Posted by: antropikos | December 29, 2015

Sidney Mintz

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No soy el llamado a escribir un obituario para Sidney Mintz, pero como antropólogo puertorriqueño me veo obligado a pergeñar unas palabras, nacidas de mi admiración y también de la tristeza de conocer sobre su deceso. Además, justo el sábado pasado —el día de su muerte— le evoqué superficialmente en una anécdota de mi vida profesional, estimulada por un encuentro casual en una calle de Dulces Labios, en Mayagüez.

Sé que amigos como Jorge Giovannetti, Juan B. Giusti Cordero y Juan José Baldrich (y otras y otros) pueden proveer datos más precisos y de mayor sustancia por conocerle mucho mejor que yo, profesionalmente y afectivamente. Aquí solo me limitaré a decir que Worker in the cane: A Puerto Rican Life History marcó mi vida como antropólogo desde el primer día que la leí. Guardo todavía esa copia que compré en 1976 en una librería de la ciudad de Nueva York.

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Mi primer “paper” en la escuela graduada fue un trabajo sobre Mintz y el marxismo (o más bien el materialismo histórico) en The People of Puerto Rico (TPPR) y en Julian H. Steward, y su enlace con la dimensión ecológica, que ha dominado mi trabajo en los últimos 40 años, a pesar de la manera como Carlos Buitrago (mi maestro y mentor) soslayaba ese abordaje y manifestaba su desprecio por TPPR. Esa copia de su libro tiene mis anotaciones por todo su paisaje textual. Tenía yo entonces 22 años y estaba en una gran momento de lucidez antropológica, aunque un tanto impúber. Worker in the cane fue un rito de pasaje, espacio liminal que junto a la obra de James Faris (Cat Harbour: A Newfoundland Fishing Settlement) me mostrarían el camino. TPPR y Worker in the cane me ayudaron a encontrar el sendero (junto a la inmensa obra, en francés, del Centro de Investigaciones Caribeñas de la Universidad de Montreal dirigido por Jean Benoist) hacia la costa y a la pesca como actividad económica vital en varios ciclos de otras actividades productivas del Caribe y de otras partes del mundo.

Worker in the cane ha sido una guía fundamental, sobre todo para entender que ningún otro informante (o interlocutor privilegiado) en nuestro país es igual a Taso Zayas… ninguno. Pobre de quienes se sumergen en las historias de vida (y todas sus variantes) esperando el fluir de la memoria y la consciencia de Taso. Ilustra también que ese es un proceso de una larga duración casi braudeliana, de múltiples visitas, de una relación estrecha, que en momentos es casi familiar con esa o ese interlocutor, quien es ya amiga, compadre y casi hermano. Entrevistados que son de una estatura intelectual igual o superior a la del entrevistador. Ese libro tiene vigencia hoy, uno al que podemos volver con entusiasmo y con asombro, y por eso es un clásico como los ha clasificado Italo Calvino.

Mis encuentros (físicos y textuales) con Sidney Mintz han sido contados y hasta superficiales, excepto por un corto debate en el Journal of Latin American Antropology, sobre la dialogía y ruptura entre la antropología del país y TPPR y el reconocimiento de la importancia de su obra en la forja de la nuestra (David Griffith y yo) en Fishers at Work, Workers at Sea, cuyo título evoca intencionalmente al de su obra. En la reunión anual de la American Ethnological Society en San Juan (2011) tuvimos dos encuentros, uno informal y personal y luego otro en un panel, donde precisamente dialogábamos sobre TPPR. Fue la última vez que le vi.

Sin duda, la vitalidad de su trabajo y su insistencia en explorar las complejidades del mundo caribeño ha empujado a varias generaciones de antropólogos y antropólogas a leerle con cuidado y a entrar en debates con el. Su insistencia en la historia (como escenario, paisaje, sustancia) y los avatares del trabajo y la producción han sido vitales para muchos de nosotros. Esa insistencia hizo que Mintz y Buitrago fueran más parecidos que lo que ambos estaban dispuestos a admitir.

