Posted by: antropikos | March 26, 2017

Wilfredo Geigel

Hace algún tiempo sucumbió—por razones técnicas—mi blog de Antropico. A raíz de eso desarrollé este blog, pero se perdieron en el Internet los artículos. Escribí este artículo, y la secuencia que le sigue, como una reflexión sobre los museos, pero también como una apología al licenciado Wilfredo Geigel. Me he despertado con la triste (y tardía) noticia de su deceso, lo que me ha causado una gran pena. Siempre le admiré. El y su esposa, la profesora Alma Simounet, siempre fueron gente maravillosa conmigo y con quienes les conocieron. Mis últimos encuentros con ellos fueron memorables y uno de ellos en el Paseo Lineal de Bayamón, donde corrían bicicleta, una de esas pasiones que nos unían, junto a los libros y la historia y cultura de nuestro país. Afortunadamente tuve la oportunidad de dejarle saber a ambos mi agradecimiento, por todo lo que hicieron por mi. Una partida que me duele, pero con la satisfacción de que pude conocerle y encontrarme con ambos en este camino.

Sobre museos

Los y las practicantes de la antropología tenemos un museo en nuestro pasado. O en nuestro presente y futuro. Es inevitable ya que es uno de los hitos, íconos y espacios esenciales de nuestra disciplina. Algunos los disfrutamos plenamente y los recordamos con mucha ternura. Mi primera gran experiencia en la disciplina fue trabajar para el extinto Museo de la Fundación Arqueológica Antropológica e Histórica (FAAH) de Puerto Rico, localizado detrás del Teatro Tapia en el Viejo San Juan. Amigos y estudiantes nos dimos cita allí para trabajar, comprometidos con el avance de la antropología y disciplinas afines: Pedro Orlando Torres, Ignacio Olazagasti, mi hermano Samuel Vera Santos, Nancy Villanueva, Edgardo Rivera, Haydeé Venegas y Pura Reyes entre otros.

Esa organización fue fundada por un grupo de anticuarios, diletantes, profesionales (como por ejemplo, Jalil Sued Badillo, Della Walker, entre otros) y mecenas de estas formas de saber. La fundación era dirigida por el Licenciado Wilfredo Geigel, un hombre visionario y de gran generosidad, a quien admiro y recuerdo muy gratamente. Todas y todos ellos con un interés genuino de que el saber avanzara y se divulgara en el público la riqueza cultural de las sociedades pre-colombinas.

Para desarrollar aun más esas disciplinas se publicó un boletín informativo, y se realizaban conferencias, talleres y viajes de campo para expandir el conocimiento. El museo exponía exhibiciones sobre el arte y artesanía de las sociedades aborígenes antillanas y en ocasiones sobre el arte peruano y de otras regiones de América. Una exhibición de talla de santos fue uno de sus grandes eventos en 1975 demostrando así su interés por los procesos culturales de Puerto Rico en épocas más recientes.

Para cultivar el aspecto científico y tener colecciones propias, resultado de investigaciones (y no de compra y colección) el museo reclutó a A. Gus Pantel, uno de mis mentores, amigo y compadre. Bajo la tutela de Pantel se hicieron decenas de investigaciones sobre diversos períodos y culturas aborígenes e inclusive sobre el período de la colonización.

Pasé largas horas en un “laboratorio de arqueología” midiendo, catalogando y clasificando piezas arqueológicas, en su mayoría lítica, herramientas de pedernal. Parece enfermizo, pero en ese tedio y acciones repetitivas hay una extraña forma de felicidad basada en el acto de ir organizando, pensando y clasificando al mundo (o a una fracción del mismo) para entenderlo e interpretarlo.

En 1976 pasé una temporada de trabajo de campo en Cabo Rojo, en el oeste de la Isla, que me expuso al profundo interfaz entre las sociedades humanas precolombinas y los ecosistemas costeros, usando los recursos del mar para su alimentación y para construir sus utensilios, artefactos rituales y arte.

Transitando por Cabo Rojo observé las comunidades pesqueras del municipio y le puse mucha atención a lo que sucedía en Puerto Real, un encuentro que determinó mi vida como antropólogo. Antonio Ramos Ramírez (Mao), historiador, arqueólogo y diletante me llevó a ver y a conocer los entresijos de las comunidades pesqueras de Cabo Rojo. Mi deuda con Mao es enorme.

En fin, que cada antropólogo tiene un museo en su pasado y el mío es el de la FAAH, organización que tuvo la osadía de pagar mis estudios universitarios de postgrado.

No obstante, existe una amplia literatura crítica sobre el papel de los museos, su afán coleccionista, su cosificación de los sujetos, su manipulación del conocimiento y la construcción particular de unos mundos que probablemente nunca existieron. Sobre eso comentaré en los próximos posts de Antrópico.

 

Anthropology is not a dispassionate science like astronomy, which springs from the contemplation of things at a distance. It is the outcome of a historical process which has made the larger part of mankind subservient to the other, and during which millions of innocent human beings have had their resources plundered and their institutions and beliefs destroyed, whilst they themselves were ruthlessly killed, thrown into bondage, and contaminated by diseases they were unable to resist. Anthropology is the daughter to this era of violence . . . a state of affairs in which I part of mankind treated the other as object. Claude Lévi-Strauss, “Anthropology: Its Achievement and Future” 1966 (250 RSP Equatoria).

Sobre museos II

Una de las reflexiones antropológicas más importantes sobre los museos y el proceso de coleccionar y curar objetos lo ha escrito Richard y Sally Price, dos de los estudiosos más importantes del Caribe. No me quiero detener en la obra de los Price, que es extensa y de una calidad extraordinaria, y si en su libro Equatoria. Para quienes estén interesados en conocer la vasta obra de estos antropólogos puede visitar su página del web.

http://www.richandsally.net/

Equatoria es una autocrítica sobre el proyecto en el que trabajaron conseguiendo y catalogando elementos de la cultura material de los saramaka de Surinam para un museo. En ese proceso de coleccionar, los Price reflexionan sobre la ética del proceso y la cosificación de un mundo humano que desafía los pedazos de cosas que se coleccionan, catalogan, curan y exhiben en un museo, con las interpretaciones de antropólogos extranjeros, pertenecientes a ese primer mundo distante pero muy presente en la vida de las sociedades coloniales y postcoloniales.

Las y los antropólogos, como otros tantos agentes del colonialismo y de la globalización, construimos a veces un mundo que no existe. En cierta medida, inventamos el mundo de los otros y las otras. O al menos, en nuestras obras más concienzudas y políticamente comprometidas se nos escapa un imaginario de unas gentes que desafían todo intento de clasificarlos.

