez descubro su enorme aporte al proceso de escudriñar y mirar al país. Hoy, más que nunca es necesario y hace falta su palabra y su acción.

Posteado por: antropikos | marzo 12, 2019

Notas de campo de La Coal

Aquí en Antropikos proveo las notas de campo de una visita etnográfica realizada a los pescadores de La Coal, en el Muelle 10 de San Juan, los días 7 y 8 de julio de 1984, como parte de un proyecto sobre las asociaciones de pescadores, subvencionado por el Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico. Los investigadores principales eran Jaime Gutiérrez Sánchez y Bonnie McCay. Estas notas son el complemento del artículo sobre La Coal publicado en 80grados.

Fotomosaico de La Coal, 2019

Notas etnográficas de La Coal en San Juan

Posteado por: antropikos | marzo 6, 2019

De un lado para otro…

Algunas notas no muy precisas sobre el tráfico marítimo

La transportación marina es una actividad en extremo complicada por todos los detalles técnicos que conlleva y las regulaciones que le aplican. La navegación de cabotaje no es diferente y requiere de precisión y atención para proveer un buen servicio de tráfico de pasajeros y carga de un lado para otro, en un horario confiable. Es la manera en la que la economía (cualquiera) debe fluir para ser exitosa. Los puertos y las instalaciones para los pasajeros deben ser adecuadas y servir bien a la clientela. Deben ser cómodas y proveerle víveres para la espera por las embarcaciones o un lugar para pernoctar si la primera salida es temprano en la madrugada.

La tripulación debe ser diestra en los menesteres marítimos y la gerencia de las operaciones ser responsable con el servicio que ofrece. En la navegación comercial hay operadores que tienen contratos para operar y deben adscribirse a las reglas que impone el Estado y las estipulaciones acordadas. Pero hay infinidad de otros actores en este escenario que tienen embarcaciones y muy bien pueden brindar el servicio, pero no están autorizados a ello por razones de seguridad, responsabilidad, y porque no tienen contratos para hacerlo. Pero muy bien podían tenerlo…

¿Quiénes deben ser los operadores del servicio? ¿El sector privado o el estatal?

No tengo la respuesta a esa pregunta, pero sospecho que una alternativa es darle al sector privado esas operaciones, para que asegurarse que se haga de manera eficiente y viable en términos económicos y trasladar a ese sector los riesgos y las dificultades de la operación. (No sé si esto constituye una “alianza público-privada”.)

El Estado puede y debe regular ciertos precios (por ejemplo, la tarifa para los pasajeros) para asegurar que sea justa con las y los usuarios del servicio, e imponer como parte del contrato el horario de servicio, el tráfico de la carga, los servicios ofrecidos, las especificaciones de las embarcaciones utilizadas, las rutas a seguir, la seguridad de la mercancía y de los pasajeros y la capacidad marítima de la tripulación. Debe también velar por que los términos del contrato de operación se cumplan, e imponer las sanciones o multas que apliquen de no cumplirse.

Un poco de memoria

En el siglo XVIII Puerto Rico se enfrentó con el reto de transportar mercancías, bestias y gente de un lado para otro, de los lugares de producción agrícola y las salinas, a los sitios donde podían ser embarcadas para puertos distantes, algunos al otro lado del Atlántico, tan distantes como Hamburgo y Bremen. La navegación de cabotaje era central en las aspiraciones económicas de la colonia, como es de suponer. Pero una de las principales dificultades estaba en transportar la gente a través de los estuarios y los ríos, debido a la ausencia de puentes que facilitaran el proceso. Para ello, los partidos de San Juan y San Germán instituyeron la práctica de arrendar los sitios de pasaje, es decir, los lugares desde donde de podía llevar gente de un lado para el otro.

El ayuntamiento de San Juan sacaba a pública subasta esos lugares, estratégicamente ubicados en las bocas de los ríos y los arrendaba en combo: el flete, el corral de pesca (prometo no decir nada sobre esto aquí) y una casa que sirviera de posada u hostal para que los viajante se alojaran y pudieran salir temprano con su carga a su destino. Con este arriendo podían tener una pulpería para la venta de víveres y desde la que preparaban y vendían la refrescante agualoja de jengibre para los viajeros (que en la documentación les llamaban caminantes). La persona que arrendaba el permiso se le llamaba pasajero. Los fondos derivados de esta operación eran en extremo importantes para el ayuntamiento y de esa operación dependía la ciudad murada para abastecerse de víveres, entre ellos la leche que provenía de las fincas de la familia Dávila.

A finales del siglo XVIII el ayuntamiento de San Juan tuvo que estructurar la operación de una mejor manera para proveer un buen servicio, con el agravante (para ellos) de que los hacendados y propietarios de Toa Baja y Bayamón tenían sus embarcaciones (y sus remeros esclavos) y querían usarlas para trasladarse desde esa banda de la bahía hasta la Capital, navegando por el río Bayamón hasta el litoral y de ahí a la Capital. Los puntos de partida de la costa lo eran Palo Seco, un próspero poblado con serias aspiraciones de ayuntamiento, y Boca Habana, al oeste de Palo Seco.