Recientemente, en este mes de diciembre, tuve el placer de presentar el libro Antropologías del Caribe Hispano: Notas de Campo sobre Cuba y Puerto Rico de la autoría de Jorge Giovannetti, Aníbal Escobar González y Jesús Tapia Santamaría, en el que se trabajan fragmentos de las notas de campo de Mintz en Santa Isabel. La figura de Mintz, por ser uno de los protagonistas de ese texto, estuvo presente en nuestro diálogo. Hasta los otros días TPPR (por la vía de Eric Wolf, otro de los etnógrafos incluidos) estaba vigente en nuestras conversaciones sobre la disciplina.

Me temo que —antropológicamente— Sidney Mintz no descansará en paz. Seguiremos leyéndole y redimensionándole, como se merece.

Posted by: antropikos | December 31, 2014

Areté

El valor más permanente en el hombre es el valor. El valor es la suprema virtud del hombre y se cultiva como se cultiva toda virtud y se puede perder como se pierde toda virtud. El valor en el individuo es un supremo bien. De nada vale al hombre estar lleno de sabiduría y de vitalidad física si le falta el valor. De nada vale a un pueblo estar lleno de vitalidad, y de sabiduría si le falta el valor. Pedro Albizu Campos, 1936

La primera vez que escuché la palabra areté fue de la boca de Raúl Cotto Serrano, mi profesor de humanidades en UPR-RP. Todavía recuerdo muchas de sus conferencia y la manera en la que nos abrió los ojos a otros mundos. Mi amor por Homero y la Ilíada nació en un aula de Estudios Generales, admirando su mirada al mundo homérico. Areté, es decir, la virtud suprema —la excelencia— se convirtió en un concepto importante para mi, pues la vida puede medirse a través de la virtud, en cualquier faceta de nuestras vidas. Hay que ser excelente, virtuoso, valeroso en algo: con los hijos, con los padres y hermanos, en la educación, en el trabajo, en el huerto casero, sacando la basura, bailando, leyendo… en cualquier cosa. Hay que cultivar el areté. Cotto Serrano utilizó heurísticamente las acciones y las palabras de Don Pedro Albizu Campos para demostrar el areté en un importante ámbito de nuestra vida social y política.

No voy a abundar mucho porque me cuesta, pero para mi, en mi niñez y adolescencia, Roberto Clemente fue la representación del areté. Mi padre me enseñó a admirarle, contándome las historias de sus hazañas, según las presenció en Yankee Stadium, las veces que fue a la Serie Mundial en los sesenta. Recuerdo el primer día que me llevó al Estadio Hiram Bithorn a verle jugar y dirigir a los senadores de San Juan. A través de los años mi primer acto consciente en las mañana era leer The San Juan Star, para examinar los boxscores de los juegos de los Piratas para ver cómo le había ido. El único scrapbook que he tenido era de las fotos, en su mayoría de Prensa Asociada de las jugadas maravillosas de Clemente.

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Hombre de familia, contestatario (para eso hay que tener valor), negro (como el patriarca de mi familia Pizzini), parejero frente a los que le imponían obstáculos, apuesto por demás, hombre de familia, amante esposo, padre excepcional, hijo amado, de hablar pausado, diestro, virtuoso al bate, magistral con el guante y con un brazo poderoso, como un guerrero. Enfrentó a la vida, dentro y fuera del terreno de juego, sin miedo.

En un mundo racista, competitivo, discriminatorio, Clemente estaba en la primera fila, descollando. Un negro de Carolina que se granjeó el respeto de una ciudad blue collar como Pittsburg y de una prensa deportiva eminentemente blanca. Ese era el ejemplo que teníamos. Cada cual tenía sus virtudes, sus destrezas, era cuestión de disciplina, trabajo, perseverancia y aplomo. Así lo vi. No sé, tal vez es el sueño del colonizado, de saberse capaz en el terreno del imperio, o el sueño de quienes contestan al régimen colonial, combatiéndolo con sus armas, superándoles, demostrando lo que somos capaces y a lo que hay que temer.