Por eso clasificamos sus objetos, su cultura material, las cosas. Es más fácil. Las manipulamos, las interpretamos, las exhibimos y allí, al pie de la vitrina explicamos mundos complejos y milenarios con frases cortas diseñadas por especialistas para que el texto pueda llegar a todas las edades y niveles intelectuales.

Si usara la metáfora de la pintura, seríamos como Henri Rousseau, pintaríamos un mundo que refleje nuestras propias filias y fobias y nuestra invención de los otros, haciendo un collage de nuestra propia construcción y visión de mundo.

¿Será por eso que la portada de Equatoria tienen precisamente un detalle del cuadro la sorpresa de Rosseau?

Equatoria es también un libro experimental. Las páginas de la derecha son el texto del libro propiamente mientras que el espacio de la izquierda está cubierto de citas de agentes coloniales, antropólogos, y coleccionistas sobre el proceso.

 

Posted by: antropikos | January 19, 2017

The pointed bread is over

Se acabó el pan de piquito, y con éste la mantequilla. Se acabó la democracia, la gobernanza, la participación y la libertad de decidir el futuro. Y ponte pa’ tu número, porque en el I Ching te tocó para el futuro el Shih Ho, el 21, que para nada es el de Clemente.  (“Truenos y rayos. La imagen de morder a través. Así los viejos reyes establecían leyes firmes y con penalidades bien definidas”.)

Sí, tira tres monedas al aire, que esos chavitos prietos es lo único que quedará.

Golpe de Timón… interesante. Hay poesía y sarcasmo por parte de los aspirantes a caifanes.the-horror-dark-c

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Posted by: antropikos | December 23, 2016

Potlach

Escribo estas notas desde la memoria (de mis lecturas, de mis recuerdos de Franz Boas, Claude Lévi-Strauss, del Museo de Historia Natural de Nueva York), pues en este momento no tengo acceso a mis notas ni a mis libros. Pero cuando soplan estos aires navideños evoco esos rituales de las sociedades tribales, con los que podemos identificarnos. Siempre pensé que el kaiko (la fiesta del cerdo) entre los tsembaga maring de Nueva Guinea, era una variante de las fiestas navideñas.

Pero en estos días la palabra que me asalta la memoria es: potlach.

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Esta actividad era común entre las jefaturas de los kwakiutl (y de los haida y los tlingit, entre otros) de la costa del Pacífico, mayormente en Canadá. Los jefes tribales recogían, a modo de tributo, mantas de colores, objetos y adornos de cobre y otras cosas. Una vez al año celebraban un festín en donde recitaban, cantaban, evocaban la genealogía de los clanes y establecían los preceptos del tótem. En esa festividad comían en exceso carne de salmón y de foca, regalaban los objetos. Llegó un momento en el que en una pira u hoguera localizada en el centro de la casa grande, comenzaban a verter aceite de pescado y ese fuego quemaban las mantas e inclusive los objetos de cobre. En algunas ocasiones, la casa cogía fuego. Era, literalmente, tirar la casa por la ventana, una demostración de prestigio, por medio de la redistribución de los bienes. Era también una celebración de su cultura y una manera de “distribuir” el riesgo y las carencias en épocas de escases. Las autoridades coloniales hicieron todo lo posible por erradicar esa celebración que era, en su visión de mundo, una irracional, en términos económicos, ya que el fin aparente era la destrucción y consumo desmedido de bienes materiales. El potlach requería de un enorme esfuerzo por parte de los linajes del clan, en los preparativos y en su ejecución.

No sé, creo que estas navidades boricuas son el último potlach que celebraremos. Con un “paralelo” con la historia de los kwakiutl las autoridades coloniales (léase, la Junta de Control Fiscal) han de prohibir, de facto, la celebración de nuestro festín cultural. Los tiempos que se avecinan impondrán serias constricciones sobre nuestro patrón de consumo, con lo que veremos un impacto sobre la economía local. Pero antes de que todo se venga abajo, estamos preparados para este potlach, a tirar la casa por la ventana al son de coquito y chichaito, a verter aceites y comer salmón, perdón, debí decir lechón. Celebremos pues el fin de la tradición y del mundo tal y como lo conocemos.

Posted by: antropikos | November 22, 2016

Felinos sueños…

Ha sido extraño. No suelo tener sueños gastronómicos ni pesadillas asociadas a ese orden de la realidad cotidiana. Pero esta madrugada mi entorno onírico se pobló de gatos… de felinos asados en bandejas. Sabrosos, tiernos, jugosos, que reemplazaban a los pavos de la festividad estadounidense. Una carne blancuzca, nítida, deliciosa… realmente no podía creer que se trataba del Felis silvestres catus, aunque felices no estaban en aquellas bandejas de metal, de cuerpo entero y cabeza, servidos sin vianda alguna y sin salsa que los arropara en su asada desnudez. Comí sin extrañeza, sin remilgos y puede que me haya servido dos veces de aquellos gatos satos.

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Mis amigos y colegas de cátedra dedicados a la sicología pueden estar tranquilos y tranquilas, porque no represento amenaza ni reto alguno al campo de la interpretación de los sueños, pero es que es un ejercicio necesario que me lleva inevitablemente a la economía política y a la historia. ¿Por qué soñar con el silvestre felino… desnudo y asado en las vísperas de las festividades? ¿Por qué saborearlo e ingerirlo?

En estos días todo tiene que ver con la Junta de Control Fiscal.

A los mayores –y a los que todavía escuchamos a los que son mayores que nosotros, ya porque la vida lo ha decidido, o porque hurgamos su memoria en busca de pedazos de nuestra historia—nos preocupa el retorno del hambre y la pobreza. No porque la hayamos padecido, sino porque nunca la conocimos por la gesta de la generación que nos precedió y que nos contó de la hambruna, de los aceites adulterados, de la abundancia de la pana en medio del racionamiento, de los pies descalzos llenos de niguas, del pecho y la tuberculosis. Pero, es que allá afuera, cuando uno dobla la esquina del shopping donde está Marshalls, allí todavía hay hambre y pobreza hoy, una que se recrudecerá mientras la JCF apriete el cinturón y se desvanezca el manto protector del Estado Benefactor.

Pero… volvamos a los gatos en bandeja.

