Posteado por: antropikos | noviembre 22, 2022

De cara al mar: Puerto Rico, Isla Atlántica 

El viejo adagio de que los puertorriqueños le hemos dado la espalda al mar va perdiendo vigencia a medida que la historia y la antropología van avanzando por esas rutas marítimas. En el Centro Interdisciplinario de Estudios del Litoral, CIEL, del Departamento de Ciencias Sociales en la UPR en Mayagüez, nos hemos dedicado a trabajar el asunto, en el que hemos coincidido con otras y otros colegas. De hecho, la página de Internet de uno de nuestros proyectos emblemáticos lleva por título decaralmar.org, para subrayar nuestro interés en explorar las múltiples dimensiones de un Puerto Rico relacionado con el mar, de manera intensa, a pesar de un sinnúmero de obstáculos que ameritan ser discutidos y analizados en otro escrito.  

La forja de una cultura marítima, a partir del siglo XVIII, ha sido parte de este esfuerzo, y de documentar esa marinería de cabotaje, vital en la circulación de mercancías hasta la primera mitad del siglo XX. La participación de esclavos, gente libre, extranjeros con experiencia marítima y otros tránsfugas del Caribe, los estuarios y el Océano Atlántico ha sido documentada por varios colegas como Jorge Chinea (2005), Benjamín Nistal Moret (1984), Antonio Ramos-Ramírez y Úrsula Acosta (1985), y Ángel López Cantos (1994). Lentamente, pero a paso firme se levanta un conocimiento sobre ese mundo soslayado por estudiosos de la historia.  

Ahora, ese conocimiento da un salto cuántico en una dirección más profunda en el tiempo con la publicación de libro Isla atlántica, circuitos antillanos de contrabando y la formación del Mundo Atlántico, 1580-1636, deJennifer Wolff (2022). Este es un libro exquisito, documentado de manera extraordinaria a cada paso, con fuentes de todo tipo y con un marco teórico sólido. Es muy difícil hacerle justicia a ese texto en estas breves notas, pero me aventuraré a resumir sus argumentos principales. Wolff arguye que Puerto Rico estuvo insertado en la incipiente economía-mundo articulada por España y sobre todo por Portugal y su dominio del tráfico de esclavos desde su posesión en Angola. Puerto Rico se nutrió de esclavos para la incipiente industria azucarera, la construcción de las murallas y la economía jengibrera, a través de varios medios, pero el libro le pone atención al mecanismo de las arribadas forzosas. Es decir, el arribo de embarcaciones portuguesas cuyos capitanes declaraban que su armazón había quedado desarbolada por el mal tiempo y otros contratiempos y no tenían otra opción que desembarcar en la isla al cambiar su rumbo. De esa manera procedían a vender sus mercancías entre las que figuraban prominentemente los esclavos arrebatados de sus tierras en África. 

 Nicolao Lafruco, genovés, “avecindado y naturalizado”, y uno de los protagonistas de esta artimaña de las arribadas, declaró a las autoridades, que fueron “tantos los vientos”, que tuvo que anclar en puerto seguro, en San Juan. Las autoridades locales se prestaron para que ese proceso tuviera su anuencia, y la Isla quedara imbricada-el adjetivo preferido de la autora-en un circuito atlántico de gentes y mercancías, entre las que figuraban prominentemente los esclavos, las telas, el bacalao, los paños y el vino. El número de naves que llegaron bajo el pretexto de un descamino y arribada forzosa fue impresionante en el período estudiado y más aún la cantidad y variedad de mercancías que desembarcaron bajo ese subterfugio. Wolff ofrece en su narrativa, y en unas listas y gráficas, un minucioso análisis de la procedencia de las embarcaciones, el nombre del navío, la carga que llevaban, la derrota original en su manifiesto y su tripulación.

Los datos muestran una presencia sustancial de portugueses con lazos en la intrincada red comercial entre Europa, África y el Caribe, armadores que hicieron pingües negocios en la Isla atlántica. No solo negociaron, sino que forjaron relaciones de familia con mujeres de familias acaudaladas y propietarias, para ejercer un mayor control sobre el comercio local y la producción. Pero, sobre todo, para establecerse como gente de la Isla. El libro se asoma temerariamente (y no tímidamente) a un análisis de la alianza matrimonial, que tanto ha fascinado a la antropología estructural, y hace un trabajo excelente en esa dirección (2022:140-143). La autora le da una mirada microhistórica, bastante detallada, al papel desempeñado por las mujeres acomodadas de la Isla, vinculadas con estancias y haciendas, en retener a estos navegantes y hacerlos parte del panorama social, y por lo tanto, en poderosos comerciantes y tratantes de esclavos.   

Esto me provoca gran curiosidad puesto que el vino y las telas formaban parte de una serie de intercambios atlánticos entre España, el West Country y Terranova por bacalao en las etapas tempranas de ese comercio, asunto que es uno de mis objetos de estudio.

Para estudiosos y estudiosas de ese mundo boricua-caribeño-atlántico, el libro ofrece pistas para pesquisas de diversa índole. Por ejemplo, el papel protagónico de los estuarios en la vida costera y el tráfico de mercancías, la impunidad de las autoridades en manipular las leyes y reglamentos para potenciar el comercio y la producción, la corrupción implícita y explicita, el papel de los puertos menores y las caletas alrededor de la Isla, para el contrabando y los intercambios sociales y comerciales con extranjeros.  

Un detalle que me asalta, en las descripciones de la economía local lo es la ausencia del renglón de la pesca, aunque sabemos que la pesca, poca y esparcida, operaba en el litoral y que existía una inclinación por la pesca de tortugas marinas para satisfacer la necesidad de carnes en la ciudad, y luego para la exportación de sus conchas a Europa. Sabemos también que el arte de pesca más importante, los corrales, estaban en operación en ese período y que los cabildos de San Juan y San Germán subastaban los lugares donde ponerlos. Más que una observación sobre el texto es una nota para mis investigaciones.  

La Isla, toda… 

Al igual que otros colegas, pero con mayor vehemencia y para ese período tan temprano, Wolff no cae en la trampa de igualar a la Isla con San Juan, sino, todo lo contrario. Su periplo por los circuitos de las mercancías la llevan a reconocer una infinidad de puertos usados por los noreuropeos en su intenso trajinar por estos litorales. Desde el siglo XVII el sur existía como una red de nodos portuarios que recibían a los extranjeros y sus mercancías. Para esas fechas, aparentemente, se desconocían-o no aparecen-las caletas y pequeños muelles por donde salía la sal, las maderas, los bocoyes y otras mercancías, que se distribuían por la zona.

No obstante, Wolff le da carta de identidad a los puertos de Guánica, Guayanilla, y los de Cabo Rojo: Puerto Francés (Puerto Real) y Puerto Vargas en Boquerón, todos partes de una poderosa red de zonas de tráfico, desembarco y comercio internacional y de cabotaje; un importante rol que desempeñaron hasta la primera mitad del siglo XX. Su discusión sobre estos puertos incluye un mapa de la época con su localización. La discusión y datos presentados en Isla atlántica recalca el rol de las islas y los archipiélagos en precipitar esa circulación de mercancías. En esa mirada escudriña inclusive el papel que desempeñó la Isla de Mona, entre otras cosas, como lugar de trasbordo (véase también a Cardona Bonet 1985).

Sin duda, Isla atlántica subraya que Puerto Rico no era una Isla aislada del resto del mundo en esos años de los siglos XVI y XVII. Todo lo contrario, la Isla era un relé, término que sugiere Sloterdijk, para el comercio y el contrabando en el Caribe, enlazando a Europa, África, y el Atlántico portugués con las Antillas, e inclusive con la isla de Terranova. El asunto del comercio y el contrabando ha sido trabajado también por el colega y amigo Héctor Feliciano (1990), cuyo trabajo enlaza a la Isla con el resto del Caribe y con los actores europeos no-hispanos en el siglo XVIII.

Los archipiélagos, arguye Wolff, estaban en la época de la navegación a vela, “empotrados en las corrientes de los vientos y las mareas” y por ende funcionaron como nodos y relevos importantes (siguiendo la obra de Pierre Chaunu) para ampliar la circulación de mercancías por diversas rutas geográficas (Wolff 2022:45). Para esa época la isla era parte de las enrevesadas redes del Atlántico portugués y funcionaba no solo como un mercado para la compra de personas esclavizadas en África, sino como punto de trasbordo y reventa hacia otros puntos del Caribe, como base de operaciones de traficantes portugueses y luso-africanos, y como punto no sancionado de reparación, avío y abastecimiento de barcos esclavistas que hacían rutas circum-caribeñas (p. 117).   

Tránsfugas y variopintos  

 “A su vez, la circulación de marineros y pasajeros ligados al tráfico atlántico hizo de la sociedad isleña una plural y heterogénea, de bordes porosos y fluidos, particularmente en los litorales” (Wolff 2022:29).

El mundo de la marinería se alimentó de tránsfugas, fugitivos y entes marginales para formar parte tripulaciones cosmopolitas, aun en las naves españolas (véase a Braudel 1972: 113).  El reclutamiento de mano de obra para trabajar en las naves comerciales y en los bajeles de la corona fue un problema agudo. Felipe II, en su poderosa visión imperialista, forjó políticas para el desarrollo de la marinería en el Mediterráneo y en todos los confines del reino (De Salas 1870:53). Tal vez con más ahínco, Felipe IV, circa 1625, promovió que se instituyeran las matrículas de mar, es decir, el empadronamiento de la gente de mar (Vázquez Lijó 2007:59-60).

Desconozco cómo eso se plasmó y manifestó en Puerto Rico, aunque la literatura historiográfica revela que por todo el circum-Caribe se articularon estrategias para la formación de la gente de mar y las cofradías, aunque muchas de ellas se restablecieron con fuerza en esta Isla a partir de la última década del siglo XVIII. En 1796 se circuló una ordenanza real para constituir oficialmente, la Matrícula de Mar, esfuerzo que tuvo un papel importante en los debates y políticas sobre el uso de las costas y de la pesca en Puerto Rico (Valdés Pizzini 2019).  

Pero, vuelvo a los tiempos entre Felipe II y Felipe IV en el litoral boricua.   

