Posted by: antropikos | March 26, 2017

Wilfredo Geigel

Hace algún tiempo sucumbió—por razones técnicas—mi blog de Antropico. A raíz de eso desarrollé este blog, pero se perdieron en el Internet los artículos. Escribí este artículo, y la secuencia que le sigue, como una reflexión sobre los museos, pero también como una apología al licenciado Wilfredo Geigel. Me he despertado con la triste (y tardía) noticia de su deceso, lo que me ha causado una gran pena. Siempre le admiré. El y su esposa, la profesora Alma Simounet, siempre fueron gente maravillosa conmigo y con quienes les conocieron. Mis últimos encuentros con ellos fueron memorables y uno de ellos en el Paseo Lineal de Bayamón, donde corrían bicicleta, una de esas pasiones que nos unían, junto a los libros y la historia y cultura de nuestro país. Afortunadamente tuve la oportunidad de dejarle saber a ambos mi agradecimiento, por todo lo que hicieron por mi. Una partida que me duele, pero con la satisfacción de que pude conocerle y encontrarme con ambos en este camino.

Sobre museos

Los y las practicantes de la antropología tenemos un museo en nuestro pasado. O en nuestro presente y futuro. Es inevitable ya que es uno de los hitos, íconos y espacios esenciales de nuestra disciplina. Algunos los disfrutamos plenamente y los recordamos con mucha ternura. Mi primera gran experiencia en la disciplina fue trabajar para el extinto Museo de la Fundación Arqueológica Antropológica e Histórica (FAAH) de Puerto Rico, localizado detrás del Teatro Tapia en el Viejo San Juan. Amigos y estudiantes nos dimos cita allí para trabajar, comprometidos con el avance de la antropología y disciplinas afines: Pedro Orlando Torres, Ignacio Olazagasti, mi hermano Samuel Vera Santos, Nancy Villanueva, Edgardo Rivera, Haydeé Venegas y Pura Reyes entre otros.

Esa organización fue fundada por un grupo de anticuarios, diletantes, profesionales (como por ejemplo, Jalil Sued Badillo, Della Walker, entre otros) y mecenas de estas formas de saber. La fundación era dirigida por el Licenciado Wilfredo Geigel, un hombre visionario y de gran generosidad, a quien admiro y recuerdo muy gratamente. Todas y todos ellos con un interés genuino de que el saber avanzara y se divulgara en el público la riqueza cultural de las sociedades pre-colombinas.

Para desarrollar aun más esas disciplinas se publicó un boletín informativo, y se realizaban conferencias, talleres y viajes de campo para expandir el conocimiento. El museo exponía exhibiciones sobre el arte y artesanía de las sociedades aborígenes antillanas y en ocasiones sobre el arte peruano y de otras regiones de América. Una exhibición de talla de santos fue uno de sus grandes eventos en 1975 demostrando así su interés por los procesos culturales de Puerto Rico en épocas más recientes.

Para cultivar el aspecto científico y tener colecciones propias, resultado de investigaciones (y no de compra y colección) el museo reclutó a A. Gus Pantel, uno de mis mentores, amigo y compadre. Bajo la tutela de Pantel se hicieron decenas de investigaciones sobre diversos períodos y culturas aborígenes e inclusive sobre el período de la colonización.

Pasé largas horas en un “laboratorio de arqueología” midiendo, catalogando y clasificando piezas arqueológicas, en su mayoría lítica, herramientas de pedernal. Parece enfermizo, pero en ese tedio y acciones repetitivas hay una extraña forma de felicidad basada en el acto de ir organizando, pensando y clasificando al mundo (o a una fracción del mismo) para entenderlo e interpretarlo.

En 1976 pasé una temporada de trabajo de campo en Cabo Rojo, en el oeste de la Isla, que me expuso al profundo interfaz entre las sociedades humanas precolombinas y los ecosistemas costeros, usando los recursos del mar para su alimentación y para construir sus utensilios, artefactos rituales y arte.

Transitando por Cabo Rojo observé las comunidades pesqueras del municipio y le puse mucha atención a lo que sucedía en Puerto Real, un encuentro que determinó mi vida como antropólogo. Antonio Ramos Ramírez (Mao), historiador, arqueólogo y diletante me llevó a ver y a conocer los entresijos de las comunidades pesqueras de Cabo Rojo. Mi deuda con Mao es enorme.

En fin, que cada antropólogo tiene un museo en su pasado y el mío es el de la FAAH, organización que tuvo la osadía de pagar mis estudios universitarios de postgrado.

No obstante, existe una amplia literatura crítica sobre el papel de los museos, su afán coleccionista, su cosificación de los sujetos, su manipulación del conocimiento y la construcción particular de unos mundos que probablemente nunca existieron. Sobre eso comentaré en los próximos posts de Antrópico.

 

Anthropology is not a dispassionate science like astronomy, which springs from the contemplation of things at a distance. It is the outcome of a historical process which has made the larger part of mankind subservient to the other, and during which millions of innocent human beings have had their resources plundered and their institutions and beliefs destroyed, whilst they themselves were ruthlessly killed, thrown into bondage, and contaminated by diseases they were unable to resist. Anthropology is the daughter to this era of violence . . . a state of affairs in which I part of mankind treated the other as object. Claude Lévi-Strauss, “Anthropology: Its Achievement and Future” 1966 (250 RSP Equatoria).

Sobre museos II

Una de las reflexiones antropológicas más importantes sobre los museos y el proceso de coleccionar y curar objetos lo ha escrito Richard y Sally Price, dos de los estudiosos más importantes del Caribe. No me quiero detener en la obra de los Price, que es extensa y de una calidad extraordinaria, y si en su libro Equatoria. Para quienes estén interesados en conocer la vasta obra de estos antropólogos puede visitar su página del web.

http://www.richandsally.net/

Equatoria es una autocrítica sobre el proyecto en el que trabajaron conseguiendo y catalogando elementos de la cultura material de los saramaka de Surinam para un museo. En ese proceso de coleccionar, los Price reflexionan sobre la ética del proceso y la cosificación de un mundo humano que desafía los pedazos de cosas que se coleccionan, catalogan, curan y exhiben en un museo, con las interpretaciones de antropólogos extranjeros, pertenecientes a ese primer mundo distante pero muy presente en la vida de las sociedades coloniales y postcoloniales.

Las y los antropólogos, como otros tantos agentes del colonialismo y de la globalización, construimos a veces un mundo que no existe. En cierta medida, inventamos el mundo de los otros y las otras. O al menos, en nuestras obras más concienzudas y políticamente comprometidas se nos escapa un imaginario de unas gentes que desafían todo intento de clasificarlos.

Por eso clasificamos sus objetos, su cultura material, las cosas. Es más fácil. Las manipulamos, las interpretamos, las exhibimos y allí, al pie de la vitrina explicamos mundos complejos y milenarios con frases cortas diseñadas por especialistas para que el texto pueda llegar a todas las edades y niveles intelectuales.

Si usara la metáfora de la pintura, seríamos como Henri Rousseau, pintaríamos un mundo que refleje nuestras propias filias y fobias y nuestra invención de los otros, haciendo un collage de nuestra propia construcción y visión de mundo.

¿Será por eso que la portada de Equatoria tienen precisamente un detalle del cuadro la sorpresa de Rosseau?

Equatoria es también un libro experimental. Las páginas de la derecha son el texto del libro propiamente mientras que el espacio de la izquierda está cubierto de citas de agentes coloniales, antropólogos, y coleccionistas sobre el proceso.

 


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