Tal vez (solo tal vez) hay una tradición española oculta en todo esto. Hay antropólogos que sugieren que la frase “pasar gato por liebre” (y sus variaciones) tiene que ver con la sustitución de una carne por otra… para comer. En el Libro de cocina compuesto por maestre Ruberto de Nola cocinero que fue del sereníssimo señor Rey don Hernando de Nápoles (circa 1580) hay una buena receta para procesar a los felinos y hay en la literatura española varios poemas que, humorísticamente, nos pasan liebre por gato, y viceversa.

El Libro de recetas de las abuelas vascas, publicado en 1995 tiene una receta sobre cómo proceder con nuestro amigo el silvestre felino. Esta receta y otras exigen que el gato se descabece. (Escribí descabezar, no escabechar). Ruberto de Nola así lo especifica:

El gato que esté gordo tomarás, y degollarlo has, y después de muerto cortarle la cabeza, y echarla a mal porque no es para comer, que se dice que comiendo de los sesos podría perder el seso y el juicio el que comiese.

En mi sueño no se siguió esa receta.

He tratado de pensar de dónde me sale ésta cosa de los gatos y pienso que ha tenido que ver con la lectura de un artículo corto del antropólogo Marvin Harris (1937-2001), que fue muy famoso y muy leído en nuestra disciplina, por sus controvertibles planteamientos sobre el materialismo y el consumo de alimentos. (Yo le leí mucho y con intensidad e interés.) En ese artículo (hará cerca de 38 años) Harris mencionó el sitio de Paris en 1870, un evento documentado en la historia de Francia, cuando el ejercito prusiano cercó la ciudad de París y los ciudadanos no tenían qué comer. Fue en ese momento en el que los parisinos iniciaron una campaña de consumo masivo de gatos, perros, palomas y ratas. Pero sobre todo… los gatos y de ahí mi trauma (porque en alemán Traum es sueño), porque siempre pensé en ese momento de la hambruna, de la crisis, en la que la opción era no matarnos como perros y gatos, sino matar gatos y perros para comer, como ocurrió en esa matanza en Paris. Matanza en la que cayó como víctima hasta el gato del pintor Édouard Manet, quien según se alega, procedió a guisarlo. La obra que aquí presento (Mujer con un gato, 1880) tiene su propia historia interesante y el gato no es de Manet… se llama Zizi. Parafraseando al etnólogo Claude Lévi-Strauss, estos gatos son buenos para pensar (y pintar), aunque en su momento fueron buenos para comer.

De regreso al trauma, tal vez mi sueño tiene que ver con los tiempos que se avecinan, y para eso no hay que ser pitonisa ni asomarse al oráculo de Delfos. Vendrán tiempos muy difíciles. Eso sí, parece que me he levantado con algo de hambre y estoy que me como hasta un gato.

 

Algunas referencias importantes sobre los gatos en bandeja:

Bertelsen, Cynthia. Eating Cat Meat: A taboo? Posted on June 7, 2010. https://gherkinstomatoes.com/2010/06/07/18251/

Fraser, Mathew. Manet’s Cat: the Siege of Paris. August 18, 2013. http://matthewfraserauthor.com/paris/manets-cat-the-siege-of-paris/

Smart, Alistair. Manet: Tale of Two Cats. The Telegraph, Posted on January 29, 2013. http://www.telegraph.co.uk/culture/art/art-features/9826605/Manet-A-tale-of-two-cats.html

 

 

 

 

Posted by: antropikos | July 9, 2016

El origen de las cosas: El Inquieto Anacobero

Para paliar la crisis y sus efectos devastadores en la psiquis leo Vengo a decirle adiós a los muchachos, de Josean Ramos (2015, Cuarta Edición, Conmemorativa. Río Piedras: Publicaciones Gaviota). Claro está, acompañado de sus canciones por la vía de Spotify, así voy pareando texto y referencias a canciones con las grabaciones. Una maravilla. De ahí mi referencia a “Delirium” en Facebook.

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Mi primer recuerdo del Jefe se remonta a una tarde de domingo en los sesenta con mis padres y hermano, con un calor y tedio asqueroso, en un cafetín de Arecibo, esperando un carro público para Bayamón. Allí un obseso, en su delirium, echaba vellón tras vellón en la Wurlitzer consiguiendo una secuencia interminable de “Envidia”, canción que me aprendí aquella tarde y que todavía resuena en los recovecos de mi mente. Otro recuerdo que me asalta es el de un condiscípulo en el Colegio Santo Domingo de Bayamón de nombre Julio Flores, cuyos padres tenían un puesto en la Plaza del Mercado. Julio imitaba al ‘Inquieto Anacobero’ con gracia y precisión, y por ello le invitaban a las funciones escolares. “Envidia” formaba parte de su repertorio.

Durante toda mi vida he escuchado a Daniel Santos, quien me provoca fascinación por su voz y por lo sórdido de su vida, que es la materia de la que está compuesta mucha de nuestra literatura. El libro de Ramos permite darle un vistazo a ese mundo y hacer el análisis sociológico de rigor, en todas las dimensiones posibles. Me ha llamado la atención, que el origen de la carrera del Jefe se remonta a su participación en el Cuerpo Civil de Conservación (las tres C o CCC), programa que ha ocupado una buena parte de mi atención (y la de mis colegas) antropológica e histórica. Para qué contarles, si lo pueden leer aquí:

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Posted by: antropikos | July 2, 2016

La UPR y La Parguera

 

Sí, porque siempre hay alguien que cuestiona muy rápidamente en las redes sociales… (Yo este asunto lo comenté inmediatamente, a pesar de encontrarme al otro lado del Atlántico en un raro momento de ocio absoluto.)

Pero la UPR no es un bloque unitario y dentro de ella hay diversidad de opiniones e intereses sociales y de clases en torno a la ocupación de la Zona Marítimo Terrestre. Eso debe quedar claro.

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El Centro Interdisciplinario de Estudios del Litoral (CIEL), en conjunto con el Programa Sea Grant, a través de investigación subvencionada por la National Oceanophaphic and Atmospheric Administration, NOAA, ha esgrimido el análisis de rigor sobre el asunto. Para ello les invitamos a ver dos informes (que pueden acceder pulsando en los títulos).

El primero es Connectivity of Social (Human) and Ecological (Biophysical) Processes in La Parguera: History, Coupling of Humans and Species. Governance and MPAs. 2009. Final Report of the Socioeconomic Component of the Coral Reef Ecosystem Studies Program.

El segundo es People, Habitats, Species, and Governance: An Assessment of the Socio-Ecological System of La Parguera, Puerto Rico (2014, NOAA & UPR Sea Grant, Manuel Valdés Pizzini y Michelle T. Schärer Umpierre). Ese informe (que incluye un sinnúmero de aspectos) se presentó ante la comunidad de interesados y allí se expuso claramente la situación, sin tapujos.