Independientemente de la existencia de alguna política para el desarrollo marítimo, la fuerza de la economía-mundo y los circuitos trasatlánticos forjaron una cultura marítima en la Isla muy temprano en nuestra vida como pueblo. Esa es la lectura que le doy con intensidad a Isla atlántica. Según Wolff, las arribadas forzosas y ese intenso comercio provocaron el arribo de extranjeros, europeos y africanos, con destrezas en la marinería y en las artes que la sostienen.

Esa gente de mar era una población errante y heterogénea, en la que se encontraban gallegos, gaditanos, alemanes, savoyanos, vascos, hispalenses o sevillanos y portugueses, entre otros. Gente que forjaron, junto a los africanos que arribaron forzosamente y que eran esclavos o gente libre (horros), una comunidad marítima dedicada a una variedad de tareas en tierra: carpintería de ribera, herrajes, construcción de embarcaciones en astilleros, carenar embarcaciones, rescate de mercancías de embarcaciones encalladas, bombeo de agua de las mismas y la reparación de embarcaciones y calafateo. El inventario de la gente de mar capturado por Wolff incluye a, pilotos, grumetes, artilleros, marinero zapatero, maestres y marineros, de diversa procedencia, incluyendo mulatos libres (Wolff 2022:264). 

El caso del navío San Juan de Gargarín revela datos interesantes que Wolff los amarra magistralmente con la cultura y sociedad portuaria. Su tripulación se desentendió del rescate de la embarcación, por lo que en ella trabajaron cuadrillas de gentes de San Juan: 

La heterogeneidad de la cuadrilla-libre y esclava-era típica de la fuerza de trabajo de los puertos que en esa época comenzaban a vertebrar el comercio mundial: un incipiente y variopinto proletariado portuario, diverso y multi-étnico, sobre cuyo esfuerzo y labor ya dependía la circulación global de mercancías (2022:242)

Gentes que la autora sospecha e imagina que vivían en las casuchas de los arrabales intramuros de la ciudad, en casas de negros (p.245). Un proletariado que se convocaba en la Caleta, la Plaza de la Catedral y luego en el Tejar, al pasar la Puntilla, que fueron los importantes sitios de desembarco de la ciudad.2 La autora reconoce también que San Juan era uno de los nodos por los que circulaban las mercancías localmente, siendo el estero del Río Bayamón uno de esos lugares importantes (2022:250). De hecho, en los siglos XVIII y XIX, Bayamón y Palo Seco fueron una arteria vital para mantener alimentada la ciudad. 

Hay ciertos paralelos entre lo que describe Wolff y la inmersión de López Cantos en la vida del corsario Miguel Henríquez en el siglo XVIII. Las empresas marítimas del corsario y la gente bajo su mando eran también de carácter cosmopolita y fuertemente amarrada a las artes de la navegación y el trabajo en las embarcaciones.

Mareantes, gente portuaria y religiosidad

Isla atlántica se acerca también a escudriñar algunos aspectos culturales y religiosos de esas gentes. Un detalle que se acaricia en el texto lo es la devoción a la Virgen del Rosario, cuya imagen aparece en uno de los frescos en la restauración de la Iglesia San José, y a otros iconos del panteón católico: 

La religiosidad popular de marineros y navegantes incluía no solo el culto a la Virgen, sino a una multiplicidad de santos el señor Santiago, Santo Lesmes, San Antonio de Padua y a otro tanto de reliquias que se ataban a la jarcia o cordelaje de la nave (2022:266).  

La Virgen del Rosario aparece de manera prominente en estudios sobre la religiosidad de los mareantes que atravesaron el Mediterráneo y el Atlántico (Gil Muñoz 2004). No podemos olvidar, como sugiere Peter Sloterdijk, que la empresa de la expansión imperial fue parte de una misión evangelizadora, arraigada no solo en los religiosos, sino en la gente de mar que hacían posible esa empresa riesgosa, y una de las maneras de asegurarse radicaba en su devoción. Ese fue su portaestandarte.  

Por lo que se refiere al flanco de abordo, la religión cristiana proporcionaba estímulo y refugio; esto último, sobre todo, en los periplos de las naciones católicas, bajo la figura omnipresente de la Virgen María protectora… (Sloterdijk 2007:153).

Un vistazo a los nombres de las embarcaciones de arribadas forzosas nos deja ver la inclinación religiosa de sus armadores y patrones, al verterse buena parte de las advocaciones a la Virgen María en sus nombres. Nuestra Señora del Rosario parece ser la más abundante, pero también está la del Buen Viaje.

La Virgen del Carmen, la patrona de los pescadores, no aparece en el libro, y no hay razón para que lo esté pues se trata de navegantes y no necesariamente de pescadores. Sin embargo, según Don Arturo Dávila, historiador del arte y la religiosidad, la Virgen del Carmen fue también la patrona de la cofradía de los caleteros de San Juan, todos mulatos, con su imagen en la parroquia de San Francisco, a las que le dedicaban sus fiestas y le honraban. Es un tema que amerita estudios en el futuro, y tal vez usar como puerto de trasbordo la obra de López Valdés sobre los pardos y morenos libres y esclavos en Cuba y el Caribe con sus instituciones y prácticas religiosas, ancladas en los puertos (López Valdés 2007). 

Las incursiones europeas 

Finalmente, y para quienes les ha interesado las incursiones e invasiones inglesas y holandesas en esta Isla, Wolff presenta una mirada un tanto diferente a la invasión de Cumberland y el asalto de Hendrickzs en 1598 y 1625 respectivamente. Esta mirada a los complejos procesos conducentes a esos eventos, le revela a la autora una intencionalidad de ocupar una plaza importante en la circulación de mercancías y no un acto de ocupación militar per se.  

La discusión nos permite ver, en el caso de las Islas Británicas, como fueron guiadas por la economía del expolio y un interés por dominar esas rutas y nodos comerciales del Atlántico. Fue una empresa subvencionada por capitales mercantiles en el West Country, ligados a la industria de paños e irremediablemente atada a la importación del bacalao de Terranova, en un circuito que incluía vinos y textiles de Portugal. El privateering, la patente de corso fue el mecanismo para la expansión del “andamiaje comercial inglés” (2022:211).  

Los holandeses también se insertaron en la empresa de expolio y saqueo, y claro está, en el contrabando. Algunas de esas incursiones fueron subvencionadas con dineros producidos con la producción y comercio de uno de los pescados más importantes del Mar del Norte, el arenque. El asedio holandés resultó infructuoso, debido a varios factores, entre los que se encuentran el papel protagónico del estuario y plantaciones de Bayamón para sostener a las tropas españolas durante el asedio. A pesar del fracaso de esta ocupación, otros navíos holandeses continuaron visitando esta Isla atlántica, sobre todo los puertos del sur, para comerciar y contrabandear. Esa mirada al sur es uno de los puntos vitales de este trabajo, en mi opinión. 

El mundo marítimo   

Son muy pocos los trabajos que nos presentan a ese mundo marítimo boricua, de gente que le dio la cara al mar y que forjó una cultura costera y marina de importancia para nuestra vida de pueblo. Por razón de mi inclinación y vocación antropológica, me interesa la reconstrucción de la vida y sociedad del litoral, en una perspectiva histórica, una tarea nada trivial que requiere del trabajo historiográfico en los archivos, de una mirada etnológica, observando como otras sociedades navegaron por el litoral y se asentaron en esos márgenes, de la observación etnográfica y de la imaginación para rellenar esos espacios desconocidos. Por esas razones encuentro en Isla atlántica, no solo una referencia imprescindible, sino una joya para la lectura y el deleite en cada página. Es la mirada que ansiaba y un texto fundamental para seguir construyendo nuestro conocimiento de la gente de mar.    

Referencias

Braudel, Fernand. 1972. The Mediterranean and the Mediterranean World in the Age of Philip II. New York, Harper & Row Publishers.

Cardona Bonet, Walter. 1985. Islotes de Borinquen: Amoná, Abey, Piñas, Sikeo y otros: Notas para su historia. San Juan: Oficina Estatal de Preservación Histórica.

Chinea. Jorge L. 2005. Race and Labor in the Hispanic Caribbean: The West Indian Immigrant Worker Experience in Puerto Rico, 1800-1850. Gainesville: University of Florida Press.  

Javier De Salas, D.F. 1870. Historia de la matrícula de mar y examen de varios sistemas de reclutamiento marítimo. Madrid: Imprenta de T. Fortanet.

Feliciano Ramos, Héctor R. 1990. El contrabando inglés en el Caribe y el Golfo de México (1748-1778). Sevilla: Sección de Historia V Centenario del Descubrimiento de América, Número 10.

Gil Muñoz, Margarita. 2004. La vida religiosa de los mareantes. Devociones y prácticas. Madrid: Ministerio de Defensa.

López Cantos, Ángel. 1994. Miguel Henríquez, corsario boricua del siglo XVIII. San Juan: Ediciones Puerto.

López Valdés, Rafael L. 2007. Pardos y morenos esclavos y libres en Cuba y sus instituciones en el Caribe Hispano. San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

Nistal Moret. Benjamín. 1984. Esclavos, prófugos y cimarrones: Puerto Rico, 1770-1870. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico. 

Ramos y Ramírez, Antonio y Ursula Acosta. 1985. Cabo Rojo: Notas para su historia. San Juan: Oficina Estatal de Preservación Histórica.

Sloterdijk, Peter. 2007. En el mundo interior del capital: para una teoría filosófica de la globalización. Madrid: Ediciones Siruela.

Valdés Pizzini, Manuel. 2019 b. Laberinto y enredo en la Matrícula de Mar en Puerto Rico en el siglo XIX. Revista Marejada. Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico. Vol. 17, Núm. 2, 2019, páginas 38-45.

Vázquez Lijó, J. M. 2006. La Matrícula de Mar en la España del siglo XVIII: Registro, inspección y evolución de las clases de marinería y maestranza. Madrid: Ministerio de Defensa.

Jennifer Wolff, 2022, Isla atlántica, circuitos antillanos de contrabando y la formación del Mundo Atlántico, 1580-1636. Madrid: Ediciones Cuatro Calles. 