Y un 31 de diciembre, en labor caritativa, desafiando la noche y los imponderables, sucedió lo inevitable para los héroes.

Yo no volví a jugar beisbol (le hice un gran favor al deporte), ni a ver juegos ni cotejar los periódicos. No he podido ver una sola foto y me he negado a ver las exhibiciones sobre su vida. Sencillamente no puedo.

Sólo me he quedado con ese imaginario del areté, personalizado en Clemente. Imaginario, porque debió ser un ser de carne y hueso con grandes defectos y problemas.

Todos los 31 de diciembre trato de olvidar que eso sucedió. El nacimiento de mi nieto un día como ese me ha hecho olvidar ese evento y celebrar la vida de mi adorado Ángelo…

Posted by: antropikos | November 9, 2013

In memoriam: Carlos Buitrago Ortiz

Escribo estas notas rápidamente y sin la certeza de mis libros a mano, sin tiempo para editarlas. (De hecho, las publico en esta reencarnación de mi blog Antrópico, que ahora se llama Antropikos, y es el primer escrito).

Las pergeño de mis notas mentales, de la memoria, de una vida entera metido en la antropología, guiado en un momento crucial por Carlos Buitrago Ortiz (CBO). Profesor amado y temido, alabado y vilipendiado, pero de alguna manera respetado por quien se respetara a sí mismo. Por quien tiene un compromiso serio con el quehacer académico.  No era perfecto, pero quién demonios lo es.

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Carlos Buitrago Ortiz
Foto cortesía de Marisol Ramos, tomada en una visita de CBO a California en 2006.

Aquí, sin orden, sin método, enumerados, ofrezco varias reflexiones muy personales sobre CBO, en honor a una vida ejemplar en la antropología:

1. Con CBO yo descubrí el mundo de la costa, de los pescadores, de las comunidades del litoral y de la vida marítima, en ese primer curso de métodos etnográficos en 1975. Metido en los zafacones, en los márgenes de los prostíbulos, en la infraestructura portuaria, en los arrabales de Cataño, en Vietnam, en los diques de carena, en las comunidades pesqueras, en el mangle  y a todo aquel mundo que recordaba haberlo vivido de niño, con mi padre, le empecé a tomar el pulso por medio de la Antropología. Recuerdo que me tocó trabajar con Eugenio Ayala, condiscípulo que me enseñó un poco más sobre la frugalidad y sobre la existencia de un dios menor llamado Cheito González.

2. Con Buitrago afiné mis conocimiento sobre la teoría, sobre Claude Lévi-Strauss, la maldita teoría de los modos de producción, que volvía a aparecer 100 años después en la disciplina, sobre la posibilidad de una antropología crítica que fuera más allá del dato observable.  En ese sentido, CBO era un visionario.  Antes de que existieran los posmodernos, él insistía en la literatura como herramienta y discurso valioso. El pensó en la deconstrucción antes de que fuera una moda y la crítica siempre fue su arma mortal para desguazar el análisis frívolo.

3. CBO miraba la realidad del país desde más allá, desde el Mediterráneo, y nos metió por los ojos a Braudel y la historia de larga duración como la única posibilidad. Y así, un buen día nos metió de cabeza en el Archivo General de Puerto Rico a estudiar el Fondo Pietri-Mariani que él había rescatado. CBO había creado su propio archivo antes de que la antropología ponderara sobre aquello de salirse de los documentos oficiales.

4. Cartas, notas, escritos poéticos, libros, libretas de contabilidad, e innumerables documentos formaban parte de ese acervo con el que reconstruimos relaciones de parentesco, relaciones de clase y uso del espacio en Adjuntas del siglo 19.

5. Movido por sabe Dios qué, se fue al cementerio de Yauco a documentar la muerte y sus estructuras, y en los campos de Adjuntas empujó por guindas a estudiantes a buscar ruinas de sistemas de irrigación y uso de las aguas.  Etnografía, documentos, oralidad, textos, cultura material y la expresión de las fuerzas productivas sobre el paisaje.