Ambos trabajos subrayan la ilegalidad de las estructuras y el obstáculo que han presentado, desde la gobernanza, a la conservación y el manejo integrado de la Reserva Natural. Se plantea en ambos que el futuro de la conservación del ecosistema y de la participación de los diversos sectores dependerá de la solución o mitigación de ese asunto.

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Ambos estudios citan el libro de Juan Llanes Santos Desafiando al poder: las invasiones de terrenos en Puerto Rico (2001, Río Piedras, Ediciones Huracán). Llanes documenta varios detalles del proceso de las “invasiones” en La Parguera, y como el Estado lo permitió, con sus ambivalencias y lealtades políticas, brindándole a los ocupantes los servicios básicos. Cito de Llanes lo siguiente:

La política de doble estándar del nuevo gobernador electo en 1968, Luis A. Ferré, quedó al descubierto con la situación creada por los invasores veraniegos de La Parguera. Esto resultó plasmado en una inspección del lugar hecha por el Secretario de Recursos Naturales, Cruz Matos. Matos informó que junto a las casas de los pudientes se encontraban algunas viviendas pobres. Según Matos, estas últimas podían ser demolidas, pero las primeras tendrían que ser removidas a través de un proceso legal. La corte para unos; la pala mecánica para otros (2001: 71-72).

Este asunto se “resolvió” con la propuesta de una inversión de más de un millón de dólares para un alcantarillado (que no se construyó entonces pero allanó el camino para que continuara la ocupación). Llanes hace un recuento de los nombres de los ocupantes, que amerita repasar.

Hay una interesante tesis de maestría de la Escuela Graduada de Administración Pública de UPR-Río Piedras, de la autoría de Paulette Díaz Barbosa, titulada La política pública sobre los rescates o invasiones de terrenos: Un caso de estudio, Villa Sin Miedo y La Parguera (1982), que ofrece un perfil de los ocupantes de las caseta, así como sus percepciones sobre el impacto positivo de esas estructuras.

Otro estudio sobre el asunto lo es el artículo Deluxe Squatting: The Case of La Parguera’s Casetas, de Rima Brusi CENTRO Journal, Volume xx, Number 2, Fall 2008). Pueden accederlo pulsando aquí: Brusi

Todo esto es material para rumiar.

En 1964 se libraba una lucha intensa en el litoral, entre los funcionarios del Departamento de Agricultura y un grupo de personas que ocupaban de manera ilegal a zona marítimo terrestre en la llamada Parcela 5. Este era un predio que abarcaba la zona de manglares de Cabo Rojo y Lajas. Estas personas, cuyos nombres quedarán en el anonimato en este escrito, pertenecían a familias propietarias de la región y eran profesionales, abogados, ex jueces, médicos, profesores universitarios (del Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas de Mayagüez) y comerciantes de enorme talla.

En el campo, es decir, en el field, el Departamento de Agricultura estaba representado por su guardabosques Andrés Maldonado Galarza, quien junto a sus ayudantes daban la batalla por conservar el patrimonio del Pueblo de Puerto Rico. Estos funcionarios intervenían con las construcciones ilegales, destruían muelles, evitaban la reconstrucción de las mismas, cercaban con alambre de púas los accesos y hacían los señalamientos de rigor ante todas las autoridades concernidas.

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Sin embargo, el extenso expediente que he examinado sugiere que los “precaristas”, los que ocupaban la zona marítima de manera ilegal, daban la pelea de todas las maneras posibles: demandas, contra-demandas, solicitud de los servicios básicos de agua y electricidad para legitimarse, acusaciones en diversas instancias contra los funcionarios, cuestionamientos sobre el derecho del Estado, la titularidad de los terrenos y la validez de las colindancias, violencia, amenazas contra la vida y una insistencia en volver a construir los muelles y las casas en el agua, algunas “inmensamente grandes”.

Otra estrategia consistía en solicitar permisos de arrendamiento del área (algunos los tenían, pero no para construir sus casas) o aducían que los estaban solicitando y que en virtud de ello debían suspenderse las acusaciones de usufructo ilegal.

El martes 16 de junio, Maldonado y otros funcionarios coordinaron con el Departamento de Obras Públicas para llevar un bulldozer para destruir muelles clandestinos, comenzando con la de un profesor del CAAM. La maquina se atolló en el fango y tuvieron que buscar otra para sacarla del atolladero. En la tarde tuvo que intervenir la Policía, porque los dueños estaban armados y querían “entrarle a tiros”. Se reunió una turba (palabras mías) de cerca de 65 personas y en la confusión alguien cortó la manga del bulldozer atollado. Sobre el sabotaje y las amenazas de violencia no hubo acusaciones formales en el expediente.

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En la mañana del 6 de julio de 1964 un miembro de la Policía llegó hasta el lugar donde Maldonado se encontraba organizando un operativo para destruir unos muelles clandestinos y le informó que el Juez de Paz de Lajas le quería ver. En la corte el juez le “aconsejó que no destruyera más muelles reconstruidos” ya que no tenía una orden judicial para hacerlo. Maldonado le preguntó si eso era una orden, a lo que le contestó que “era un consejo como juez”. Maldonado salió de allí a Parguera a destruir los muelles. Al día siguiente fue objeto de una visita de campo por parte de funcionarios de Obras Públicas, agencia que planteaba la necesidad de eliminar la ocupación ilegal, pero que cobraba un canon de arrendamiento por los terrenos que algunos ocupaban y que usaban de trampolín para apropiarse del agua.

Ese mismo día, Maldonado fue a corte en Lajas para un caso de violación a la Ley de Bosques, contra dos individuos uno de los cuales hizo admisión de culpabilidad. Después de ver el caso “el juez los mandó a poner de pie y los declaró absuelto (sic) ante el asombro de toda la sala”. Unos meses más tarde ocurrió lo mismo en una acusación contra un ex juez, pero la fiscal sentía que no podía hacerle una acusación tan severa al acusado en virtud de la amistad íntima que les unía, según señala Maldonado en su carta. El juez lo absolvió.

Estos “precaristas” acusaron a Maldonado y a otros funcionarios de Agricultura de destruirle su propiedad y por ello tuvieron que verse en corte nuevamente. Afortunadamente el juez los absolvió pero el profesor universitario amenazó de muerte a los funcionarios. No pasó absolutamente nada en relación a esa amenaza.