“¿Cómo conciliar tanto extravío con tanta ternura?” [1]

El entierro de Cortijo de Edgardo Rodríguez Juliá es un libro maravilloso, un texto sublime al que le he dado varias lecturas a través de los años: la más reciente en 2022, a raíz de la reedición a cargo de Editora Educación Emergente (EEE) y Publicaciones Gaviota, que viene acompañada de un prólogo por su autor. Para mí esa obra siempre fue un texto etnográfico, producto de las observaciones y comentarios de un testigo de un evento multitudinario en el cual se encontraron diversos sectores de nuestra sociedad y cultura para decirle adiós al cuerpo de Rafael Cortijo, percusionista y líder de una de las agrupaciones más populares y sabrosas del país. Es un clásico (siguiendo a pie juntillas a Italo Calvino) puesto que es un libro que hay que volver a leer y en cada lectura encuentra uno cosas nuevas, giros inesperados y nuevos placeres de lectura.

Mis primeras lecturas de El entierro de Cortijo coincidieron con mi trabajo etnográfico en la costa, y bajo ese manto, de estar ahí, de ser testigo y partícipe de los eventos de la cotidianidad, lo puede apreciar como un esfuerzo extraordinario de tomar notas mentales y reconstruir lo intensamente vivido en unas horas; un proceso al que nos sometemos las y los antropólogos ocasionalmente. [2]

Hoy me he percatado que en esa primera lectura soslayé (por ignorarlas a tan temprana edad… tendría entonces 28 años y un acervo cultural superficial) la riqueza intelectual que percolaba el lenguaje de la esquina y la barriada, así como las innumerables claves a diversos contextos históricos, sociales y culturales que el autor tejía en ese rico tapiz de un momento único.[3] Debo admitir que en esta última lectura (que hice varias veces) pude identificar y maravillarme de las múltiples claves usadas por Rodríguez Juliá para narrar un evento con visos de universalidad, contado desde Villa Palmeras y entrelazado con la historia del país y del Caribe, con toda su diversidad y colonialidad, con sus luces y sus sombras.

1. Lo primero que debo contar es que este escrito va al corazón de mi niñez en San Juan, desde donde escuchaba en la radio a Cortijo y su combo todos los días. Ese espacio donde, desde chico y aunque no entendiera mucho, tenía la costumbre de leer el periódico y hacerle preguntas a mi padre, quien me explicaba algunos eventos como mejor podía: la crisis de los misiles, Patricio Lumumba en el Congo, el ímpetu de los soviéticos (los rusos) en la carrera espacial, las luchas titánicas entre senadores de San Juan (el nuestro) y los Cangrejeros de Santurce (el enemigo), y el arresto de Cortijo e Ismael por drogas.[4] Para mí, leer este libro siempre ha sido sumergirme en mi pasado y en las memorias de San Juan y Santa Juanita, donde hice amistad con otros niños y jóvenes, muchos de ellos trasladados de los arrabales del área metro a las urbanizaciones y con una cultura musical que giraba alrededor de Cortijo, que luego se consolidó con Ismael Rivera y sus Cachimbos.

2. Uno de los asuntos que me ha maravillado de El entierro… lo ha sido la capacidad de su autor para describir (y fabular) la complejidad de un evento multitudinario y multidimensional con visos de espectáculo (era como estar en el Cheetah en Nueva York) con una variopinta multitud de actores, de diversos estratos sociales, acompañado de una banda sonora. (Como dicen los jóvenes hoy, “literal,”, pues los altoparlantes de la estación radial Z93 acompañaba el séquito). Rodríguez Juliá ha pintado un lienzo abigarrado, repleto de densas viñetas atiborradas de desigualdad social, raza, clase y calle. Es por eso que menciona, evoca y emula a Pieter Brueghel y al Bosco, quienes pintaron obras sobre la cotidianidad urbana renacentista, con detalles de los personajes de todos los días. Admito que esas son algunas de las claves que pasaron desapercibidas para mí en las primeras lecturas.

3. El entierro… es una conversación con Luis Palés Matos y su obra maestra Tuntún de pasa y grifería. Por todo el texto se puede sentir el peso de esa obra y el poema “Majestad Negra”, que Rodríguez Juliá evoca para poder narrar el ritmo de los negros y las negras en el entierro. Hay pasajes, en los que el autor evoca unas solidaridades tribales africanas, que en mi opinión tiene tangencias con varios pasajes de la novela Litoral de Palés, por ejemplo, el capítulo XVIII: “El baquiné”. En ese capítulo el protagonista atraviesa el “oscuro y catingoso arrabal” para adentrase “en el mundo de los negros” para ser testigos (como Rodríguez Juliá) del Gran Ciempiés, el que dirige las canciones del baquiné con su canto “Adombe, gangá mondé, ¡Adombe!”. En gran medida me evoca la visión de Rodríguez Juliá de ese lenguaje interno de “esos dos capitanes de mandinga” (Cortijo y Maelo), con “alguna consigna cangá”, con el que se “hablan” en este ritual de la muerte.

4. La portada de la nueva edición es acertada por demás pues El entierro… es, sobre todas las cosas, el vía crucis de Ismael Rivera, quien figura en el mismísimo centro de los dolientes. Maelo es un nazareno pasando por su peor momento y sufriendo intensamente la partida de su hermano, tomándole las manos con ternura, llorándole. Maelo es un doliente que le pide al Cristo de Portobelo que le ayude a cargar esa cruz. Es en esas escenas de dolor en las que todo el extravío del entierro encuentra su mayor ternura, la cual Rodríguez Juliá ha descrito con una sensibilidad extraordinaria.

5. Rodríguez Juliá transita aquí –a vuelo de pájaro– por las coordenadas de la plena como género proletario, los orígenes populares con Canario, el mundo de Mon Rivera, la transformación de la plena en baile de salón con César Concepción y Joe Valle, el proceso de blanqueamiento de la plena y la afrenta musical de Cortijo de traer al vinilo y a las ondas radiales un género (junto con la bomba) negro, de la calle, de la barriada, proletario, de claves africanas, boricuas, caribeñas y urbanas. Un género cargado con las voces de ese mundo, con nombres de gente negra, con referencias culturales exclusivas de ese entorno que se convirtieron en parte de los estribillos de bailadoras y bailadores, de evocaciones históricas y raciales. Un detalle que se me ocurre mencionar aquí es que existe una afinidad intelectual profunda y una gran amistad entre Ángel Guillermo (Chuco) Quintero y Edgardo Rodríguez Juliá. En 1982 Quintero estaba inmerso todavía en la sociología histórica del trabajo y la documentación sobre esa otra cara de la historia. Las claves tocadas por Rodríguez Juliá posiblemente alentaron al músico y sociólogo, quien posteriormente ha escrito y documentado sobre el baile y la música, incluyendo un texto sobre Ismael Rivera y el mundo social que lo forjó. Es, una hipótesis para dialogarla con Chuco, a partir del reconocimiento que hizo de sus numerosas deudas con esa crónica (Quintero Rivera 2009:282).

6. Reza una canción de Catalino (Tite) Curet Alonso que “en los entierros de mi pobre gente pobre, cuando se llora es que se siente de verdad”. Esta sentencia la inicia Cheo Feliciano (quien es una figura central en esta obra, como uno de los patriarcas), cuando anuncia que “los entierros de mi gente pobre son un verdadero espectáculo, sentimiento tú.” El dolor expresado, el rasgarse las vestiduras, el paroxismo del llanto, son parte esencial de la literatura sobre el proceso. Rodríguez Juliá, quien ha descrito el entierro de Cortijo como un espectáculo y un derroche de música, dolor y lágrimas, tiene la sensibilidad de comentar y proveer algunas señales que evitan caer en el estereotipo de que eso pasa sólo en los entierros de la gente pobre de nuestro país. Es posible pensar que para el autor la muerte es una sola, con pequeñas variaciones e idiosincrasias, desde la antigüedad, al medioevo y de ahí al mundo moderno. Para Rodríguez Juliá el duelo exhibido en el entierro evoca al planto (o llanto) del medievo, a la endecha, es decir, una lamentación sobre el ser querido que ha fallecido. Hay que ir a Roncesvalles y Carlomagno para entender ese proceso de duelo, y a otros momentos en la historia y en la literatura. No me sorprende entonces que el autor mencione, de pasada, la “Elegía” de Miguel Hernández usada como ejemplo de una endecha.

7. Una elegía para el caído. Ese canto de dolor (puedo argumentar que todo El entierro… es una endecha) para Cortijo es en parte un poema épico a los sobrevivientes de la droga, de la tecata, del traqueteo. Ellos aparecen erguidos contra los avatares de la vida y ahora flanquean el féretro de Cortijo: Cheo Feliciano, ascendido a gran patriarca, Maelo, el penitente cargando el féretro y Orlando (Peruchín) Cepeda, pelotero y conguero, están ahí, por encima de todo. Son mortales que han ido en una barca por el río Estigia por el sendero de la aflicción y han regresado triunfantes.

8. El antropólogo que habita en Edgardo Rodríguez Juliá dedica muchos de sus comentarios a desguazar (a deconstruir tal vez) el discurso y las narrativas de los dolientes, sus gestos (con ellos y con los otros) y su vestimenta. Así El entierro… es una joya de análisis sartorial de las y los participantes. La vestimenta delata clase, intenciones y aspiraciones. De igual manera, Rodríguez Juliá le da autoridad textual (es una expresión de los y las etnógrafas) a la gente y los cita de manera literal. Ese “mera”, aparece constantemente. Y como ese, muchos otros. [5]

9. ¿Quién es Edgardo Rodríguez Julia? Caramba, no lo sé, y eso me preocupa. Para ir por un camino seguro, el autor es un Joseph Conrad narrando su inserción al corazón de la negritud. Pero dentro de ese periplo, ¿cuál es la voz de la que se apropia? ¿Es la del agente británico del imperialismo belga (Marlow) adentrándose en la densa maraña del río Congo o es la voz de Kurtz quien ha tomado ese mundo por asalto? Rodríguez Juliá, a su vez, se ha apropiado de la esencia de la narrativa de Kurtz para describir “el horror” de las cosas que siente y observa. El espanto que le produce la manera en la que describe su mundo doméstico, la forma en la que cínicamente imagina lo que los blanquitos sentían al ver a esos músicos tocar sin saber leer el pentagrama, el espanto que le produjo la apreciación del “arte como un servicio” en la voz del cardenal Luis Aponte Martínez o, simplemente, “The horror, the horror”, como diría Conrad.