6. Mientras muchos disfrutábamos de las navidades en familia, Carlos se iba a Madrid, al archivo a seguirle las pistas a los montes, a la actividad cafetalera, a Don César de Guillerna, a las políticas coloniales para reestructurar el espacio urbano y el rural.  Cuando no, se iba a Galicia a hacer una antropología familiar que nunca entendí bien.

7. A CBO lo visité en su casa de Río Piedras muchas veces, donde junto a otros compañeros nos admirábamos con su conversaciones y sus notas sobre libros, textos, documentos y trabajo de campo. En algunas tardes de viernes, inspirado por el vino, era más locuaz y la jornada terminaba con Sargent Pepper Lonely Hearts Club Band (de los Beatles, por si acaso), o con alguna pieza de El anillo del nibelungo de Richard Wagner.  Cuando me fui a hacer trabajo de campo, CBO estuvo allí y ahora, justo ahora me percato de ese acto de mentoría suprema, de velar por el discípulo (tuvo muchos, muchos) y que todo marchara bien en ese gran ritual etnográfico.

8. Le leí con mucho cuidado y pienso que mucha de su obra, adelantada y precisa, nos permitía entender la diáspora y la circularidad de la migración en el mundo rural (Esperanza), el conservadurismo y las políticas estatales y coloniales (Ideología y conservadurismo) o el simple axioma que para entender nuestra realidad había que viajar lejos, a otros mundos (Orientaciones valorativas entre Puerto Rico y el Mediterráneo) y que era posible entender el Puerto Rico decimonónico con una oposición binaria: altura y bajura (varios libros y ensayos). Esa Anábasis y Katábasis conceptual fue crucial y yo, para oponerme al maestro dediqué mi vida a la bajura, mientras el se deleitaba en la altura.

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9. Todos lo sabemos. Quienes hemos sido discípulos de CBO nos reconocemos como tal, hay una secreta complicidad de tener ese parentesco intelectual y antropológico, de saber que somos del mismo clan, de varios linajes y que todos descendemos, de alguna extraña manera de Meyer Fortes, y que desde la UPR asistimos a Manchester y a Cambridge a través de Buitrago. En cierto sentido, muchos nos pensamos herederos de lo mejor de la antropología británica, aunque hayamos terminado nuestros grados en los Estados Unidos.

10. Que no se entere nadie en el RUM: yo siempre he sido fiel a mi alma mater y sobre todo al departamento de Sociología y Antropología. Por eso siempre, siempre, he visitado la iupi y en esas visitas mi primera visita (y realmente la única) era para visitar a CBO. Siempre estaba allí (cuando no estaba en el AGPR o en Adjuntas, o en Yauco, o en Chiapas) y siempre me recibía con una sonrisa y con varios libros que había “descubierto” y que yo no había leído y que debía leerlos. Siempre uno o dos pasos al frente de sus antiguos discípulos y que sus colegas. En ocasiones pasaba varias horas conversando con el maestro.

11.  Llega uno a esa etapa de la vida donde se le van muriendo sus profesores: Edward Lanning, Eugenio Fernández Méndez, Rafael L. Ramírez, Louis Faron y Pedro Carrasco, a quienes uno le debe mucho: experiencias, un weltanschauung antropológico, asomo a los saberes, una práctica, la ética de trabajo (no había quien trabajara más que CBO, quien despreciaba a quien no lo hiciera), la necesidad imperiosa de la lectura y la escritura, como ejercicio vital.  (La noticia de Buitrago llega la misma semana en la que me entero de la muerte de Helen I. Safa, una antropóloga esencial en nuestro país).