Los sucesos que siguieron sugieren que de alguna manera el sistema (si es posible hablar de ello) había encontrado la manera de no lidiar con el asunto, aunque lo enfrentaba cotidianamente. El envío de estacones y materiales para cercar las áreas tardaba en llegar y los “precaristas” hacían de las suyas. El Estado, o sus funcionarios, para ser preciso, comenzaron a cuestionar el derecho que les asistía a intervenir, la Policía actuaba de manera errática y cuestionaba si debía intervenir. En ocasiones los casos no se podían radicar porque no había juez disponible. Los funcionarios del Departamento de Agricultura se quejaron ante el Departamento de Justicia sobre las acciones del juez que evitaba actuar contra los violadores, pero el expediente no contiene respuesta alguna a esa querella. En los años subsiguientes el problema de la ocupación ilegal fue en aumento, según leemos de una carta del Secretario de Agricultura Miguel Hernández Agosto, al Secretario de Justicia, Rafael Hernández Colón:

Sabemos que en los últimos dos casos se han radicado las correspondientes acciones por el Departamento de Justicia, pero solo en el último caso ha habido una gestión judicial últimamente [de 11, todas iniciadas desde 1964]. En los demás casos no sabemos que hayan sido atendidos. El problema de la invasión de los terrenos del Estado, especialmente en los litorales de la isla, ha venido tomando proporciones alarmantes.

A renglón seguido Hernández Agosto cita un memorando cursado por el Secretario de Obras Públicas al Gobernador Luis Muñoz Marín que decía lo siguiente:

Este procedimiento de rutina puede continuar y continuará, pero nos parece que si no se toma acción judicial, muchos de los invasores de ese litoral, quienes en su mayoría son personas acomodadas y de cierto nivel social entre los que se encuentran profesionales, industriales y comerciantes, seguirán ignorando nuestra autoridad llenándose nuestros archivos y los del Departamento de Justicia, de querellas y nuestros terrenos de estructuras indeseables construidas a espaldas de la ley.

Sé que este no es necesariamente el origen de la cosa, pero he usado estos incidentes como ejemplo para ofrecer una explicación de porqué no se ha hecho nada… nunca, a pesar del esfuerzo de funcionarios de las agencias concernidas. De alguna manera el peso de las lealtades primordiales, los intereses de clase, los actores políticos, la corrupción, el amiguismo, la deuda social incidió sobre la manera en la que se articuló una manera de decir, obrar, operar… de bregar que todavía nos pesa. El Estado hizo muy bien su trabajo, arrastrando los pies, siendo remiso y tardo en sus acciones.

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Afortunadamente tenemos en las agencias a gente como Andrés Maldonado Galarza, a quien no le importó las presiones, las amenazas ni la ineptitud de los funcionarios que sobrevolaban sobre su cabeza.

No lo olvidemos.

[Esta es una lectura somera y análisis superficial y rápido de un expediente del Departamento de Agricultura, del Archivo del Centro Interdisciplinario de Estudios del Litoral, UPR-Mayagüez, para los años 1964-1969].

 

Antropologías del Caribe Hispano: Notas de Campo sobre Cuba y Puerto Rico. Autores: Jorge Giovannetti, Aníbal Escobar González y Jesús Tapia Santamaría

Nota preliminar: Este texto contiene la esencia de mi presentación del libro el día 2 de diciembre de 2015 en el Centro Universitario de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, en una actividad auspiciada por el programa Iniciativas de Investigación y Actividad Creativa Subgraduadas. Esta lectura / diálogo estuvo matizada por comentarios adicionales que hice basándome en mi experiencia etnográfica. El libro está disponible libre de costo en el Internet, en la siguiente dirección: ‪http://1drv.ms/1FNwBkQ

Notas iniciales

Primeramente, agradezco a los autores la invitación a presentar este importante y atinado texto en la tarde de hoy, con colegas y amigos. La lectura de este libro (y por lo tanto, mis comentarios sobre el mismo) me remitió desde el primer momento a mi propia producción de notas de campo y a mi inicio en estas lides, aquí en UPR-RP y en el litoral que bordea y define la bahía de San Juan, desde La Puntilla a Isla de Cabras, bajo la tutela de Carlos Buitrago Ortiz en 1974, hace poco más de cuarenta años.

Portada

La mención de Buitrago no es gratuita, pues es parte de mi formación, y por ende, de la manera en la que me inserto en la práctica etnográfica y también porque él es uno de los “interlocutores” del debate sobre la producción de notas de campo que se destila en el libro. Esa sombra o esa luz la llevo en mi análisis del libro desde la primera oración hasta la última… asunto que explicaré, claro está, al final.

Quiero darle la más entusiasta de las bienvenidas a este texto por varias razones. La más importante es que no tenemos en Puerto Rico un debate (ni cosa que se parezca) sobre las técnicas de la investigación etnográfica que de alguna manera nos inserte en la profundidad de esos diálogos en la literatura antropológica y en una reflexión inteligente sobre el proceso de producir textos que sean un simulacro de la realidad observada. Los ejemplos de ello son escasos y se encuentran ocultos en tesis y disertaciones, en alguna nota inocua en algún artículo en el apéndice de una monografía, como es el caso del libro Esperanza de Buitrago. Esta es la primera ocasión que tenemos de abrir un debate sobre ese tipo de producción de “datos etnográficos” e iniciar una práctica metodológica que no nos debe abandonar. Debo notar —como lo hice hace más de 15 años en un artículo para Diálogo— que por este entorno escasea la producción de monografías etnográficas, ya que hemos optado por otras formas de divulgación de nuestras investigaciones (me incluyo en la lista), donde damos por sentado que todo el mundo entiende de lo que trata esa práctica sin entrar en mucho detalle del proceso de producción de las mismas.

A pesar de la mucha tinta que ha corrido en la literatura antropológica sobre la técnica y sus avatares (y la bibliografía de este libro es una muestra rica y ejemplar de ello), todavía se habla del proceso de escribir, inscribir, producir notas de campo como si fuera un misterio, que es sólo conocido por las y los iniciados en esa práctica oculta, digna de un ritual de masonería. Es por ello que este libro tiene el sabor y las dimensiones de esos libros que revelan los secretos de los actos de magia: por un lado los aprendices los leen con asombro y entusiasmo y los practicante como un acto de alta traición.

Nada que ver, creo que solo bromeo sobre este asunto.