10. Insisto en que El entierro… es un texto histórico, uno admirable en el que en unas sesenta y dos páginas (en esta edición) transita por nuestra antillanía, la literatura caribeña, la política, las relaciones de clase y raza, la transformación del país y la música popular. Hace muchos años quise publicar unos trabajos sobre la costa, e inicié ese libro con la cita que sigue a continuación, una que dice tanto sobre nuestra gente: “Y si la memoria insiste en recuperar un pasado aún más lejano, tendríamos que evocar como los ingleses subieron esta ladera de Cangrejos en el ataque del 1797, para establecer en las alturas de San Mateo su cuartel de campaña. Pero entonces la memoria histórica se vuelve aún más ambiciosa, casi coquetea con el mito cuando Miguel Enríquez suena en el recuerdo. Este mulato zapatero casi gobernaba la isla de Puerto Rico con los privilegios ganados en la patente de corso. Aquellos pardos, negros libres y esclavos de Cangrejos que tan heroicamente lucharon contra los ingleses en el 1797, dejaron sus apellidos regados por estos solares, desde Piñones hasta Loíza, desde Sunoco hasta la notoria Revuelta del Diablo. Los Falú, los Cepeda, los Cortijo, los Verdejo sí que son los puertorriqueños más antiguos, su tradición se remonta hasta los albores mismos de aquella antillanía puertorriqueña forjada por el contrabando y la piratería, la esclavitud y la codicia de los imperios europeos (p. 56)”. [6]

11. Esta es una crónica escrita por un blanquito culto, con la capacidad de narrar –desde distintos ángulos– un acontecimiento sin igual. Pero el autor es un hombre y bajo esa óptica narra, con especial atención, el tránsito de hombres dolientes por todo el paisaje, tal vez soslayando la presencia de las mujeres, que son transeúntes exóticas (las hippies de Humanidades), cuerpos para admirar o reprochar o miembros de una especie de coro que comenta los detalles del cuerpo de Cortijo, o se resignan a consolar a Maelo en su tristeza. Es, sin duda, una mirada masculina en todo el sentido de la palabra.

12. Esta edición contiene una breve reflexión del autor titulada “El entierro de Cortijo y su juvenil cronista: cuarenta años después”, en la que Rodríguez Juliá se confiesa y declara ser un cronista de la realidad puertorriqueña, con todo lo que eso lleva y trae. Un repaso rápido a su obra nos permite apreciar su interés y maestría en ese género: Caribeños, Las tribulaciones de Jonás, Cruce a nado de la Bahía de Guánica y Puertorriqueños, trabajos intersecados por la imaginación, la reflexión y la ficción. Ese texto introductorio del autor es refrescante, puesto que nos revela parte del proceso de observar, recordar y escribir sus impresiones, y de visualizarse como un médium a través del cual la multitud que le rodea habla y se manifiesta en este evento-espectáculo. En ese proceso de observar y plasmar sobre el papel la experiencia inmediata y lo recordado, Rodríguez Juliá evoca a Marcel Proust (un ejemplo preferido de mi maestro en etnografía, Carlos Buitrago), a Brueghel y al Bosco en su obsesión por retratar a la multitud en el proceso de duelo. Ese “joven” escritor, “novelero”, “novedoso”, llegó hasta allí, para testimoniar un momento único y regalarnos esta brillante y corta etnografía de la gente, rescatando en ella toda la ternura que es posible, entre tanto extravío. 

Para mí, como antropólogo y amante de la literatura, El entierro es un libro esencial para pensar al país y pensarnos individualmente. Un texto que me lleva a un mundo que va desapareciendo, y del que formé parte; de una realidad que todavía tratamos de entender. Llego hasta aquí en esta reflexión, con la certeza de que se me quedaron cosas sin escribir, pues esas páginas resguardan un universo todavía por explorar y discutir.[7]

Posdata: Agradezco inmensamente a las colegas de la Editora Educación Emergente (mayormente a Lissette Rolón Collazo) y a Vibeke L. Betances Lacourt sus comentarios y anotaciones editoriales. Para acompañar este ensayo breve he preparado una lista de trabajos musicales en la plataforma Spotify (El entierro de Cortijo-Manolo Valdes Pizzini), con piezas mencionadas en el texto o evocadas de cierta manera en estas líneas. Incluí un clásico de Joe Cuba (“El pito”), cuando se menciona a Cheo Feliciano por primera vez. Igualmente, piezas favoritas de Mon Rivera, Manuel Jiménez (Canario) y César Concepción con Joe Valle, ya que son mencionados en el libro. https://open.spotify.com/playlist/5rRofDHE9DEAvQseFnMVlb?si=deda902438f849ce

Algunas referencias

Palés Matos, Luis. 2013. Litoral: reseña de una vida inútil. San Juan: Folium Editores.

Palés Matos, Luis. 1993. Tuntún de pasa y grifería (1937). Edición de Mercedes López Baralt. San Juan: Universidad de Puerto Rico e Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Quintero Rivera, Ángel G. 2009. Cuerpo y cultura: Las músicas “mulatas” y la subversión del baile. Madrid: Iberoamericana.

NOTAS


[1] Frase con la que termina el libro (p.81).

[2] “Morenos, morenos por todos lados y sólo una Mont Blanc para escribir. No, el oficio de cronista dieciochesco me lo prohíbe: ni siquiera una libreta, ni una grabadora, tampoco una cámara Minox. Prefiero escribir la crónica pasándola sólo por el ojo y el oído, soy tercamente subdesarrollado, basta con escribir al otro día, cuando la memoria conserva aún frescos los detalles” (p.25).

[3] La cultura de la esquina –en relación a esta música afrocaribeña– ha sido descrita magistralmente por Juan Otero Garabís: https://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/view/6621.

[4] Estos eventos están narrados o evocados en esta crónica.

[5] Por ejemplo, “Oye mija, baja esa radio, respeta”, “vaya mi pana”, “tú sae”, “no hay craneo”.

[6] Quintero Rivera le da un respaldo sociológico a ese micro-relato en su libro Cuerpo y cultura (2009:282-290). Recomiendo a las y los no-iniciados, a leer El entierro…, junto con los libros de Quintero sobre el baile, el cuerpo y sobre Ismael Rivera. Hay otros textos importantes sobre este tema.

[7]  Tantas cosas, tantas: ¿Quién no estaba allí? (yo no vi a Roberto Rohena), el velagüirismo de Rafael Hernández Colón, los negros republicanos, Rubén Blades, Víctor Campolo (fui uno de los que leyó esos trabajos, El juicio y La movida), Tuntún, onomatopeya de un tambor como sugiere Mercedes López Baralt, o un diablo… hay que escuchar a “Madame Calalú”), el cine mexicano (“Pepe el Toro”, “Ustedes los ricos, nosotros los pobres”), Orville Miller, los símiles (El Combo como el Wild Bunch de Sam Peckinpah y la lista de poetas mencionados: Miguel Hernández, Palés Matos, Pablo Neruda, Luis Lloréns Torres, Luis de Góngora, Francisco Gómez de Quevedo y Mario Brill (por aquello de las jitanjáforas).

Posteado por: antropikos | abril 28, 2022

Al oeste de Las Mareas

Por este medio difundo un importante texto-documento-testimonio de procesos socioecológicos al oeste de Las Mareas, que debe formar parte del debate sobre el lugar.

Posteado por: antropikos | julio 8, 2021

Los peces que se desvanecen

Vanishing Fish es una de las últimas obras del oceanógrafo Daniel Pauly (2019), un trabajo de gran importancia que amerita leerse. Como parte de los trabajos del Centro Interdisciplinario de Estudios del Litoral (CIEL), hemos escrito un artículo que gira en torno a ese libro y entra en varios debates con asuntos que Pauly maneja y que entiende que las ciencias sociales no los han atendido como merecen. Discrepo de ello, intento demostrar las fisuras en ese análisis, y proveo algunas pistas para resolverlo y arrojar un poco de luz sobre el trabajo que hacemos quienes nos dedicamos a las pesquerías desde las ciencias humanas. Es un trabajo preliminar, por lo que hay espacio para debate, anotaciones y correcciones. Por ende, los comentarios son bienvenidos.

I DO NOT KNOW MUCH ABOUT HISTORY: OCEANOGRAPHERS, ANTHROPOLOGISTS, HISTORIANS AND THE VANISHING FISH

Abstract: This paper presents a critical analysis of the fundamental tenets of Daniel Pauly’s book Vanishing Fish: Shifting Baselines and the Future of Global Fisheries (2019). The book covers a long history of research and hypotheses on the development of global fisheries, paying attention to what he calls the “toxic triad,”—the process of geographical, bathymetric, and taxonomic expansion of fishers’ firms, from small-scale to industrial fleets. At the core of the analysis is a plea for the engagement of oceanographers in historical ecology as the key methodological tool to understand present-day fisheries. Pauly argues that social sciences are an important ally in fisheries sciences, but the effort of these disciplines falls short by avoiding certain important topics, emphasizing in community (ethnographic) studies and not providing information on the fishers’ catch, which is critical for management and conservation. This paper refutes his argument and contextualizes the role of ecological history and the social sciences in fisheries sciences, without minimizing the importance of Pauly’s contribution to the field. 

Keywords: Fisheries; Ecological History; Toxic Triad; Shifting Baselines; World-Ecology; Ecosystem-Based Fisheries Management

Jorge L. Giovannetti-Torres
Catedrático
Departamento de Sociología y Antropología

En más de una década, he escrito algunas 35 columnas sobre la situación que lleva enfrentando la UPR, además de innumerables cartas y ponencias dentro de la institución. Comienzo con este dato, porque es precisamente esa disposición a expresarme abiertamente la que provoca que las recientes columnas sobre la UPR (guardando las distancias) me recuerden las palabras de Martin Niemöller acerca de las consecuencias del silencio. Luego de enumerar las ocasiones en que guardó silencio frente a la persecución de diversos grupos en la Alemania Nazi, el pastor luterano señaló: “Entonces vinieron por mí, y no quedaba nadie que hablara por mí”. Para el caso de la UPR el silencio parece haberse roto y en los últimos meses diversos universitarios han salido a defender sus respectivos espacios disciplinarios y de creación de conocimiento. Contrario a la memorable cita de Niemöller, en esta etapa de la persecución contra la UPR, parece haber una abundancia de gente expresándose. Pero para mí, las preguntas son: ¿Qué efecto pueden tener estas voces a estas alturas del juego? ¿Por qué permanecieron silentes en coyunturas cruciales de la destrucción gradual de la UPR que conocíamos, en particular su recinto de investigación?