Dibujo de Palo Seco por Auguste Plee (1821-1824)

Para proveer un buen servicio el Partido delineó las guías a seguir en un documento de 1795: (1) El pasajero debía tener suficientes canoas para la conducción de caminantes y víveres a la ciudad, (2) Deben estar bien equipadas y con el personal práctico (los pilotos) que las manejen, (3) Tres viajes de ida y tres viajes de regreso con el horario estipulado, (4) Que las personas que trafiquen con sus canoas paguen un estipendio al pasajero, que es quien tiene el permiso para traficar, (5) Las tarifas para viajeros y carga estaban establecidas, (6) Fuera de horario, se podía dar el servicio a otras personas, pagando una tarifa diferente, (7) La posada debía estar limpia, (8) La pulpería proveía víveres para los viajeros, (9) El servicio de correos iba gratis, (10) La embarcación debía estar en buenas condiciones, y navegadas por su patrón y bogadores, en proporción al número de viajeros y la carga, (11) El pasajero era responsable por la avería o las pérdidas ocasionadas a la carga en el trayecto, (12) El pasajero debía asegurar el retorno de los viajeros y tener embarcaciones listas para el viaje de regreso, de lo contrario se le impondrían multas, (13) La ruta del viaje dependía de las condiciones del mar, sobre todo “en los tiempos de norte” o “cuando la mar esté picada”, en cuyo caso el viaje debía hacerse navegando por la orilla de la bahía, hasta donde fuera posible, y (14) No se toleraba falta alguna a estas estipulaciones, de lo contrario se aplicarían las multas de rigor. Lineamientos similares, aunque no tan detallados, se hicieron para otros lugares de pasaje como el Río de Loíza, entre otros.

Entonces…

Nada, lleguen a sus propias conclusiones. Este servicio estuvo operando por mucho tiempo y tuvo sus dificultades, pero relacionadas al asunto de quienes debían tripular las embarcaciones, ya que a partir de 1803 la Marina insistió en que debían ser los “matriculados de mar”, una disputa que se extendió por varias décadas. En el resto del archipiélago la navegación de cabotaje contó con experimentados hombres de mar, en su mayoría matriculados, con los que se movía la gente, las bestias y las mercancías por los puertos oficiales, fondeaderos y lugares de anclaje y desembarco de toda índole.

El Estado tiene la responsabilidad de asegurarse de que las localidades costeras y sus necesidades de transportación estén bien servidas, pero hay muchas maneras de lograrlo con eficiencia. San Juan se aseguró de que su plaza estuviese bien servida y que el flujo de víveres, bestias y personas estuviese bien atendido, cediéndole a los pasajeros esa función y velando porque se cumpliera con lo estipulado.

No escribo nada más.

Nota:

Este trabajo es parte del proyecto de investigación “De cara al mar”, subvencionado por el Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico. El autor es en estos momentos investigador afiliado del Centro Interdisciplinario de Estudios del Litoral (CIEL) de UPR-Mayagüez y del Instituto de Estudios del Caribe (IEC) de la UPR en Río Piedras.

Referencias:

Archivo General de Puerto Rico. Gobernadores Españoles, Caja 560. Expediente remitido por el Ayuntamiento de San Juana la Diputación Provincial con informe sobre los fondos de propios y arbitrios que disfruta en origen. 7 de septiembre de 1813.

Las Actas del Cabildo de San Juan tienen numerosas entradas relacionadas al arrendamiento del pasaje en Palo Seco y Boca Habana durante la segunda mitad del siglo XVIII.

Posteado por: antropikos | noviembre 22, 2018

Etnografía rapida y en bicicleta

Las ruinas a veces engañan, aunque son fragmentos de calamidades, la dejadez, el tiempo y sus meteoros, la maldad, la violencia o los eventos extremos. En el agua noté estos despojos estructurales que son el producto de incendios, de las marejadas, de los huracanes y de la dejadez.

Pero el asentamiento costero que le da el frente y tiene que mirarlos día a día, estaba viva. Las calles estaban aromatizadas con el hervor y asado de perniles, pavos y arroces con gandules. Se escuchaba el levantamiento de las ollas para cotejar el cocido y el efluvio de los guisos se apoderaba de la calle. La gente en la calle usaba sus mejores galas para estar en la calle.

Los negocios (ahora llamados chinchorros) estaban cerrados, pero había bullicio y en un punto estratégico, cercano a la rampa, bajo la sombra de almendros y toldos y cobertores, varios hombres (tal vez unos doce… ¿o imagino el número?), algunos emperifollados y con sus cadenas jugaban al dominó y bebían Medallas, porque en esta parte del mundo eso es lo que se bebe. Un amplificador despedía aguinaldos “a to’ jender”.

En una casa un hombre se debatía si arreglar el tráiler de su lancha o seguir leyendo el periódico. En otra, en los bajos y en una sombra pesada un hombre tejía y remendaba un trasmallo. Al doblar la esquina me percaté que salía de su casa un hombre–con el torso desnudo—que le decía a otro que iba a salir a pescar, “por ahí cerca y sino me voy pa’fuera”. Su lancha estaba preparada con un malacate para la pesca de pargos de aguas profundas, los chillos y los cartuchos.

Las casas de El Seco, en Mayagüez, entonaban sus ritmos navideños al son de las ollas y las puertas de los hornos. En el colindante residencial Jardines de Concordia, desde un segundo piso, de cara a la calle, alguien tocaba en un volumen alto “Estamos bien” de Bad Bunny, mientras que en el edificio contiguo otras personas hacían lo mismo con el clásico de “Navidad que vuelve”. La panadería recibía clientes, tal vez de quienes ordenaron el asado del pavo.

No puede uno dejarse llevar por las ruinas, detrás de ellas (o de frente) hay vida y posibilidades.

 

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