Este libro nos presenta, de manera innovadora, una guía pedagógica sobre la ciencia y el arte delas notas de campo, a través de una precisa selección de notas (tipografiadas y en manuscrito) de Carl Withers (en una comunidad rural en Cuba), Sidney W. Mintz (Cañamelar / Santa Isabel, en PR) y Eric Wolf (en San José / Ciales), notas producidas en los años cuarenta y que son parte de varios archivos donde están depositadas y que han sido consultados por los autores. (Este dato técnico me lleva a otra reflexión que no está en el libro, y me refiero a la nota de campo como fuente primaria de investigación histórica en cierta distancia temporal. Sobre este asunto regreso al final de mi presentación.) Las circunstancias espaciales e históricas de esos trabajos son contextualizadas en el libro sin entrar en detalles que están discutidos ampliamente en otros trabajos, lo que permite a las y los lectores entrar de lleno en el asunto fundamental que es la manera en las que se producen las notas de campo y las diversas estrategias usadas por los y las practicantes de la etnografía para ir construyendo un modelo coherente (creo que esa es la meta) de la cultura o de la estructura social. Un tema vital de este trabajo consiste en expresarle a las y los lectores, estudiantes de las Ciencias Sociales, que las notas de campo son un esbozo primigenio de una visión coherente (en términos sociológicos) de lo observado, de la realidad social. Esas notas han de pasar por un proceso de transformación narrativa y teórica que las convertirá en otra cosa… pero esa otra cosa está fuera del alcance de este libro.

Debo insistir en el hecho de que los autores han hecho un esfuerzo extraordinariamente preciso por vincular esas notas de campo al marco general de la antropología de la época y a los debates antropológicos subsiguientes que siempre están en diálogo con esas formas de producción.

Una virtud de este texto es que no se trata de un libro de recetas de cocina y deja ver que hay una matriz de posibilidades en la escritura de las notas de campo, que están vinculadas con la práctica de sus autoras y autores y sus estrategias técnicas. Hay, aquí y allá, el planteamiento de que existe una variedad de notas de campo, muchas (las iniciales) producidas en el fragor de la realidad cotidiana (garabatos, trazos, palabras claves), que luego son transformadas en notas de campo propiamente. Esas son las notas que presentan los autores, aunque las de Withers dan otra impresión, pero eso lo dejo para la explicación de los autores del libro.

Una observación interesante es aquella en la que los autores comentan (a partir de las críticas de Buitrago) sobre la manera en las que se producen las notas por el uso de distintos medios, la escritura, las computadoras, las tabletas y los teléfonos inteligentes. Sin duda, es un mundo de oportunidades y de posibilidades para crearlas. Yo sin embargo, insisto en que primero hay que producirlas a mano (y de ahí la noción de artesanía / craft que se usa), lo cual tiene, según las y los expertos, ciertas ventajas en el proceso cognoscitivo. Los autores no pierden la oportunidad de subrayar la dimensión humana / humanista del proceso de observación etnográfica, que recalca “nuestra capacidad y disposición de observar y escuchar adecuadamente” en contraposición con el uso de los medios electrónicos. Ese encuentro entre antropólogos y antropólogas es uno de carácter personal, ético (dimensión que también se discute), matizado por la sensibilidad que requiere el “trabajo arduo” que está “implicado precisamente en el intento de entender a esas personas ‘difíciles de conocer’ de las que habló Mintz”.

Notas de Sidney W. Mintz

Notas de Sidney W. Mintz

El trabajo de campo, para exponerlo más dramáticamente, es una zona de contacto y de diálogo entre humanos y antropólogos. Una zona desprovista (la mayor parte del espacio / tiempo) de la jerga técnica que nos enloquece, en nuestra ruta hacia el Nirvana de esos otros journals, es decir, las publicaciones académicas.

Notas, propiamente

El libro presenta imágenes de extractos (concienzudamente seleccionados) de notas de campo de Mintz, Withers y Wolf, en las que hacen un ejercicio muy parecido al que hacemos con el programado ATLAS.ti para el análisis cualitativo: marcamos el texto como citas, indicamos palabras claves o códigos y luego pasamos a hacer comentarios sobre el texto. (Esta es una nota para mi, cuando lo use en clase y demuestre las posibilidades analíticas). Los comentarios, en todos los etnógrafos funcionan a modo de “una antropología de la antropología”, como sugería Buitrago. Las posibilidades de comentarios (de desconstrucción de los textos) son, como saben, infinitas. Los autores, con cierta mesura han seleccionado algunos temas vitales para demostrar pedagógicamente la dimensión antropológica de los mismos, en términos de temática, teorías, estrategias y abordajes metodológicos. Claro está, en la lista infinita de cosas que es posible comentar, dejan fuera mucho lo cuál permite al profesor o profesora que enseñe el curso y use el libro de hacer su propia exégesis del mismo, y hay mucha tela de donde cortar.

En el ejercicio realizado por los autores hay una lista básica de temas que se comentan y para demostrar la riqueza de este libro solo brindaré una lista de ellos:

  1. El diario de campo y su relato de la cotidianidad
  2. Las divisiones temáticas en las notas como estrategia (Wolf)
  3. Los niveles de desarrollo de notas de campo: de lo crudo a lo cocido.
  4. La transcripción
  5. Las relaciones y percepciones raciales y de clase / desigualdad social
  6. Las sutilezas raciales
  7. La noción de respeto / relajo (Lauria)
  8. El antropólogo y la sospecha de que es parte del ojo panóptico del Estado
  9. La posición social del etnógrafo / etnógrafa en una comunidad pobre
  10. El contexto social del habla y jerga del antropólogo, contra los términos locales con significados históricamente determinados
  11. La estructura del parentesco, la genealogía (la práctica más antigua) y las dimensiones físicas, sociales y arquitectónicas de la unidad doméstica (y la creación de la escena)
  12. La poli-vocalidad en las notas de campo
  13. Los parámetros de la masculinidad
  14. Las prácticas funerarias (no dejo de pensar en Luís Javier Cintrón)
  15. Las inseguridades del trabajo de campo
  16. Los problemas del lenguaje y el nivel de comprensión del etnógrafo
  17. El agotamiento físico y su impacto en la redacción de notas
  18. Alcohol y trabajo de campo
  19. Las prácticas folclóricas y las percepciones sobre las mismas

Cuando vaya a dictar el curso (y raíz de esta mirada inicial al texto) puedo explorar los siguientes que no necesariamente se discuten y que están ahí, en esas notas, de acuerdo a mi lectura de las mismas:

  1. El rapport y el papel de los informantes claves (o interlocutores privilegiados), que interesantemente está justo en el primer ejercicio de análisis en Mintz, pero que no se explora…
  2. La forja de la masculinidad y el uso de la violencia física para lograrla
  3. La reciprocidad (página 35) y su tangencia con el artículo clásico “Cena de Navidad en el Kalahari” de Richard B. Lee.
  4. Los silencios y el tempo de lo hablado
  5. El relleno en las notas de campo (“the weather” en Withers, p. 45)
  6. El flujo de trabajadores, altura-bajura (Withers y Wolf)
  7. Las distinciones étnicas (entre españoles en Cuba)
  8. La literalidad en las notas y el asunto de la traslación del lenguaje
  9. Las correcciones en el texto

Este breve, útil y bien pensado texto termina con acotaciones sobre unas notas de Wolf donde hay (sin comentar) datos sobre tiempo y trabajo, recuas de mulas y productos no-madereros del monte, que leo a través de los ojos de Buitrago quien estudio con detenimiento las plantaciones cafetaleras de Adjuntas. Pero los comentarios son sobre la presencia de los negros en la costa y la manera en la que se construía la negritud y la costa entre la gente de la altura.