Una de las más recientes expresiones viene del sociólogo Ángel Quintero Rivera, quien sacó tiempo de sus prioridades como académico internacional para hacer una rara intervención sobre la UPR.[1] En la misma, Quintero Rivera defiende el Centro de Investigaciones Sociales (CIS), lugar donde ha trabajado por décadas como investigador a tiempo completo. La columna del respetado colega me provocó la necesidad de escribir varias observaciones que comparto aquí públicamente. Enfatizo que mi reacción es principalmente sobre el Recinto de Río Piedras, por ser donde está ubicado el CIS. Es también donde trabajo y, por lo tanto, el contexto sobre el que puedo expresarme con mayor conocimiento. Reconozco que existen espacios importantes de investigación científico social en otros recintos del Sistema UPR que merecen atención a la luz de algunos de los asuntos que aquí presento. A continuación, expondré cuatro puntos de contención a partir del escrito de mi colega en la Facultad de Ciencias Sociales (FCS), para entonces elaborar sobre asuntos que deben ser conocidos y discutidos más ampliamente.

Primero, al igual que otras columnas, particularmente aquellas en favor de la Escuela de Derecho,[2] la exposición de Quintero Rivera emerge solo cuando la amenaza llega a la puerta propia. Mientras el resto del vecindario (menos privilegiado) era arrasado por los detractores externos e internos de la universidad de investigación, voces influyentes permanecieron calladas en sus espacios de ilustración presuntamente seguros. Ya la crisis les toca a todos, no importa el supuesto prestigio de la disciplina o el estatus docente. Resulta curioso que a pesar del estribillo unitario de “Once Recintos, Una UPR”, existan tan pocas alianzas y solidaridades entre facultades, departamentos, e iniciativas al interior del Recinto de Río Piedras.[3]

Segundo, Quintero Rivera se refiere a un “creciente desmantelamiento” del CIS. La realidad práctica es que ya el desmantelamiento es total, para el CIS, pero también para muchos departamentos.[4] Temo decirles, desde adentro, que el desmantelamiento de la universidad de investigación en Río Piedras ya sucedió. Lo que se encamina en lo que se supone sea el recinto insignia de la UPR es su transformación, con suerte, al equivalente de una institución con prioridad en la enseñanza y programas cortos. Esto no es una hipérbole. Si ya se está construyendo algo (digamos con cinismo, “Río Piedras Community College”), es porque lo que había antes dejó de estar o no importa. Las personas no acaban de darse cuenta de lo que ha hecho la administración actual del Recinto de Río Piedras: en lugar de capitalizar sobre sus virtudes como recinto de investigación, el Rector Luis Ferrao Delgado y su equipo cercano determinaron venderse barato e imitar (de la peor manera) a la “competencia” privada. Sin embargo, como se aprecia en las gráficas a continuación, los datos existentes ilustran que la brecha entre el Sistema UPR y las universidades privadas en cuando a investigación es una muy amplia.

Imagen 1: Datos de producción científica, 1999-2017

Imagen 2: Datos de producción científica (1999-2019)

Fuente: Unidad de monitoreo y análisis de investigación científica en Puerto Rico (UMAIPR)

El hecho de que la “competencia” realmente no era competencia, convierte su estrategia institucional del Recinto en una más patética, proveniente de personas que no estaban capacitadas para asumir las riendas del Recinto. No solo eso, la ruta del Rector y su equipo ha sido indiferente a el área prioritaria #1 del plan programático vigente del Recinto, que es la investigación y creación.[5] Así las cosas, aunque apoyo el espíritu detrás del ensayo de Quintero Rivera, entiendo que su momento es tristemente tardío, debido a la transformación ya encaminada por el Rector y su equipo.

Tercero, el reconocido sociólogo se alinea con las voces que denuncian a la Junta de Supervisión Fiscal (JSF) por la estocada final al presupuesto de la UPR.[6] No es para menos; en un acto de hipocresía, la JSF le ha quitado a la UPR los fondos necesarios para que la institución cumpla el rol que ellos mismos han expresado debe tener. Pero al igual que muchas otras voces, Quintero Rivera guarda silencio sobre el complemento interno de la JSF y el Gobierno: aquellos que desde adentro han contribuido al desvanecimiento de la UPR como institución de investigación. Supongo que es más fácil culpar al “otro” externo (como corresponde, por supuesto), que hacer una introspección que obligadamente incluye diversas y consecuentes administraciones universitarias. Si bien existe, desde afuera, una persecución de la UPR como lugar de creación de conocimiento incomodo, la falta de defensa férrea ha sido interna. Subsecuentes administraciones han visto la universidad solo como un bastión político (del PPD o PNP) con sus respectivos feudos, sin valorarla y protegerla como espacio abierto para la creación de conocimiento. En consecuencia, estos administradores desprovistos de visión no han podido defender un proyecto universitario que no tenga lineamientos ideológicos. Si no estamos dispuestos a adjudicar responsabilidades internas por el desastre en la UPR, el problema que enfrentamos como universidad persistirá, con o sin la JSF.

Cuarto, Quintero Rivera coincide con la administración actual, en particular con el Rector Ferrao Delgado, en que ambos descansan sobre logros pasados sin poder ver y construir un futuro. Ferrao Delgado celebra premios nobeles que realmente no fueron,[7] y Quintero Rivera recuerda selectivamente los años de gloria del CIS. Ferrao Delgado ha sido incapaz de tener la visión y voluntad de construir un futuro a la altura del Recinto que recibió, y Quintero Rivera se le dificulta salir del recuento histórico para proponer rutas para la investigación social en Puerto Rico. Hay que reconocer que el galardonado sociólogo puertorriqueño es también autor de uno de los escritos más completos y útiles sobre la historia de la ciencia social en Puerto Rico.[8] Pero por más valor que este servidor le da al pasado, y las historias que podamos escribir al respecto, la coyuntura actual nos debería llevar a pensar el futuro.  

Ahí está, entonces, la pregunta importante: ¿Qué se debe hacer sobre la investigación social en el Recinto de Río Piedras de la UPR (o lo que pueda quedar) para beneficio de un país cuyo deterioro social es cada vez más claro? Los eventos recientes a nivel global y local indican una necesidad imperativa de investigaciones sobre el cambio climático y las desigualdades de género y raza. Asuntos como los determinantes sociales de la salud, la crisis alimentaria, y el desarrollo económico sustentable han adquirido gran atención en países alrededor del mundo. Todos son problemas globales, pero con manifestaciones locales en Puerto Rico que conocemos de cerca: huracanes, la violencia contra la mujer y personas de sexualidades diversas, y las desigualdades raciales y étnicas. Desarrollar conocimiento sociológico sobre el turismo patrimonial y ecológico, la agricultura sustentable, y otras industrias será vital para Puerto Rico, independientemente del estatus político. ¿Qué retos tenemos para generar conocimiento sobre estos importantes asuntos sociales? Al momento, la FCS del Recinto de Río Piedras no tiene suficientes docentes para investigar todas estas áreas de forma competitiva.[9] Lo que se logra (que todavía es mucho según los datos de UMAIPR), se hace en condiciones precarias. Entre otras cosas, el Rector no ha querido implementar de forma sistemática la carga académica que corresponde al profesorado graduado según una Certificación aprobada por el Senado Académico hace años.[10] La UPR no ha tenido estrategias de retención para académicas investigando cambio climático y asuntos de salud, y estas han buscado otras oportunidades. Además, el Recinto ha perdido docentes especializados en violencia, género, y racialidad. Programas curriculares en algunas de las áreas que he mencionado se han creado con mucha fanfarria interna y mediática, pero desafortunadamente ha sido sin diálogo a través de Facultades u otros Recintos, y descansan en el trabajo de docentes por contrato. Esto último significa limitaciones para que esas personas produzcan investigación de alto impacto. El tema de salud mental es crucial para el país y se vincula a muchos de los temas señalados. Sin embargo, el Departamento de Psicología ha sido desprovisto de recursos docentes, a pesar de la demanda existente. Los cambios políticos en el país ameritan estudios rigurosos sobre el comportamiento electoral y la participación política que le sirvan de contrapeso a la cacofonía radial y mediática de corte ideológico y poco científico que ocupa al país.

Para responder a la necesidad de conocimiento científico en estas áreas, la UPR debía reestructurarse y reclutar docentes estratégicamente en áreas prioritarias incluyendo personas de rangos diversos. Eso es precisamente lo que no se ha hecho, ni por Jorge Haddock y sus rectorías, ni tampoco por las administraciones previas. La falta de recursos docentes y no docentes tiene efectos directos en la contribución que la UPR pueda hacer en las ciencias de la sociedad. Mientras menos docentes existan, mayor será la carga de enseñanza y servicio (excepto para investigadores en centros como el CIS).[11] Por lo tanto, los docentes harán menos investigación competitiva debido a la cantidad de cursos asignados. Mientras no haya profesorado con base firme y estable, la dependencia de docentes por contrato no permitirá el desarrollo de proyectos investigativos a largo plazo. El Recinto no ha podido ni siquiera instrumentalizar contratos multi-anuales, algo que hacen otras instituciones de educación superior en Puerto Rico y también universidades estatales en Estados Unidos. Se añade a todo esto que mientras la UPR cuente con menos personal no docente, el profesorado continuará realizando el trabajo no pagado que le corresponde a otros universitarios (ej., Las deficientes tablitas que satisfacen a algunos burócratas, orientaciones a estudiantes, arte gráfico, promoción y reclutamiento, apoyo tecnológico, y recientemente se nos dijo que hiciéramos la limpieza post-pandémica).