12. Fieldwork, trabajo de campo, los británicos, los modos de producción, Talal Asad, colonialismo y antropología, las posibilidades de la literatura, Marcel Proust, la descripción densa (antes de Clifford Geertz), el Mediterráneo, la antropología de España (de Carmelo Lisón Tolosana a William A. Douglass y Pitt Rivers), Las estructuras elementales del parentesco, Fernando Braudel (hay que repetirlo), notas de campo, la antropología de la antropología, el desmantelamiento de los documentos y los discursos, Maurice Godelier (una revelación), los modos de producción, el viejo y el joven Marx, Hindess y Hirst, la producción textil en Francia, las clases sociales y el bacalao en Terranova, las posibilidades de la historia, las relaciones de producción, la historia como ejercicio etnográfico en la obra de Marcus Rediker (sobre el capitalismo marítimo en el Atlántico…

13.  Una de las cosas que aprendí de CBO fue el “propuesteo” interno y externo. Estaba constantemente buscando fondos para subvencionar viajes y el trabajo de sus asistentes de investigación. Becado por la Wenner Gren Foundation, era ejemplo de lo que era posible para adelantar la antropología en el país.

14. CBO fue lector de mi disertación doctoral (1985). Mientras la escribía leí una colección de ensayos de Braudel que cambió mi vida y mi visión de mundo, pues estaba metido en una etnografía influenciada fuertemente por una visión histórica de los procesos de formación de clase. Fue la persona que más preguntas (y las más críticas) hizo en la defensa y quien hizo la mayor cantidad de comentarios, después de mi director de tesis, Pedro Carrasco. Recuerdo que David Gilmore dijo al final de las preguntas que le parecía curioso que no se había preguntado nada sobre The People of Puerto Rico, y CBO dijo que eso había sido lo mejor de la defensa, que no hubo que recurrir a ese trabajo, porque se trataba de otra visión. Ahí afloró lo de su polémica con Sidney Mintz y Eric Wolf en aquella célebre conferencia sobre el libro celebrada en San Germán en los setenta.

15. A pesar de ser abierto a las ideas, se le hizo difícil armonizar la conceptualización marxista de los modos de producción con visiones atrevidas que incorporaban la variable ecológica o ambiental (que inclusive promovía, con cuidado, Godelier). En cierta medida se adscribía a las nociones post-marxistas, pero fieles y críticas de Barry Hindess y Paul Hirst o los planteamientos de Claude Meillasoux.  Yo le debatí, pero me ganó la partida—en cierta medida—pues las posibilidades están atadas (por no decir determinadas) por condiciones y procesos históricos y sociales. Yo he seguido explorando las posibilidades de lo ambiental, reconociendo el argumento de Buitrago, que es esencial.

16.  He escrito antes sobre su hábito de lectura, y en una futura ocasión volveré sobre ello, pero para escribir lo que escribió sobre las clases terratenientes y los orígenes pre-capitalistas, y para entender al mundo rural, CBO transitó por el Mediterráneo, toda Europa y Rusia, Asia y América Latina, y se leyó a todos los teóricos e historiadores posibles que escribieron sobre la transición del feudalismo al capitalismo.

17. Hace un par años organicé un taller sobre etnografía para estudiantes que colaboran en el Centro Interdisciplinario de Estudios del Litoral en UPR-Mayagüez.  No sé cómo, la voz se regó y al taller asistieron muchos estudiantes de UPR-Río Piedras. Di lo mejor de mi, con mi experiencia y creo que fue provechoso. A los pocos días encontré y leí mis notas del curso de Métodos Etnográficos con CBO, en las tres ocasiones que nos reunimos en el salón de clases, pues todas las sesiones fueron en el campo, en la práctica y la enseñanza in-situ.  El curso que ofrecí siguió los lineamientos, argumentos y revelaciones ofrecidas en aquel curso en 1975.

Me detengo aquí con un gran sinsabor, con algo de frustración y con un gran dolor. Debo admitirlo: yo siempre quise ser como CBO; fue para mi ejemplo de lo que debe ser un académico de excelencia. Quisiera pensar que al menos heredé algo de su ética de trabajo (lo aprendí observándole) y de su intensidad en pensar, vivir y regocijarse en la Antropología como saber y como disciplina. Para mi es y será siempre el maestro, el mentor, el amigo.

¡Un abrazo Carlos!

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