Notas de Eric Wolf.

Notas de Eric Wolf.

Esta nota es, me parece, motivo de un debate sobre la escasa presencia de los negros en las plantaciones de café de la altura, que Buitrago quería rebatir y que dejó en un texto que creo anda perdido. Esa noción impactó a Louis Faron, colaborador de Julian H. Steward (fueron coautores del clásico Native Peoples of South America, 1959) quien trabajó en Chile con los mapuche y que se conocía la geografía étnica de Latinoamérica. En mi primer curso sobre sociedades campesinas en Stony Brook, Faron recalcó esa observación de Eric Wolf (así, con nombre y apellido), diciéndome, en perfecto español, “el gallinazo no canta en puna, así dicen en Perú” para luego pasar a explicarlo. [Es decir los negros, como los zopilotes o las auras, no transitan por la altura. Esta es también una expresión cargada de color y de desprecio hacia los negros, por su comparación con esas aves que comen carroña.]

Notas para mi:

Yo he cavilado sobre este trabajo que hoy presento, por mi preocupación por la calidad de mis notas de campo y sobre el qué dirán cuando alguien las vea ala distancia de muchos años. (Un pensamiento lleno de vanidad, claro está). Por eso me preocupé porque mis notas sobre Puerto Real estuviesen nítidas, con la mejor caligrafía y organización posible. Pero no sólo por vanidad, sino porque en la racionalidad del método pretendemos que el “dato” pueda corroborarse y pueda mirarse en su detalle para ir construyendo un mejor edificio del saber antropológico.

Por otro lado, hay una reflexión que es posible y es menester hacerla: las notas de campo, producto de una observación y relación inmediata con una realidad que apenas comprendemos tiene el mismo valor que la narrativa de un cronista o las notas de un amanuense o escriba y por ende, tienen la posibilidad de convertirse en parte del acervo histórico de una región. Así leo las etnografías de Morris Siegel, de Mintz y de Elena Padilla, entre otros, para descifrar históricamente al litoral boricua. De esa manera pueden leerse las notas de campo en un futuro no muy lejano y junto a otros documentos proveer explicaciones más certeras de procesos sociales complejos.

Pero vuelvo a la otra preocupación y a las notas de Wolf. La escasez de negros en la altura puede contrastar con otra realidad. Es lo que me lleva a preguntarme (teóricamente) de dónde sale tanto negro en el litoral de Mayagüez, que cuando los arrestan por ambulantes u otras acciones dignas de los correcostas, el Libro de Novedades de la Policía declara que son oriundos de Las Marías o de Maricao. La relación altura-bajura, que aparece en las notas de campo trabajadas en el libro, todavía no agota sus posibilidades.

Antropologías del Caribe Hispano es una invitación a tocar la puerta y entrar en el rico mundo de la antropología del Caribe y de Latinoamérica, desde el debate sobre las notas de campo y desde la etnología de esas regiones. Eso permite, a quienes usemos el libro en el salón de clases, explorar y traer al aula lo que hemos aprendido de nuestros estudios, para ampliar las posibilidades de enseñanza-aprendizaje desde la etnografía.

Agradezco esta oportunidad de compartir mis notas y reflexiones sobre este libro que ya está asignado en mi curso de métodos cualitativos para el próximo semestre.

¡Enhorauena!

Los autores, de izquierda a derecha: Escobar, Giovannetti y Tapia

Los autores, de izquierda a derecha: Escobar, Giovannetti y Tapia

Posted by: antropikos | December 29, 2015

Sidney Mintz

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No soy el llamado a escribir un obituario para Sidney Mintz, pero como antropólogo puertorriqueño me veo obligado a pergeñar unas palabras, nacidas de mi admiración y también de la tristeza de conocer sobre su deceso. Además, justo el sábado pasado —el día de su muerte— le evoqué superficialmente en una anécdota de mi vida profesional, estimulada por un encuentro casual en una calle de Dulces Labios, en Mayagüez.

Sé que amigos como Jorge Giovannetti, Juan B. Giusti Cordero y Juan José Baldrich (y otras y otros) pueden proveer datos más precisos y de mayor sustancia por conocerle mucho mejor que yo, profesionalmente y afectivamente. Aquí solo me limitaré a decir que Worker in the cane: A Puerto Rican Life History marcó mi vida como antropólogo desde el primer día que la leí. Guardo todavía esa copia que compré en 1976 en una librería de la ciudad de Nueva York.

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Mi primer “paper” en la escuela graduada fue un trabajo sobre Mintz y el marxismo (o más bien el materialismo histórico) en The People of Puerto Rico (TPPR) y en Julian H. Steward, y su enlace con la dimensión ecológica, que ha dominado mi trabajo en los últimos 40 años, a pesar de la manera como Carlos Buitrago (mi maestro y mentor) soslayaba ese abordaje y manifestaba su desprecio por TPPR. Esa copia de su libro tiene mis anotaciones por todo su paisaje textual. Tenía yo entonces 22 años y estaba en una gran momento de lucidez antropológica, aunque un tanto impúber. Worker in the cane fue un rito de pasaje, espacio liminal que junto a la obra de James Faris (Cat Harbour: A Newfoundland Fishing Settlement) me mostrarían el camino. TPPR y Worker in the cane me ayudaron a encontrar el sendero (junto a la inmensa obra, en francés, del Centro de Investigaciones Caribeñas de la Universidad de Montreal dirigido por Jean Benoist) hacia la costa y a la pesca como actividad económica vital en varios ciclos de otras actividades productivas del Caribe y de otras partes del mundo.