El desdén interno hacia aquellos que investigamos y reflexionamos seriamente sobre la sociedad tiene consecuencias para Puerto Rico. Si el mismo Recinto no reconoce a sus investigadores e investigadoras, o lo hace de forma clientelista, selectiva, liviana, y provincial, no podemos esperar que la sociedad valore aquello que ahora se pretende “defender” y “salvar”. Hace décadas, el antropólogo Carlos Buitrago Ortiz nos alertó sobre la “especulación” y su efecto en la ciencia de la sociedad. Advirtió sobre aquellos que “sólo conocen ciertos aspectos de tal o cual problema, pero los vemos escribiendo y opinando a fondo, basándose muchas veces en lo que denominan el sentido común.” De ahí que la discusión pública del país incluya “expertos” en relaciones internacionales sin investigaciones sobre los países de los que hablan, y que ni siquiera los han visitado. En la radio local, la antropología es Andrew Álvarez, la sociología es Inés Quiles, la ciencia política Ángel Rosa, y contamos con un geomorfólogo que se expresa sobre cuanto asunto social y político lo dejen elaborar. Como los describió Buitrago Ortiz en aquel momento, muchos de estos interventores públicos “pretenden ser analistas de lo social y sólo alcanzan categorías de seudo-pensadores sociales”.[12] De la misma forma que el hábito no hace al monje, el grado y el título no hacen al científico social o investigador, cuya hechura debe fundamentarse en los resultados concretos de su trabajo investigativo. Entonces, nadie se pregunta cuál fue la última publicación científica seria y arbitrada de impacto internacional de algunos de estos actores mediáticos o “especuladores”. Existe entonces un contraste entre la presunta valoración de la UPR, para rescatarla y defenderla, y el no prestarle atención genuina al conocimiento serio que allí se produce, prefiriendo digerir la primera voz que se haga disponible en los medios.[13] El mismo Quintero Rivera, en su recuento histórico escribió que para la segunda mitad del siglo XX, “la academia se convirtió en la posición legitimada desde la cual realizar análisis social, quebrantando la heterogeneidad” de escritos “sociológicos” que hubo en décadas anteriores.[14] Al comenzar el siglo XXI, esa primacía de la academia parece haberse quebrantado, de vuelta a una heterogeneidad, pero distinta, y no necesariamente en un sentido favorable.

Es aquí donde confligen el estado del país y los efectos de la exitosa campaña (externa e interna) contra la universidad pública de investigación. Puerto Rico ha optado por aceptar un nivel de análisis social liviano descansando en una búsqueda limitada del conocimiento científico. Las personas ocupando puestos de liderato en la UPR (particularmente en Río Piedras) se ha conformado con ese estado de situación. En primer lugar, no se han esforzado en crear condiciones adecuadas para una investigación competitiva en las ciencias sociales, con el tiempo y ambiente que facilite el balance entre la enseñanza, la investigación, y la divulgación. En segundo lugar, los administradores tampoco han priorizado o capitalizado sobre la producción de conocimiento dentro de la institución. Toda batalla amerita la inspección de las tropas y los recursos disponibles. Si la retórica utilizada es una de “defensa” de la UPR en “lucha” contra la JSF, uno esperaría entonces que los rectores y decanos reconozcan la artillería académica pesada con la que cuentan.

He expuesto varias consideraciones que apuntan hacia la necesidad de un examen más profundo y crítico de la situación actual de la UPR, al igual que una autocrítica muy necesaria. Desde adentro, la situación es una mucho más seria de lo que se piensa desde las gradas. Pero a la misma vez, hay que destacar que en el interior de la UPR se pone en evidencia la resiliencia y tenacidad de investigadoras e investigadores que contra viento y marea todavía se atreven a producir conocimiento que coloca al país en la mirilla global (aunque los rectores no se enteren). Ese atrevimiento de producir bajo el asecho anti-intelectual y contra los antagonistas del desarrollo pleno de un recinto de investigación, debería darnos algún tipo de esperanza. Pero, aunque las voces emergentes demuestran que ya no hay tanto silencio contra esta persecución, también me temo que ya no queda mucho por defender o rescatar.

NOTAS


[1] Ángel Quintero Rivera, “Historia de la investigación social en la UPR,” El Nuevo Día (13 de junio de 2021): 51.

[2] Efrén Rivera Ramos, “La crisis de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico,” El Nuevo Día (2 de marzo de 2021); Vivian I. Neptune Rivera, “Es urgente defender a la UPR,” El Nuevo Día (30 de abril de 2021).

[3] Para una crítica reciente del estribillo de, véa Emilio Pantojas-García, “Para defender la UPR,” Metro (16 de junio de 2021): https://www.metro.pr/pr/blogs/2021/06/16/opinion-emilio-pantojas-defender-la-upr.html. Parecería que la defensa del colectivo (el “Una UPR”) no es tanto por el colectivo mismo, sino para mantener intactas las parcelas que representan los “Once Recintos”. De igual forma, a nivel de recintos, universitarios han preferido resguardarse en sus departamentos y facultades, sin buscar alianzas a través Recinto (el colectivo). En otras palabras, a pesar de todos los discursos de unidad, la práctica parece ir en otra dirección.

[4] El CIS cuenta solo cuenta con 1.5 FTE en su personal fijo, y el resto del equipo docente y no docente es por contrato. Esto no es diferente a otras unidades de la FCS. Ha habido intentos de revitalizar el CIS atrayendo directores externos, pero los mismos confrontan retos internos del mismo Centro, o la amenaza de fuerzas externas que motiva la columna de Quintero Rivera.

[5] Plan Estratégico: Compromiso, 2018-2023 (Río Piedras, Senado Académico del Recinto de Río Piedras, 2018), 6-8. Certificación 79 (2017-2018) del Senado Académico del Recinto de Río Piedras.

[6] Resulta curioso que el sociólogo aluda a las denuncias de sus colegas en las Escuelas de Derecho y Arquitectura, pero no a aquellas realizadas desde el programa de sociología. Véa Jorge L. Giovannetti-Torres, “El fin de lo obvio,” El Vocero (16 de abril de 2021): 18.

[7] Jorge L. Giovannetti-Torres, “UPR: Conmemoraciones del pasado sin futuro equivalente,” El Nuevo Día (16 de marzo de 2021).

[8] Ángel Quintero Rivera, “La ideología populista y la institucionalización universitaria de las ciencias sociales,” en Del nacionalismo al populismo: Cultura y política en Puerto Rico, eds. Silvia Álvarez Curbelo y María Elena Rodríguez Castro (Río Piedras: Ediciones Huracán-DEGI, 1993), pp. 107-146. Cosas de la vida, que el ahora Rector Ferrao Delgado tenga un artículo publicado en el mismo libro.

[9] Investigadoras e investigadores en otros recintos, que tienen más carga de enseñanza, han sobresalido en algunas de estas áreas.

[10] Me refiero a la Certificación 38 del Senado Académico del Recinto de Río Piedras (2012-2013), enmendada como Certificación 51 (2017-2018) y luego como Certificación 95 (2019-2020). El Plan de Implementación fue realizado en el Decanato de Estudios Graduados e Investigación (DEGI) entre 2018 y 2018, y fue presentado al Rector, quien lo ignoró. El resultado fue la renuncia de decanos y decanas en el DEGI y (para remitirme otra vez a Niemöller) el silencio del profesorado del Recinto.

[11] Estudios indican que por mucho tiempo el grueso de la investigación universitaria se ha hecho en departamentos, no en centros de investigación. Gerald J. Stahler y William R. Tash, “Centers and Institutes in the Research University: Issues, Problems, and Prospects,” Journal of Higher Education, 65: 5 (1994): 542. Datos recopilados en la FCS entre 2010 y 2014 indican ese patrón, con docentes en departamentos de enseñanza publicando más que docentes en unidades de investigación y en foros de más alcance internacional.

[12] Carlos Buitrago, “La investigación social y el problema de los investigadores puertorriqueños en las ciencias sociales y disciplinas relacionadas en Puerto Rico,” Revista de Ciencias Sociales, 10: 1 (1966): 93-102.

[13] Hay que precisar que algunos de estos comentaristas “académicos” cumplen un rol informativo importante. Pero informar no es lo mismo que investigar. Además, debemos preguntarnos si cumplen ese rol como agentes políticos, ideológicos, y mediáticos, o como genuinos investigadores y productores de conocimiento. Hay que cuestionar también si estos “especuladores” son las autoridades adecuadas sobre los temas que discuten y qué otros conocimientos se producen localmente sin poder acceder a los medios. Finalmente, es importante saber si nuestra sociedad se conformará con un conocimiento y un análisis social liviano. Hay que reconocer esfuerzos de algunos periodistas que van más allá de sus redes de amistades y contactos, y buscan allegar recursos intelectuales serios a su programación. Me parece que en Puerto Rico no ha habido una discusión seria sobre el rol de, y los accesos para, los intelectuales públicos, en vinculación con la UPR.

[14] Quintero Rivera, “La ideología populista,” 144. Énfasis en el original.

Posteado por: antropikos | mayo 28, 2021

Revista Marejada y la Matricula de Mar

Con algún retraso, debido a las circunstancias del país, acaba de salir el último número de la revista Marejada del Programa Sea Grant (Volumen 17, Número 2, 2019). Ese número de la revista y todos los anteriores pueden accederse en el siguiente enlace: https://seagrantpr.org/communications-and-publications/marejada-magazine/

En ese número se publicó un artículo de mi autoría «Laberinto y enredo en la Matrícula de Mar en Puerto Rico en el siglo XIX», que tengo a bien compartir con ustedes. Agradezco a las y los colegas del AGPR y del Centro de Investigaciones Históricas (UPRRP) por su colaboración. Este trabajo forma parte de mi investigación y escritura sobre los corrales de pesca en Puerto Rico. Los comentarios y sugerencias son bienvenidos y necesarios.

El artículo puede accederse en el siguiente enlace:

Posteado por: antropikos | octubre 4, 2020

Francisco Javier Blanco Cestero: notas breves y muy personales

Don Javier. Foto de El Nuevo Día, 4 de octubre 2020 GFR Media

Hay memorias indelebles y con Don Javier tengo varias. Una de ellas surgió mientras viajábamos en un trolley en la propiedad de Las Cabezas de San Juan, en Fajardo, una belleza natural y arquitectónica de valor incalculable. En medio del trayecto Don Javier detuvo el carromato, se bajó e identificó una parte del cordón empedrado de la vereda que estaba despintado, y con el aplomo de un hacendado ordenó que ese asunto se corrigiera inmediatamente. Alguien salto del trolley, tomó nota y le aseguró que esa falla quedaría arreglada a primera hora el lunes.

Era la primera vez que le observaba en ese quehacer, pero no sería la última. En otras propiedades observé cómo miraba, mandaba y ejecutaba con la fuerza de un mayordomo, pero se trataba del dueño indiscutible de la hacienda. No tomé notas etnográficas de eso (excepto por estas notas mentales que comparto) pero mi recuerdo me ofrece numerosas ocasiones en las que noté un nerviosismo extremo en el personal de las propiedades del Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico (FCPR) por la visita y presencia de Don Javier, pues tenía un ojo clínico para ver los detalles de la desatención a unas instalaciones que debían servir al pueblo de Puerto Rico en el disfrute de la naturaleza e invitarlos a la conservación.

Como arquitecto era un esteta consumado, un ser obcecado por el orden y la armonía de las líneas, los colores, la forma, la luz y el espacio. Tenía también el espíritu de un planificador y de un conservacionista a ultranza; es decir, de su propia visión de la conservación de la naturaleza, de las tierras heredadas y adquiridas por un proyecto político y de país al que me pareció que estaba adherido. (Realmente, a mi a veces me importa muy poco las alianzas políticas… las entiendo y las anoto, pero el mundo tiene que estar más allá de eso. Ese es uno de mis grandes defectos y lo admito.)

Llegué al FCPR como consultor, animado y empujado por mi amigo y colega Fernando Silva Caraballo, quien entonces fungía como director de propiedades. El FCPR se inclinaba a desarrollar un programa de investigación social sobre los usos de diversas propiedades y de cómo implementar una política de inclusión y de consulta a la “clientela”, a la gente que les visitaba y auspiciaba.

Tuve mis serias dudas pues sabía que ese era un círculo cerrado, catalogado como elitista por gente muy cercana a mi en el campo de la conservación de la naturaleza. Una dimensión de ese “elitismo” consistía en visualizar al FCPR como una entidad que “privatizaba” terrenos—paisajes–de un gran valor estético, histórico (patrimonial, arquitectónico) y ecológico que cerraba el paso a quienes quisieran entrar libremente a ellos. (Sobre esto se puede escribir mucho, muchísimo, sobre otras instituciones y entidades, federales, locales, no-gubernamentales, pero eso es harina de otro costal.)

Siempre recuerdo las palabras de Fernando: “el viejo está cambiando y quiere explorar esas posibilidades”. Con esa aseveración me lancé a conocerle y comenzar a trabajar con él y con su personal que me pareció que me recibió, en el principio, con una buena dosis de aprehensión.

No entraré en los detalles de esa colaboración, pero quisiera dejar aquí escrito, que me permitió conocer a un ser excepcional, dedicado por completo a un modelo de conservación de propiedades que en mi análisis final, superó las preocupaciones de sus detractores y pienso que tal vez esas miradas le empujaron a conceptualizar la conservación de una manera distinta.

Lo que voy a expresar ahora es una perogrullada de alto vuelo (sobre todo viniendo de mi), pero algo importante de esa nueva mirada fue que se alejó momentáneamente de la estética y de la historia de las propiedades, para insertarse plenamente en el estudio de la gente de a pie, de las y los visitantes, de lxs usuarios del paisaje, de esa gente que miraba al FCPR desde una óptica muy particular.

Para ello nos sumergimos en un estudio de lxs visitantes a todas las propiedades con programas de visitas, por un año, como lo habíamos hecho en el Centro de Investigación Social Aplicada (CISA) de UPR-Mayagüez con El Yunque. Con la gente de CISA y otros colaboradores, trabajamos intensamente para entender la naturaleza social de esas visitas y la percepción de quienes las visitaban. Ese esfuerzo consistió también de entrevistas informales y observaciones de visitantes y al personal del FCPR, actividades que nos permitieron entender mejor a esa entidad. En ese trayecto realizamos un estudio etnográfico y de encuestas de visitantes y patrón de comportamiento de las visitas en la Reserva Natural La Esperanza, en Manatí y un estudio de grupos de interés sobre el Bosque Seco de Guánica.

En esas jornadas, Don Javier siempre fue solidario, siempre abierto a escucharme y a escuchar las voces de esas gentes que muy pocas veces encontraron en el FCPR quien oyera sus reclamos, cuitas y su enorme admiración por una obra de conservación sin precedentes. Me parece que encontré más obstáculos en algunos miembros del personal de la institución, para quienes las voces de la gente representaban una amenaza a sus planes de trabajo estructurados desde la comodidad de la Casa Ramón Power, junto a visitas ocasionales al campo. Pero la inmensa mayoría de ellos, por lo bajo, y aún con temores ancestrales, celebraban que el FCPR y Don Javier se moviera en una dirección insospechada para esa institución.

De Don Javier guardo, en el breve período de nuestra interacción, muy gratos recuerdos y una gran admiración. Detrás de esa mirada severa, había un gran sentido del humor, comprobado en veladas espiritosas e iconoclastas de las que Miguel (Menki) Canals guarda algunos recuerdos, estoy seguro. Aprecio de sobremanera el esfuerzo que hizo por transformar la conservación de La Parguera por varios medios, incluyendo la reestructuración de los viajes a la bahía bioluminiscente. Junto a Don Javier di un viaje maravilloso en helicóptero a la isla de Culebra en la que me cedió la palabra para servir de guía sobre el desarrollo urbano (desparramamiento) y su impacto en los hábitats costeros a una eminencia internacional de la conservación costera de visita en el país.

Conmigo siempre fue un caballero, me escuchó, dialogó plenamente y me dio la oportunidad de trabajar junto a él, a Fernando Silva y otros y otras en una agenda que me ha parecido muy valiosa, en la que aprendí muchísimo. Sin duda, su legado ha sido conservar para el futuro, para “custodiar nuestro provenir”.1

Estoy seguro, que hay otras visiones y percepciones sobre Don Javier y el FCPR, pero quería dejar aquí este manifiesto de lo que me tocó vivir y trabajar con él. Hay terreno fértil para hacer una historia crítica de la conservación de terrenos en Puerto Rico, de la forja de la Autoridad de Tierras, del desarrollo de la industria pesada del refinamiento de hidrocarburos que dio paso a la intervención del Departamento del Interior de los Estados Unidos, que a su vez abrió la puerta a unos procesos cruciales relacionados al proceso de conservar la costa y las tierras. En esa agenda debe haber espacio para insertar a la gente que ha trabajado para hacer la diferencia. Gente que ha dado su vida en el DNRA, el Servicio Forestal, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre, el Departamento de Agricultura y el de las organizaciones no-gubernamentales y sus híbridos como el FCPR. Varixs colegas deben poner eso en sus agendas.

Agradecido a Don Francisco Javier Blanco, en vida y en la memoria.

  1. Francisco Javier Blanco y el Patrimonio Puertorriqueño. Edgardo Rodríguez Juliá. San Juan: Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico. 24 de octubre de 2002.
Posteado por: antropikos | junio 12, 2020

Víctor Rojas: matriculado y héroe del mar arecibeño

En el siglo XIX existía la Matrícula de Gente de Mar que agrupaba a toda aquellas personas dedicadas a los menesteres marítimos, incluyendo la pesca y la carpintería de ribera. Sobre este asunto he escrito en la revista Marejada del Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico. La primera parte ha sido publicada y la segunda se ha retrasado por los eventos que han impactado a nuestro país desde diciembre de 2019. Este escrito breve trata sobre la vida de uno de esos matriculados: Víctor Rojas, cuya vida tiene sus tangencias con la de uno de los primeros armadores y empresarios marinos de esta Isla: Don Miguel Henríquez. Invito a lxs lectores a explorar su trayectoria, por medio de los escritos del historiador Ángel López Cantos.

Los matriculados, gente de mar en distintas capacidades, intervenían también en el rescate de embarcaciones y náufragos cuando era imperativo hacerlo. La noche del 27 de noviembre de 1854 se encontraba en el puerto de Arecibo una embarcación inglesa registrada en Liverpool, el James Power, «cargando azúcar y melado» cuando cayeron víctima de una «extraordinaria marejada», que llevaba unos días azotando esa costa. El buque se partió en varios fragmentos y empezó a zozobrar.

Los matriculados «españoles», José Rojas, Pedro Rojas, Juan Bautista Díaz, Manuel de la Cruz y Vicente Álvarez asistieron a ocho miembros de la tripulación para llevarlos a salvo a la playa. Las autoridades locales, la Corona española y el consulado inglés reconocieron, en particular, la gesta valerosa de José Rojas y Vicente Álvarez, quienes «olvidados de sus vidas se arrojaron al mar para libertar a los náufragos», exponiéndose a un peligro mayor. De las autoridades españolas recibieron la Cruz de distinción de María Isabel Luisa, creada en 1833 para condecorar a militares y a personas involucradas en el rescate de náufragos. Recibieron también una carta de agradecimiento del cónsul de Inglaterra, con una medalla «como prueba de su aprecio por su valerosa conducta».

Don Cayetano Coll y Toste, en su libro Crónicas de Arecibo señala que el matriculado José Rojas era Víctor Rojas, reconocido y legendario héroe de nuestros mares, a quien conoció en la última y penosa etapa de su vida. El relato de Coll y Toste está adornado con el lenguaje usado para los seres especiales de esta Isla y reproduce varios poemas –de diversos autores–honrando la épica de este arecibeño, a quien su pueblo natal le ha honrado con un paseo frente al mar y un busto.

Según Coll y Toste, Rojas entró en la matrícula en 1844, a los 24 años y fue marinero y luego «patrón de Hacienda», es decir, capitán de una embarcación de Hacienda, una falúa, embarcación de vela y ligera usada por las autoridades en los puertos y en los ríos. Víctor Rojas, el hijo de una mulata y un criollo que –aparentemente–no lo reconoció, era un pescador experimentado y devoto de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores. El relato de Coll y Toste amerita leerse, por su prosa y por la admiración que tenía por este salvador de vidas.

Crónicas de Arecibo

A Víctor Rojas se le atribuyeron muchos salvamentos y grandes proezas como nadador y rescatista. No he explorado su presencia en las voces populares, pero sí recuerdo que mi madre, Carmen Emilia Pizzini, me contaba sobre las hazañas de Rojas, protagonizando sus brazadas en el agitado mar arecibeño, según se lo contó su padre, natural de ese pueblo.

José A. Alcaide, un letrado de Arecibo, escribió una novela, Víctor Rojas, salvador de doscientas vidas, sobre la vida de este matriculado. Para ello recurrió a varias fuentes y a las voces del pueblo de Arecibo que en su memoria colectiva y por la vía oral contaban sobre su vida y sus hazañas, según las conocieron e imaginaron sus antepasados, así como lo hizo mi madre conmigo. Es posible que Alcaide haya explorado documentos legales, ya que Rojas fue víctima de una acusación gratuita y una breve condena que le condujeron a desquiciarse. Todo por rifar unas jareas (según el relato de Alcaide) para beneficiar a unos pescadores pobres, pero con ese acto incurrió en el delito de juegos ilícitos y fue condenado a unos meses de prisión. Según Coll y Toste, Rojas no pudo soportar esa humillación y murió en la inopia.