Worker in the cane ha sido una guía fundamental, sobre todo para entender que ningún otro informante (o interlocutor privilegiado) en nuestro país es igual a Taso Zayas… ninguno. Pobre de quienes se sumergen en las historias de vida (y todas sus variantes) esperando el fluir de la memoria y la consciencia de Taso. Ilustra también que ese es un proceso de una larga duración casi braudeliana, de múltiples visitas, de una relación estrecha, que en momentos es casi familiar con esa o ese interlocutor, quien es ya amiga, compadre y casi hermano. Entrevistados que son de una estatura intelectual igual o superior a la del entrevistador. Ese libro tiene vigencia hoy, uno al que podemos volver con entusiasmo y con asombro, y por eso es un clásico como los ha clasificado Italo Calvino.

Mis encuentros (físicos y textuales) con Sidney Mintz han sido contados y hasta superficiales, excepto por un corto debate en el Journal of Latin American Antropology, sobre la dialogía y ruptura entre la antropología del país y TPPR y el reconocimiento de la importancia de su obra en la forja de la nuestra (David Griffith y yo) en Fishers at Work, Workers at Sea, cuyo título evoca intencionalmente al de su obra. En la reunión anual de la American Ethnological Society en San Juan (2011) tuvimos dos encuentros, uno informal y personal y luego otro en un panel, donde precisamente dialogábamos sobre TPPR. Fue la última vez que le vi.

Sin duda, la vitalidad de su trabajo y su insistencia en explorar las complejidades del mundo caribeño ha empujado a varias generaciones de antropólogos y antropólogas a leerle con cuidado y a entrar en debates con el. Su insistencia en la historia (como escenario, paisaje, sustancia) y los avatares del trabajo y la producción han sido vitales para muchos de nosotros. Esa insistencia hizo que Mintz y Buitrago fueran más parecidos que lo que ambos estaban dispuestos a admitir.

Recientemente, en este mes de diciembre, tuve el placer de presentar el libro Antropologías del Caribe Hispano: Notas de Campo sobre Cuba y Puerto Rico de la autoría de Jorge Giovannetti, Aníbal Escobar González y Jesús Tapia Santamaría, en el que se trabajan fragmentos de las notas de campo de Mintz en Santa Isabel. La figura de Mintz, por ser uno de los protagonistas de ese texto, estuvo presente en nuestro diálogo. Hasta los otros días TPPR (por la vía de Eric Wolf, otro de los etnógrafos incluidos) estaba vigente en nuestras conversaciones sobre la disciplina.

Me temo que —antropológicamente— Sidney Mintz no descansará en paz. Seguiremos leyéndole y redimensionándole, como se merece.

Posted by: antropikos | December 31, 2014

Areté

El valor más permanente en el hombre es el valor. El valor es la suprema virtud del hombre y se cultiva como se cultiva toda virtud y se puede perder como se pierde toda virtud. El valor en el individuo es un supremo bien. De nada vale al hombre estar lleno de sabiduría y de vitalidad física si le falta el valor. De nada vale a un pueblo estar lleno de vitalidad, y de sabiduría si le falta el valor. Pedro Albizu Campos, 1936

La primera vez que escuché la palabra areté fue de la boca de Raúl Cotto Serrano, mi profesor de humanidades en UPR-RP. Todavía recuerdo muchas de sus conferencia y la manera en la que nos abrió los ojos a otros mundos. Mi amor por Homero y la Ilíada nació en un aula de Estudios Generales, admirando su mirada al mundo homérico. Areté, es decir, la virtud suprema —la excelencia— se convirtió en un concepto importante para mi, pues la vida puede medirse a través de la virtud, en cualquier faceta de nuestras vidas. Hay que ser excelente, virtuoso, valeroso en algo: con los hijos, con los padres y hermanos, en la educación, en el trabajo, en el huerto casero, sacando la basura, bailando, leyendo… en cualquier cosa. Hay que cultivar el areté. Cotto Serrano utilizó heurísticamente las acciones y las palabras de Don Pedro Albizu Campos para demostrar el areté en un importante ámbito de nuestra vida social y política.

No voy a abundar mucho porque me cuesta, pero para mi, en mi niñez y adolescencia, Roberto Clemente fue la representación del areté. Mi padre me enseñó a admirarle, contándome las historias de sus hazañas, según las presenció en Yankee Stadium, las veces que fue a la Serie Mundial en los sesenta. Recuerdo el primer día que me llevó al Estadio Hiram Bithorn a verle jugar y dirigir a los senadores de San Juan. A través de los años mi primer acto consciente en las mañana era leer The San Juan Star, para examinar los boxscores de los juegos de los Piratas para ver cómo le había ido. El único scrapbook que he tenido era de las fotos, en su mayoría de Prensa Asociada de las jugadas maravillosas de Clemente.

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Hombre de familia, contestatario (para eso hay que tener valor), negro (como el patriarca de mi familia Pizzini), parejero frente a los que le imponían obstáculos, apuesto por demás, hombre de familia, amante esposo, padre excepcional, hijo amado, de hablar pausado, diestro, virtuoso al bate, magistral con el guante y con un brazo poderoso, como un guerrero. Enfrentó a la vida, dentro y fuera del terreno de juego, sin miedo.

En un mundo racista, competitivo, discriminatorio, Clemente estaba en la primera fila, descollando. Un negro de Carolina que se granjeó el respeto de una ciudad blue collar como Pittsburg y de una prensa deportiva eminentemente blanca. Ese era el ejemplo que teníamos. Cada cual tenía sus virtudes, sus destrezas, era cuestión de disciplina, trabajo, perseverancia y aplomo. Así lo vi. No sé, tal vez es el sueño del colonizado, de saberse capaz en el terreno del imperio, o el sueño de quienes contestan al régimen colonial, combatiéndolo con sus armas, superándoles, demostrando lo que somos capaces y a lo que hay que temer.

Y un 31 de diciembre, en labor caritativa, desafiando la noche y los imponderables, sucedió lo inevitable para los héroes.

Yo no volví a jugar beisbol (le hice un gran favor al deporte), ni a ver juegos ni cotejar los periódicos. No he podido ver una sola foto y me he negado a ver las exhibiciones sobre su vida. Sencillamente no puedo.

Sólo me he quedado con ese imaginario del areté, personalizado en Clemente. Imaginario, porque debió ser un ser de carne y hueso con grandes defectos y problemas.

Todos los 31 de diciembre trato de olvidar que eso sucedió. El nacimiento de mi nieto un día como ese me ha hecho olvidar ese evento y celebrar la vida de mi adorado Ángelo…

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