Para honrar a este matriculado de mar, la gente de Arecibo rebautizó un paseo frente al mar, al lado de la desembocadura del Río Grande, cerca donde están los remanentes del Fuerte San Miguel Arcángel (conocido también como El Polvorín). El lugar luego se le conoció como «El Paseo de Damas». Desde principios de siglo XX se le conoce como el Paseo Víctor Rojas, pues hay, de manera prominente, un busto de este matriculado. Se estima que desde ese punto salía Rojas a sus hazañas y hace algún tiempo se celebraba un cruce a nado para honrar su memoria. Sobre su vida–la de un mulato–hay una gran cantidad de poemas y hasta una zarzuela, Almas y Olas, de la autoría de José Limón de Arce.

La vida de José Víctor Rojas es una historia que amerita explorarse, sobre todo en estos días.

Algunas fuentes

Alcaide, José A. 1960. Víctor Rojas, salvador de doscientas vidas. Barcelona: Ediciones Rumbos.

Archivo Histórico Nacional, Ultramar. 5072, Expediente 45. Naufragio de la barca inglesa James Power.

https://eladoquintimes.com/2017/07/18/victor-rojas-inmortal-heroe-puertorriqueno/

Coll y Toste, Cayetano. 1891. Crónicas de Arecibo. Arecibo: Imprenta de Salicrup y Co.

Tengo amigos y colegas que desprecian el uso de FaceBook. Les entiendo muy bien. Sin embargo, esa plataforma de redes sociales me ha resultado valiosa para conocer lo que se publica en diversos medios (incluyendo la literatura arbitrada) y ampliar mi visión de mundo y conocer un poco más.

En cuanto a lo social, no hay que menospreciarlo, ni enfatizarlo, pues lo conocemos bien: contacto con amigos, familia y los felices encuentros con gente perdida por el planeta y el tiempo.

De un tiempo a esta parte he vuelto al field, al campo, para hacer trabajo etnográfico, que en mi caso es el litoral y las actividades costeras y pesqueras. Pero como venían discutiendo varios colegas, las redes sociales son un medio importante para estar al tanto, conocer y explorar esos mundos culturales que nos atraen y obsesionan. Con ello vuelve a definirse el asunto de la localidad etnográfica, tema que ya había pasado por una transformación teórica.

En mi caso, le he seguido el pulso a la gente en las pesquerías y me he contactado con amistades, colaboradores y con personas que no conocía. FaceBook me ha facilitado conocer sobre el impacto de los terremotos en las pesquerías y ahora, saber como se manejan ante la pandemia de COVID-19. Sin salir de mi casa y arriesgarme a ser contagiado o contagiar a otra gente (de ser ese el caso) puedo mirar como van las pescaderías y pescadores trabajando y supliendo el pescado y los mariscos en esta crisis. He podido identificar importantes esfuerzos de la gente de la costa por echar adelante.

Y una vez uno está insertado en ese mundo, comienzan a llegar las peticiones de amistad de hombres y mujeres en este importante sector. Situación que aprovecho para expandir la mirada etnográfica que le doy a ese mundo y aprender más.

Hoy, y gracias a mi colega en el trabajo ambiental-comunitario, Lillian Ramírez, me sumergí en las profundidades de un mundo del que he estado desconectado—en gran medida—desde hace más de 35 años: Puerto Real de Cabo Rojo.

Es cierto que he tenido la oportunidad de vincularme con ese importante poblado en los últimos años a través de los documentos del Archivo General de Puerto Rico, el Libro de Novedades de la Policía y el trabajo de ciencia ambiental y antropología de Arelis Arocho.

Pero hoy fue diferente, hoy me inserté en las callejuelas del poblado—y su memoria—en la década de 1940, a través de FB y el debate, las anécdotas (y fotografías) de las y los descendientes de la gente que forjó a ese importante centro pesquero en el siglo XX.

Había pensado mucho sobre volver a mi archivo repleto de notas de campo, croquis, entrevistas, cuestionarios, documentos, mapas y fotografías recopiladas en seis años de esfuerzos “etnográficos” desiguales. Hay unas cajas esperando a que haga algo más con ellas… y no pienso quemarlas como supuestamente hizo Carlos Buitrago Ortiz con sus materiales de Esperanza, en Arecibo.

Las cosas tienen su momento oportuno, su kairós, y este es tal vez el tiempo de precisar esa historia sobre las firmas pesqueras y la manera (fragmentaria, parcial, superficial e interesada—en unas cosas no en otras) en la que las observé y la forma en las que construí su “historia” por medio de un puñado de voces y de documentos.

Fue en aquel momento cuando leí a Fernando Braudel para percatarme que la única manera de entender los procesos sociales y ecológicos era a través de la historia. Pero fue un poco tarde, mi trabajo había sido fundamentalmente etnográfico, y aun así hice lo posible por darle una mirada histórica al proceso de formación de capital en las pesquerías.

Con FaceBook se me ha abierto la puerta, la oportunidad, de dialogar con otras personas, de ampliar esa mirada sesgada que le di, como antropólogo joven e inexperto, pero entusiasta. Cuando se apacigüe la pandemia con su guadaña afilada, recuperaré una conversación detenida en un hiato de más de tres décadas; en esta ocasión será con las generaciones posteriores a las que conocí.

Lamento, con todas las fuerzas de mi espíritu, que no volví a conversar mucho, ni agradecerle como se merecía, a Roberto Franqui lo que compartió conmigo y lo que me enseñó de ese lugar y su gente, abriéndome las puertas de su casa-taller a orillas de la bahía. En cierta medida el fue ese Taso Zayas (amigo e “informante clave” del antropólogo Sidney Mintz) que todxs queremos encontrar en nuestra circunvalación antropológica.

Todavía hay tiempo para pagar esa deuda… si y solo sí, esquivo al COVID-19.

Algunas referencias

Gupta, Akhil y James Ferguson, editores. 1997. Anthropological Locations: Boundaries and Grounds of a Field Science. Berkeley: University of California Press.

Sanjek, Roger y Susan W. Tratner, editores. 2016.eFieldnotes: The Makings of Anthropology in the Digital World. Philadelphia: University of Pennsylvania Press.

Puerto Real, Puerto Rico. Part of the extremely poor little fishing village on the southwest coast of Puerto Rico. Foto de Jack Delano, enero, 1942.

https://www.loc.gov/item/2017798314/

 

Posteado por: antropikos | noviembre 12, 2019

Los títeres

Los títeres, ese es un epíteto que escuché mucho en mi niñez en el San Juan amurallado y en el Bayamón suburbano. La titerería: con ese nombre se describía a esa muchachería que tiraba piedras, profería vituperios, hacía fechorías menores, delinquía y se entregaba a distintas formas de violencia. A mi me criaron en mi casa para no ser un títere, aunque de joven cometí una que otra travesura y alguna fechoría digna de ese estamento social. Ese no era—todavía—el mundo de la droga y de la violencia esgrimida con armas de fuego.

Todavía.

Era el universo de las pedradas, las cortaduras, las palizas, las peleas callejeras, el hostigamiento verbal y el atropello. Paralelamente iba creciendo otro universo: el de la tecata o manteca, la metadona, el pasto…que evolucionó en el pastilleo y posteriormente en la cocaina.

Pero el mundo de los títeres era en San Juan el mundo de la pobreza y el abandono de esos sectores populares que entraban a la ciudad con la esperanza de ganarse la vida y abandonar el opresivo mundo rural en el que habían nacido: el agrego, la tuberculosis, los piojos, las niguas y la explotación rampante…que no les abandonaría en el entorno urbano.

Fernando Picó nos dejó como regalo el libro Realengos y residentes: los menores en San Juan, 1918-1940 que es el resultado de una inmersión en el Libro de Novedades de la Policía para explorar el mundo brutal y violento de los niños y adolescentes en un entorno urbano con muy pocas posibilidades económicas para esos sectores de edad.

Los realengos (vamos, en cierta medida visitantes) son ambulantes, niños que viven en la calle o andan durmiendo por doquier, muchos sin domicilio fijo o en fuga de diversas formas de violencia y carencias materiales. Vienen de todas partes de la isla, pero me ha parecido que un número mayor de aquellas y aquellos seguidos por Fernando provienen de Corozal. Desconozco porqué, pero sé que mi abuela paterna, María Lina Figueroa, llegó a la calle Sol desde Corozal para enfrentarse a situaciones muy difíciles de las que tenemos unos trazos muy confusos.

Los residentes y sobre todo los realengos son agresores y agredidos, violadas, violados y violadores, gente prostituida y vendida, vendedores ilegales de cosas y servicios, aplastados por un aparato legal que convertía la proverbial ventana de oportunidades en un boquete muy pequeño, imposible de atravesar sin enfrentarse a la Policía.

Este libro de Picó nos permite dar una mirada profunda a las visicitudes de esos menores, así como conocer una antigua geografía de la ciudad capital, la vulnerabilidad de La Perla ante el oleaje (una sola mención, pero importante), las oportunidades económicas legales e “ilegales” del frente marítimo y la vida portuaria, los enfrentamientos cotidianos (muchos de clase social), la fragilidad de las niñas y los niños ante las perversiones sexuales y la violación, y las vidas convulsas de esos menores que se encontraron en las páginas del Libro de Novedades de la Policía, donde los policías los identifican de manera sistemática como títeres.* Me pregunto cuán generalizado era el uso de ese epíteto por todo el país, porque no recuerdo haberlo visto en el Libro de Mayagüez Playa, donde la muchachería también estaba presente en los avatares contidianos.

Realengos y residentes: los menores en San Juan, 1918-1940 (2019, Río Piedras: Centro de Investigaciones Históricas, Universidad de Puerto Rico) nos deja ver la sensibilidad de Fernando Picó por esa gente que quedó en la rueda de abajo y que hicieron lo posible por salir de su precaria situación. Esa es la vocación religiosa, personal e historiográfica de Fernando. Que quede así redactado, en tiempo presente, porque sigue con nosotros.

 

*La quinta acepción de la palabra títere en el Diccionario de la Real Academia Española se refiere a su uso en Puerto Rico, como “Pillo, vagabundo”. El Diccionario de Voces Coloquiales recopilado por Gabriel Vicente Maura (1984, San Juan: Editorial Zemi) lo despacha rápidamente: “dícese del muchacho o muchacha callejero” [sic].

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